La luz de la luna bailaba a través de las ramas desnudas y proyectaba un hechizo etéreo sobre el sendero del jardín. La gravilla crujís bajo los pies. La fragancia fecunda del suele fértil impregnaba el aire otoñal.
Inmersa en un encantamiento sensual, Paula no le habría extrañado ver a un sátiro en pos de una ninfa. Al día siguiente volvería a ser Paula la bibliotecaria, pero esa noche mágica la había transformado en lady Paula.
Ninguno de los dos habló hasta que llega ron a un arco emparrado donde a lo largo de los años innumerables parejas habían ínter cambiado votos. Dentro de sus sombras Fede se volvió hacia ella. Le pasó las mano: alrededor de la nuca y la acercó con una tierna urgencia. Sintió su contacto hasta en la planta de los pies.
Al rodearle la cintura con los brazos y salir al encuentro de sus labios, comprendió que nunca se había sentido más viva que en ese momento. Cerró los ojos. No supo si estuvieron segundos o horas el uno en los brazos del otro, solo que había sido un tiempo suficiente cuando el beso terminó. Se apoyó en el emparrado en busca de apoyo. El disfraz de pirata había transformado a Fede en otro hombre. Las rodillas amenazaban con cederle. Era como si un hilo mágico los uniera.
—Paula, necesito contarte una cosa... Ella lo silenció con un dedo en los labios.
—Sshhh. Esta noche es mágica —trazó la línea de su boca con el dedo y sintió el escalofrío que lo recorrió.
—Pero yo...
—Por favor —se apoyó en él y le pasó la lengua por los labios—. Cuando tú... cuando yo... jamás había sentido esto cuando nos besábamos —comentó con todo su valor—. No quiero hablar, solo quiero volver a sentir lo mismo.
Con un gemido él inclinó la cabeza y le tomó la boca. Sus labios tantearon, duros pero tiernos. Ella le abrió los labios, ansiosa de sentir el embate de su lengua. El calor la abrasó. Él abrió bien las manos en la espalda de Paula para pegarla contra su cuerpo y ella se arqueó con docilidad. Gimió con placer y lo sintió hincharse contra su vientre.
La sacudió una sensación de predeterminación.
Él apartó la boca. La respiración de ambos sonó agitada en el silencio del jardín. Antes de que ella pudiera protestar por semejante abandono, la llenó de besos a lo largo de la mandíbula. Echó la cabeza hacia atrás para brindarle pleno acceso al cuello. Mientras la llenaba de besos, tembló.
Le bajó el vestido por un hombro para poder seguir besándola.
—Eres... tan... dulce —unos mordiscos resaltaron sus palabras y la enloquecieron cada vez más—. Tan... hermosa —la lengua remolineó sobre la pendiente revelada de un pecho.
El deseo la dominó como un río desbocado por lluvias torrenciales.
Introdujo el dedo pulgar por el corpiño y le rozó el pezón perlado. Paula gimió y onduló las caderas contra él en súplica. Pedro apartó el material almidonado y liberó el seno al pellizco del aire nocturno.
Se sintió vulnerable. También experimentó una peculiar sensación de cobijo en sus brazos. Era una mezcla embriagadora.
Se lo introdujo en la boca y succionó, luego la soltó para tirar del pezón con los labios. El placer palpitó desde su pecho hasta los muslos. Se aferró al emparrado que tenía a la espalda y gimió otra vez.
El sonido de pisadas sobre la gravilla los interrumpió. Unas risas flotaron por encima de las flores y arbustos cuando otra pareja buscó el hechizo del jardín.
Paula se quedó paralizada, muy consciente de su estado de semidesnudez en las sombras del emparrado. Fede le subió el vestido con manos poco firmes.
El aire nocturno transmitió la voz de una mujer.
—Hace frío aquí. Vayamos a tu casa.
Oyeron el murmullo de un hombre, pero las pisadas que se alejaban les indicaron que volvían a estar solos.
Paula no tenía intención de desperdiciar ni un momento de esa noche fuera del tiempo. Subió las manos por el torso de él. Se puso de puntillas y susurró.
