viernes, 1 de agosto de 2014

Capitulo 2 -Entre Dos Amores-

—¿Paula? ¿Paula Chaves? ¿Eres tú?
Paula se obligó a no entrecerrar los ojos, a pesar de que no podía ver. En contra de su mejor juicio, se había rendido al desatino y dejado sus gafas en el coche. La iluminación principal del salón de baile consistía en velas. Apenas veía.
El hombre se acercó lo suficiente como para poder identificarlo.
—Hola, Jeff —ambicioso director en el banco de Fede parecido a un roedor, quedaba mucho mejor como una mancha borrosa y oscura.
—¿Dónde está Fede? —preguntó. Sin duda ansioso de ser complaciente con el jefe.
A pesar de la visión borrosa, pudo verlo con los ojos clavados en su escote. Se obligó a no bajar también ella la vista. Era asombroso, pero en realidad se le juntaban y creaban un valle. El sujetador nuevo había obrado maravillas con sus pechos pequeños. No solo parecían más plenos, sino que sentía cómo se tensaban contra lo que una vez había sido un escote discreto. El encaje duro le excitaba los pezones. Con el atrevimiento de la máscara felina y el cabello recogido, se sentía sexy y terriblemente provocativa. Era una sensación embriagadora.
—¿Fede? Tenía una reunión a última hora de la tarde —la fiesta se hallaba en su apogeo y Fede aún no había llegado. Contuvo la decepción.
—Cuando lo veas, dile que lo estoy buscando.
Con un último vistazo en dirección a su pecho, se marchó a adular a otra persona.
Por fuera esperaba parecer tan serena como siempre, pero por dentro se encontraba tensa como un arco. Salió por una puerta lateral a la fresca noche otoñal. La luna, un medallón dorado llena de promesas, pendía sobre las ramas de los robles y los pinos.
Se apoyó en la barandilla del porche. ¿Cuántas veces había oído hablar a otras chicas sobre sus citas en las fiestas del club de campo? Pues ya era una de ellas. O lo sería en cuanto llegara Fede.
Como si sus pensamientos lo hubieran invocado, unos faros iluminaron el sendero bordeado de azaleas. Reconoció el zumbido del motor del BMW. De pronto, se sintió nerviosa ante lo que Fede pudiera pensar de su disfraz.
Lo observó bajar del vehículo y entregarle las llaves al aparcacoches. Sintió un nudo en la garganta y se le aceleró el corazón.
Aunque no viera bien, no podía negar que el disfraz de pirata triplicaba el atractivo sexual de Fede. No sabía si se debía al parche, a la camisola estilo Errol Flynn, a la peluca o a los pantalones ceñidos. Despertó algo primitivo en ella. Durante un breve y perturbador segundo, pensó en Pedro Alfonso. Desterró el pensamiento como haría con un mosquito. Pedro era un estúpido pomposo.
Y se concentró en Fede.
—Fede —lo saludó mientras subía los escalones.
Tras una mínima vacilación, él se volvió en su dirección.
—¿Sí?
Aminoró el paso al acercarse a ella. Un desconocido alto, oscuro y misterioso.
—Me preguntaba cuándo ibas a llegar — musitó.
—Paula.
En las últimas semanas había pronunciado su nombre innumerables veces, pero jamás
había salido de su lengua como una caricia. No necesitaba una visión clara para sentir el calor de su mirada al recorrerla. Se detuvo ante ella.
La invadió un calor sensual que la alarmó. La bibliotecaria formal y pragmática exigió la retirada. Dio un paso atrás y la oscuridad la absorbió. La distancia no eliminó la percepción que resplandecía y danzaba entre ellos.
Fede la siguió a las sombras y la ancha extensión de sus hombros se perfiló contra la luna.
—Eres preciosa. Me quitas el aliento, lady Paula.
Contuvo el impulso de comprobar que estuviera hablando con otra mujer y decidió probar algo nuevo... la aceptación elegante.
—Gracias.
—Deberíamos entrar. Aquí hace frío.
La voz baja y ronca le puso la piel de gallina. Las palabras de él decían una cosa y el lenguaje corporal otra al inclinar la cabeza hacia ella.
—Sí. Deberíamos... —pero Paula se acercó más, atraída en contra de su voluntad.
—... entrar —al concluir la frase de ella, la tomó por los hombros.