—Yo no creo que haga frío. De hecho, siento mucho calor.
—Cariño, me estás matando.
—¿De verdad? —desde el momento en que se puso el disfraz y la máscara, era como si hubiera entrado en otra dimensión, Paula en el País de la Sensualidad. Frotó la ingle contra ella y Paula sintió la protuberancia de la erección.
—De verdad.
Le temblaron los muslos, que se contrajeron en respuesta.
—Cielos. ¿Llevas una espada en el bolsillo o te alegras de verme, capitán Hook? —comentó con tono coqueto y provocador.
—Cariño, me alegro tanto de verte que ya es imposible que vuelva adentro —sonrió.
Hasta ese momento, Fede siempre la había tratado casi con formalidad. La sensualidad terrenal que exhibía tocaba una fibra en ella.
Siempre se preguntaría de dónde salía tanto atrevimiento, pero bajó la mano y lo tocó. Él palpitó ante el contacto.
—Podríamos ir a mi casa —Paula supo que había traspasado los límites auto impuestos. Pero era una noche. Por una noche, su máscara y las sombras ofrecían un grado de anonimato.
—Vámonos.
La tensión que captó en la voz y el conocimiento de que ella la había provocado la excitaron.
—Vamos. Puedes seguirme.
Entrelazó los dedos con los de ella y abandonaron la intimidad ofrecida por el escondite. Percibía que la necesidad urgente de Fede era igual que la de ella. Al llegar a los escalones delanteros del club, él le entregó el resguardo al aparcacoches.
—Volveré en un momento a buscar mi coche.
El chico buscó la llave apropiada.
—Sí, señor, señor Alfonso.
Sin hablar, avanzaron por el aparcamiento. Al llegar al coche de ella, la tomó en brazos y la besó con pasión, como si llevara días y no simples minutos sin tocarla. El apetito exigente de su boca redujo el mundo a ellos dos. Sin dejar de tenerla en brazos, alzó la cabeza.
—Paula, quiero que sepas que no ha habido nadie en mucho tiempo.
—¿Significa eso que estás desesperado? — soltó, ajena a sus inseguridades.
Él rio entre dientes mientras le acariciaba la mejilla con el dorso de la mano.
—No. Significa que soy selectivo. Muy selectivo —inclinó la cabeza y la besó lentamente, aturdiéndola—. Pero estoy desesperado por ti. Estaré justo detrás —prometió al alejarse.
Paula permaneció apoyada en el coche, insegura de si sería capaz de conducir.
Abrió la puerta y se dejó caer en el asiento. Buscó las gafas, se subió la máscara y se las puso. Arrancó y salió de la plaza. Las luces del coche de Fede brillaron en el espejo retrovisor al meterse en la carretera.
Esa noche todo en él, desde la voz, pasando por la fragancia, hasta el contacto, llegaban a una parte profunda de su ser.
Aunque había experimentado impulsos esporádicos, jamás había vivido nada de semejante magnitud. Era una noche tan poco habitual para ella, que debería sentirse asustada.
Pero era la excitación lo que hacía que sus manos temblaran alrededor del volante. Lo único que la asustaba en ese momento era que Fede pudiera cambiar de parecer durante el trayecto.
Pedro siguió a Paula. «No cambies de idea», suplicó mentalmente.
«Pero, ¿qué clase de beep considera acostarse con la chica de su hermano?», aguijoneó una parte inquieta de su conciencia. «La clase que sabe que a Fede no le importa Paula. La clase que sabe que ella jamás ha respondido con Fede del modo en que ha reaccionado conmigo», se respondió. «La clase que no es capaz de tener un pensamiento coherente después de besarla».
Se detuvo detrás de ella en la entrada de vehículos. Con tres rápidas zancadas la alcanzó mientras buscaba las llaves de la casa.
—Permite que te ayude —alargó los brazos por detrás de ella y apoyó una mano sobre la suya para insertar la llave. El cabello de Paula le hizo cosquillas en el mentón. La curva de sus nalgas le potenció la erección. La mano le tembló tanto, que tuvieron que abrir la puerta entre los dos.