Ella apoyó las manos en la superficie suave de la camisa.
—Repíteme por qué —murmuró.
—Hace frío.
Cada centímetro de su cuerpo respondía a él. La máscara de terciopelo negro ejercía una presión sensual sobre su rostro mientras los dedos fríos del aire nocturno le rozaban la piel encendida.
—¿Sí?
Ya había aceptado los besos de Fede. Pero por primera vez los anhelaba.
—¿Paula?
Su nombre en los labios de él resultaba un afrodisíaco auditivo. La noche y su visión borrosa potenciaban el resto de sus sentidos. La respiración constante de Fede murmuraba una melodía que acompañaba los sonidos apagados de la fiesta.
Sus alientos se mezclaron. Inevitable como la salida de la luna o el susurro del viento entre las hojas secas, sus labios le dieron la bienvenida.
Y su mundo se quedó del revés.
La pasión, dormida durante tanto tiempo sin estar reconocida, despertó con una intensidad casi aterradora. ¿Había sentido alguna vez algo parecido? El fantasma de un recuerdo bailó en su cabeza, pero absorta en el sabor de él, no le prestó atención.
¿Sería la luna? ¿Tal vez la máscara? No se detuvo a profundizar en los motivos. De forma poco característica en ella, se abandonó a la situación y a las sensaciones que la invadían. Se apoyó en él y ahondó el beso.
Hasta el momento, Fede no había sido muy físico en la relación. Las pocas veces que lo había sido, su contacto había rayado casi en lo platónico. Aunque titubeó un momento, no hubo nada platónico en la forma en que la besó.
La manera que tenía de besar había mejorado mucho desde la última vez. Los dos se separaron para respirar. Pau se apoyó en la pared de ladrillo. Fede lo hizo en la misma pared, con las manos a ambos lados de ella. ¿Cómo se suponía que iba a recobrarse con su cuerpo a simples centímetros?
A unos metros se abrió una ventana. Las risas y la música inundaron el porche, quebrando su burbuja de intimidad.
Pau corrigió la postura de su cuerpo y Fede se irguió y bajó los brazos.
—Deberíamos entrar —ella recuperó la voz junto con la coherencia.
Juntos, se dirigieron hacia la puerta, con los dedos de Fede apoyados en su zona lumbar. Le provocó escalofríos.
Pedro navegó entre la multitud que se arracimaba cerca de la puerta sin detenerse a hablar. Besar a Pau casi lo había dejado sin palabras. Aún le daba vueltas la cabeza por el impacto del beso. Tenerla en brazos, probar su boca, inhalar su fragancia, había sido como llegar a casa. Trece largos años para comprender que lo que había sentido con aquel primer beso no había sido algo fortuito. Apenas pudo contenerse de sonreír como un beep. Si Fede hubiera experimentado alguna vez un fragmento de la desbordante sensualidad y pasión de Paula, jamás la habría llamado «princesa de hielo».
Tal como había previsto, la iluminación en el salón la proporcionaban velas en mesas pequeñas alrededor del perímetro de la pista de baile. En el rincón no paraban de servir copas. Se dirigió en la otra dirección. Cuanto menos contacto tuviera con la gente, menos probable era que descubrieran su disfraz. Quienquiera que tuviera que establecer contacto con Fede, sin duda lo buscaría. Mientras conducía a Paula hacia la pista, razonó que el modo más seguro de evitar conversación era salir a bailar. Además, la idea de tenerla en brazos no le resultaba un castigo.
En ese momento, el cantante de la orquesta anunció:
—Vamos a interpretar una canción lenta antes de tomarnos un descanso.
La música comenzó y Pau se cobijó en sus brazos con una sonrisa serena que casi le paralizó el corazón. Por desgracia, esa sonrisa iba dirigida a su hermano.
—Sé que no te gusta bailar y me alegro de que estemos aquí —murmuró ella mientras él le apoyaba la mano contra el pecho.
Pedro se sintió mucho más feliz al saber que Fede nunca la había tenido de esa manera.
—Me inspiras —la acercó un poco más, dolorosamente consciente de las curvas suaves que había bajo el almidón del vestido. Irradiaba elegancia y clase. Había sido demasiado buena para él años atrás, cuando le robó un beso. Y seguía estando fuera de su alcance. Detrás de la máscara negra de terciopelo, los ojos grises lo observaron con intensidad. ¿Reconocería que no era Federico? No. Quería seguir teniéndola en brazos—. ¿Qué sucede?