La siguió a un recibidor pequeño y a oscuras. Apenas cerrarse la puerta, se volvió hacia él. Se buscaron al mismo tiempo con bocas exigentes y manos ansiosas. Los dedos de ella comenzaron a desabotonarle la camisa. Él luchó por recordar algo importante que debía contarle. Pero las caderas se clavaron contra su erección y el cerebro se le puso en piloto automático.
—Cariño, tenemos que encontrar tu dormitorio o tu sofá, porque no puedo...
—No.
Había cambiado de parecer. Se puso tenso, dolorosamente cerca del punto de no retorno. Pero si Paula había dicho que no, era no.
—¿No?
—Olvídate del sofá o de la cama. Aquí. Ahora —la voz, baja y ronca, lo sedujo. Lo acarició a través de los pantalones, dejando un rastro de fuego—. Contra la pared. Tal como lo describiste en el club, en el jardín...
La apoyó contra la puerta antes de que terminara la frase.
—¿Contra la puerta así?
—Sí —jadeó.
Le bajó la cremallera de los pantalones y lo liberó. Pedro apretó los dientes y apenas fue capaz de contenerse cuando los dedos de ella encontraron el fluido espeso de la punta y lo extendió por su sexo.
Alzó la tela rígida de la falda hasta enrollarla en torno a su cintura. La sostuvo con una mano, mientras oía la respiración jadeante y entrecortada de Paula. Los ojos de ella brillaron detrás de la máscara cuando se llevó los dedos a la boca y lo probó.
—¿Y levantándote la falda de esta manera? ,—Pedro apenas podía hablar.
—Sí —se lamió los labios y se apoyó contra él—. Justo así.
Él introdujo la mano entre los muslos de Paula y descubrió satén húmedo. Apartó la tela y los dedos encontraron su sexo empapado de miel.
—Oh, cariño —la voz le tembló. Aferró sus glúteos, la alzó y se frotó contra la resbaladiza humedad—. Pau, estás tan caliente. Tan mojada.
—Sí, sí —le pasó las piernas por la cintura y se pegó a él—. Para ti.
Para él. Su lady Paula. La bajó sobre su lanza.
—¿Introducirte así?
La apoyó contra la puerta y apretó los dientes. Al penetrar más, Paula lo llevó a un lugar en el que nunca había estado, donde la comente de emoción era tan rápida y profunda y el doble de traicionera que el simple deseo físico.
En lo más hondo del cuerpo de ella, los músculos se contrajeron alrededor de él.
—Sí. Justo así.
La embistió tres veces más y Paula comenzó a tener el orgasmo. El temblor que se apoderó de ella también lo afectó a él. Pedro echó la cabeza, atrás y se unió al climax. Y por primera vez en su vida, fue una liberación más que física. El hecho de que acabaran de practicar sexo duro y rápido no socavaba las emociones confusas que le inspiraba Paula.
Con las piernas enroscadas aún en torno a él, se dejó caer contra la puerta. Una sonrisa satisfecha le curvaba los labios. Él experimentó una oleada de orgullo masculino. Y sin importar la velocidad a la que huyera en esa ocasión, la perseguiría. Y no le cabía duda de que iba a huir. No le gustaría descubrir cuál era su verdadera identidad. Pero él había descubierto el tesoro escondido y no pensaba abandonarla. Era su botín.
Ella pasó un dedo por su pecho hasta bajarlo al vientre y más allá, justo donde los cuerpos permanecían unidos.
—¿Listo para un poco de pillaje?
Paula se dejó caer en la cama, arrastrando a Fede con ella. Por primera vez en la vida había descubierto la satisfacción deliciosa y el anhelo inquieto de más.
La luz de la luna se futraba a través de las cortinas y bañaba la habitación con un suave resplandor. Potenciaba la cualidad surrealista de la noche. De no ser porque su cuerpo había sido el principal protagonista, habría jurado que se había embarcado en una experiencia extracorpórea.
La luz roja que parpadeaba en el contestador le indicaba que tenía un mensaje. Una mujer responsable los comprobaría en ese momento, pero por esa noche se había desprendido de la capa de responsabilidad. Le interesaba mucho más su pirata, que descubrir que Gonzalo estaba en la cárcel o que el consejo de alfabetización iba a reunirse la semana siguiente.
—Estoy seguro de que te vas a sentir mucho más cómoda sin ese vestido —dijo Fede al llevar los brazos a su espalda y tirar de la cremallera.
Podría acostumbrarse a tenerlo tendido en la cama mientras la desnudaba.
Se levantó de la cama y se desprendió de los pliegues almidonados. Había perdido la anterior sensación de urgencia, pero no la expectación de volver a tocarlo. Despacio, alzó las manos para soltarse el cabello, consciente de los pechos que empujaban hacia arriba. Quedó allí de pie, con la máscara y la enagua, iluminada por la luna.
Desde las sombras de la, cama, vio que Fede contenía el aliento. La recorrió una oleada de excitación. Jamás había asociado el sexo con el poder. Pero en ese momento se producía un sutil intercambio entre ambos sin que de por medio hubiera subyugación alguna.
Se puso de rodillas en la cama y avanzó a gatas.
—Pau —jadeó el nombre cuando se situó entre sus muslos y subió por su cuerpo.
—Estoy segura de que te sentirás mucho más cómodo sin esa ropa —replicó ella. Era su turno de mirarlo. O lo más cerca que podía estar de hacerlo. No era el momento propicio para sacar las gafas de la mesilla.
En realidad, era muy excitante depender más de sus sentidos del olfato, el gusto y el tacto. La fragancia de saciedad perfumaba la atmósfera entre ellos. Pasó la lengua por los labios de él para disfrutar del sabor de Fede, hambrienta otra vez.
Él se desprendió de la ropa en un tiempo récord. Paula no podía ver, pero discernía su perfil general. Hombros anchos, vientre plano, muslos poderosos y... oh, cielos. Le tembló todo el cuerpo al ver la perfección de Fede desnudo.
Y entonces lo tuvo otra vez a su lado, sólido y cálido y tan abrumadoramente masculino que no pudo respirar. Le rodeó el cuello con los brazos. Necesitaba con desesperación un beso.
—Paula, yo no...
Lo besó. De hecho, sería más apropiado decir que lo atacó. Lo sorprendió en mitad de la frase y le introdujo la lengua en la boca. A los hombres por lo general no se les daba bien hacer varias cosas a la vez. Apostaba a que no era capaz de besar y pensar al mismo tiempo.
Con un gemido ahogado, él respondió a la llamada de acción. Paula se pegó a su cuerpo con una fiebre que solo Fede era capaz de curar. Rodaron hasta que quedó encima. Le encantaba la sensación de tenerlo debajo.
El roce de los muslos ásperos por el vello contra sus piernas suaves, gracias a Dios recién depiladas, intensificaba su feminidad. Se frotó contra él y sintió el empuje de la erección.
Él le tomó una de las cintas que unía la enagua y tiró. Enganchó los dedos pulgares en los tirantes y los bajó. Paula se terminó de quitar la prenda.
Sin ropa que los entorpeciera, se exploraron a placer. Entre besos, él murmuró palabras cariñosas que le llegaron al alma y desencadenaron su pasión. Palabras que alababan, animaban, excitaban.
Fede llevó la mano a un lado de la cama y recogió un envoltorio cuadrado.
—-Es muy fácil olvidarse de parar luego — murmuró mientras se ponía el preservativo.
Paula tuvo un instante de aprensión y se preguntó cómo había podido ser tan descuidada unos momentos atrás. Fede le acarició una y otra vez la espalda. Entonces comprendió por qué lo había sido. No había modo de cambiar el pasado y en ese momento estaban protegidos. Él no era un desconocido y sí un habitual donante de sangre. Se entregó al momento.
Le lamió una tetilla y sintió el escalofrío que recorrió ese cuerpo poderoso.
—¿Siempre vas tan preparado o estabas muy seguro de mí?
Enterró la mano en su pelo y le acercó la cara.
—Siempre has sido una fantasía, pero jamás algo seguro.
La fuerza serena de sus palabras la extasió y le dio confianza. Nunca se había considerado la fantasía de nadie.
La echó a su lado y con labios y lengua se dio un festín.