—Te he manchado con mi carmín —levantó la mano libre y frotó el pulgar sobre su labio superior.
Al cuerno el carmín, el contacto lo marcaba como al rojo vivo. Pedro pasó los dedos a lo largo de la piel satinada cerca de los labios de Dulce.
—¿Estoy manchada?
La voz resonó ronca y baja, el aliento cálido y húmedo sobre su dedo.
No lo estaba, pero le ofrecía una buena excusa para tocarle la boca. Se demoró, tentado por la madurez de los labios y el recuerdo del beso reciente.
—No, están perfectos.
—Mi señor Pirata —ladeó la cabeza, con gesto coqueto—, vuestros halagos se me suben a la cabeza —le rozó la nuca.
—Y vuestra proximidad se sube a la mía, lady Paula.
Con un suspiro, se fundió contra él. ¿Esa era la mujer a la que su hermano aludía como «princesa de hielo»?
Moviéndose en silencio al ritmo de la música, Pepe miró fijamente a Pau. La boca sensual tan en contradicción con las líneas angulares del rostro. La grácil extensión del cuello que suplicaba ser mordisqueado. Los montes de alabastro de los pechos. La curva de la cintura bajo su mano. El roce errante de los pezones contra su torso. La fragancia sutil que lo envolvía, tentadora y exótica. Era un tesoro oculto y conocía al pirata idóneo para explorarlo.
Un donut gigante que bailaba con un caramelo M&M's chocó contra él, sacudiendo a Paula lo suficiente como para hacer que levantara la cabeza.
—Lo siento, Fede. Pau —tartamudeó el donut.
Pedro logró no fulminarlo con la mirada mientras el otro se iba en la dirección opuesta.
—Olvidé mencionártelo antes, Jeff te andaba buscando.
—El bueno de Jeff —¿quién diablos era? Evidentemente, alguien a quien debería conocer, de modo que no podía pedirle a Dulce que se lo señalara. ¿Se trataría del contacto de Fede en la fiesta?
Cuando la canción terminó, las parejas se marcharon de la pista mientras la orquesta se tomaba un descanso. Enlazó los dedos con los de Paula, reacio a soltarla.
—Tengo una mesa en la parte de atrás — comentó ella con una sonrisa y ojos brillantes.
Varias personas los saludaron. Pedro devolvió el saludo, pero continuó abriéndose paso hacia la parte posterior de la sala. Paula lo miró sorprendida.
—¿No quieres detenerte para hablar?
—Esta noche no —había olvidado que su hermano era un relaciones públicas.
Aquí está —ella se detuvo junto a una de las mesas del fondo. Él le apartó una silla—. Puedes sentarte frente al espejo.
Pedro miró el espejo que reflejaba su imagen de pirata. Contuvo una mueca al sentarse. De adolescentes, se había burlado de su hermano por lo que le gustaba mirarse en el espejo. Al parecer, aún le gustaba admirarse. Y daba la impresión de que Paula lo había notado. Su rodilla la rozó al acomodar las piernas debajo la mesa. El breve contacto crepitó por todo su cuerpo.
Paula también lo sintió. Contuvo el aliento.
—Esta noche he recaudado más dinero para la ampliación de la biblioteca —anunció, como desesperada por decir algo.
—Bien. ¿Te entusiasma que la construcción comience el lunes? —impulsado a tocarla, le tomó una mano y se la llevó a los labios. Frotó el centro suave de la palma. Los dedos de ella se curvaron sobre su mandíbula. Entreabrió los labios exuberantes. Pareció un poco aturdida al murmurar un sí—. ¿Sabes que Pedro va a supervisar la obra en persona? Paula apretó los labios.
—Se suponía que iba a hacerlo el señor Klegman.
Sí, Dave había estado a cargo de esa obra hasta dos segundos atrás cuando Pedro tomó la decisión de ocuparse del proyecto. A Dave no le importaría.
—Supongo que hubo cambio de planes.
—Nadie me lo mencionó —se puso tensa.
Pedro se encogió de hombros con fingida indiferencia. Sabía que no debería adentrarse por donde pensaba ir, pero la intrepidez siempre había podido con el buen juicio.
—¿No te cae bien mi hermano?
—No —la respuesta sentida sonó baja y vehemente. Se recuperó mientras la cortesía luchaba con la verdad en la profundidad de sus ojos—. Quiero decir, sí. Me cae bien.
Era ridículo que algo que sabía lo molestara. Lo que no entendía era la causa. Al día siguiente, cuando descubriera que la había engañado, tendría un motivo para caerle mal, pero, ¿por qué en ese momento?
—Creo que tu primera respuesta era la verdadera. ¿Por qué no te gusta Pedro, Paula?
Clavó la vista en la vela titilante.
—Me incomoda. No sigue las reglas. Es un bala perdida y ya tengo suficiente de eso con mi familia —lo miró directamente a los ojos—. No quiero hablar más de Pedro.
A él le había pasado lo mismo. No quería saber por qué le desagradaba.
—Me parece justo. ¿Voy a buscar una copa?
—Me encantaría una tónica con lima.
De pronto hasta le costaba dejarla el tiempo mínimo para ir a buscar unas copas. Sin premeditación, se inclinó y le rozó los labios con los suyos. Costaba saber quién había quedado más sorprendido por ese gesto.
—Vuelvo en seguida.
—Aquí estaré —parecía tan confusa como él
Pedro logró cruzar el salón en dirección al bar sin que lo arrastraran a una conversación. Pidió dos tónicas con lima y con las copas en la mano, se volvió para encontrarse cara a cara con Henrietta Williams, directora del Comité de Bienvenida y miembro de la Cámara de Comercio.
—Hola, Fede. Estás tan apuesto con tu disfraz de pirata. Declaro que casi me quitas el aliento —movió las pestañas y esbozó una sonrisa afectada.
Lo más probable era que el corsé le quitara el aire, pero en un raro momento de galantería, Pedro se contuvo de realizar la observación.
—Gracias, Henrietta. Llevas un... —buscó con frenesí una palabra que describiera a una mujer con las proporciones de un luchador de sumo con el atuendo de una geisha—... mmm... traje ingenioso.
—Esta noche Candy y yo somos azúcar oriental —rio entre dientes detrás de un abanico lacado y señaló a su hija, sentada a una mesa próxima. Candy, una joven réplica de su madre, tanto en complexión como en disfraz, lo saludó—. Sé que te encanta dejar atrás la recaudación de fondos. Fue generoso por tu parte dedicarle tanto tiempo a la chica Chaves. Y muy dulce invitarla a la fiesta de esta noche —bajó la voz y enarcó las cejas—. Esperemos que no se haga ninguna idea de que este es su ambiente.
—Te comprendo, Paula es demasiado buena para este ambiente —incluso logro sonreírle.
Dio media vuelta y se alejó, para atravesar la pista de baile vacía. Al llegar junto a Paula, le entregó la copa con el hielo ya derretido por el calor del salón.
—Lo siento, ya casi no tiene hielo. Henrietta Williams me tendió una emboscada.
Aceptó la copa. Él la observó cuando se la llevó a los labios, fascinado por el movimiento de la garganta mientras tragaba. La humedad goteó desde la copa hasta el valle creado por el escote. Bajó el vaso y suspiró con satisfacción.
—¿Tienes tanto calor como yo? —acercó el cristal al cuello.
La falta de engaño en sus ojos se combinó con las palabras sexys para resecarle la boca por el deseo. Contuvo el impulso de lamerle el cuello y bajar hasta el valle de sus pechos. Si alguna vez Paula cobrara conciencia de su sensualidad, sería letal.
—No sé si alguna vez he tenido más calor —desesperado, bebió un trago y lamentó no haber pedido que le echaran ginebra.
—Demos un paseo a la luz de la luna por el jardín.
Una vez más, el deseo lo sacudió.
—No creo que eso nos refresque.
—Lo sé.
Un torrente de ternura se apoderó de él al ver la incertidumbre en los ojos grises, a pesar de la invitación que emitía su sonrisa.
El micrófono se acopló antes de que el cantante de la orquesta anunciara la siguiente canción.
Cuando las otras parejas se lanzaron a la pista, él se marchó por la puerta de atrás con Paula.



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Continuara! 
Espero que les guste! Perdon por no subir, pero no tengo internet,ahora tengo pero se me rompio la compu.... Comenten porfii !!! 

1 comentario:

  1. me encanta q pau x fin haya encontrado a alguien q la valore y la trate como se merece! mimiroxb

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