Paula nunca había sabido que el placer podía ser tan exquisito como para rayar en el dolor. Se puso boca abajó y se agarró a la sábana arrugada cuando él bajó la boca por la línea sensible de su espalda.
Con palabras roncas y dulces, le rindió tributo. Cada frase murmurada, cada roce de los labios, potenciaba la tensión que había dentro de ella.
Descubrió los hoyuelos próximos a las nalgas. La lengua revoloteó sobre la depresión y le provocó una espiral de calor por el cuerpo. Le tomó los glúteos con las manos y los llenó de besos. De forma instintiva, ella acercó el trasero hacia esa fuente de gratificación. La punta de la lengua sondeó la hendidura y prácticamente la dejó sin sentido.
Más hormigueo y estallaría. Se dio la vuelta y lo puso boca arriba; respiraba entrecortadamente. Fede rio con sonido perverso.
—Tienes un trasero delicioso, lady Paula —murmuró al tomarla por la muñeca y situarla encima de él.
Paula abandonó cualquier inhibición latente que aún le quedara y todos los pensamientos coherentes mientras lo aceptaba hasta lo más hondo de su cuerpo.
Fede la llenó y siguió sin ser suficiente. Lo anhelaba con un apetito que trascendía lo físico. El ritmo mesurado dio paso a una batalla frenética y casi violenta de dar y tomar. Le tomó los pezones entre los dedos y acentuó su búsqueda desesperada.
—Pau, ven conmigo a un lugar al que solo nosotros dos podemos ir. Deja que te lleve allí.
Fue como si las palabras de Fede abrieran un lugar que hubiera controlado con cuidado. Le abrió el corazón y el alma al hombre que tenía debajo, dentro de ella, que la había tocado como nadie lo había hecho jamás. Al entregarse a los espasmos de la liberación física, su espíritu se elevó y mitigó el hambre que la había dominado.
Jadeantes, sudorosos, cayeron el uno pegado al otro. Ninguno quebró el silencio ahitó y emocional que los conectaba.
Esa noche había sido perfecta. Tumbada todavía encima de Fede, unidos de la forma más íntima que existía, apoyó la cabeza en su torso.
El teléfono de la mesilla rompió el silencio denso y satisfecho.
—¿Necesitas contestar? —preguntó él.
—Mmm. Que salte el contestador. No pienso moverme —suspiró. Probablemente fuera Gonzalo, lleno de alcohol, que necesitaba que le pagara la fianza. Debería contestar para que Fede no oyera al recluso Gonzalo en la cárcel del condado. Pero era demasiado problemático moverse.
A la cuarta llamada se activó el contestador.
—Paula, soy Federico.
¿ederico? No podía ser.
La complacencia. El letargo. La satisfacción. La cordura. Todo es desvaneció con esas tres palabras.
Fede estaba... La voz sonó alta y clara por el altavoz del aparato.
—Una vez más, siento no haber podido ir esta noche. Dejé un mensaje antes. De todos modos, espero que te hayas divertido.
Perdió el resto del mensaje cuando un zumbido sonoro llenó su cerebro y luchó contra el creciente pánico.
Aun cuando el pene que tenía enterrado en ella se encogía a... bueno, las proporciones de la mayoría de los hombres... Se levantó de ese desconocido desnudo y buscó las gafas.
Con manos trémulas, se quitó la máscara, se puso las gafas y tanteó para encender la lámpara. Por todos los santos. Se encontraba desnuda. Aferró una esquina de la sábana arrugada y se cubrió. Lo primero que asimiló con la luz fue el tatuaje en el brazo musculoso que hacía unos minutos la había abrazado. Nacido Para Provocar.
Era una pesadilla de la que no podía despertar.
Estaba tapada con una sábana y un hombre desnudo y tatuado se hallaba tendido en su cama. Con corazón acongojado, formuló la pregunta, a pesar de que conocía la respuesta.
—Si ese era Fede, ¿quién diablos eres tú? ¿Y qué haces aquí?
-------------------------
Lean el siguiente! :)
-------------------------
Lean el siguiente! :)
No hay comentarios:
Publicar un comentario