Paula llegó a su casa mental y físicamente agotada. En el momento de detenerse ante la puerta sin pintar, Beth ya había atravesado el césped.
—Cuéntamelo todo —jadeó.
—Necesito una taza de té. ¿Quieres una?
—Quiero la exclusiva. Pero tomaré una taza también.
Beth se acomodó sobre un taburete y Paula llenó la tetera. Aguardó a encender la llama azulada antes de comenzar el relato.
—Cuando Delfi me llevó a River Oaks a recoger el coche, me ofreció consejo sobre cómo tener a dos hombres al mismo tiempo —se sentó en el otro taburete y apoyó el mentón en la mano.
—¿Tomaste nota? La experta en eso es tu hermana.
—No lo necesito porque no tengo intención de hacer malabarismos con ninguno. Pienso romper la relación con Fede... aunque me persigue como no lo había hecho nunca. Y con Pedro no hay nada... —la tetera emitió su protesta. Se levantó y vertió agua caliente en las tazas.
—Entonces, ¿qué problema hay en que Delfi vaya tras él?
—¿Delfina y Pedro? La idea me parece repugnante.
—¿Por qué? ¿Sabes lo que pienso?
—No. Pero deja que lo adivine... me lo vas a decir.
—Sí, te lo voy a decir. No vas a reconocer que lo deseas, pero no quieres que nadie esté cerca de él.
—No es verdad.
—Escucha. Yo estuve en la misma habitación con vosotros dos. Me ofrecí a marcharme porque de allí salía humo. Creo que ninguno de vosotros se percató de mi presencia.
El simple hecho de pensar en Pedro le encendía una llama en las entrañas.
—De acuerdo. Hay algo de verdad en eso —concedió—, pero me asusta. No me gusta perder el control. Y Delfi es prueba viviente de que las relaciones basadas en la atracción física no duran.
—Delfi es prueba viviente de que está desesperada por encontrar a alguien que la ame. Lo que sucede es que ha sacado la conclusión errónea de que el amor físico es igual que el amor emocional —echó una cantidad obscena de azúcar en la taza.
—Pero ella...
—¿Qué? ¿Crees que es una maníaca sexual? Vamos, Paula. Tu madre se marchó y tu padre casi nunca estaba en casa sobrio. Tú buscaste lo que necesitabas ocupándote de todo y de todos. Mientras todo el mundo te apruebe, tu mundo se encuentra bien.
Jamás había pensado de su hermana o de sí misma en ese contexto. Tembló al oírse describir con términos tan directos.
—Sueno tan patética...
—Distas mucho de serlo. Compensas dando. Delfina lo hace tomando atención o afecto de donde pueda encontrarlo. Delfina, que da la casualidad de que es un poco mayor, buscó el amor en todos los lugares equivocados. Lo sigue haciendo. Mira las uñas, el pelo, la ropa, el piercing en el ombligo. Es como la niña a la que todo el mundo evita. Cualquier atención que pueda obtener, aunque sea negativa, es mejor que nada.
—Oh —recordó las palabras de Delfi. «No soy estúpida. A veces realizo elecciones estúpidas»—. Eso tiene sentido... me refiero a que motiva a Delfi. Pero no cambia el hecho de que no quiero realizar las mismas malas elecciones que ella, basándome únicamente en relaciones físicas.
—¿Quién puede decir que solo es una atracción física?
—No podría ser nada más. Fede es mucho más mi tipo. O al menos lo era. Compartimos los mismos valores. Queremos lo mismo.
—¿Y Pedro no?
—Yo vivo de acuerdo con las buenas costumbres sociales. El único terreno común que hemos encontrado hasta ahora ha sido físico.
—Nunca sabes adonde podría conducir. Y si no lleva a ninguna parte, siempre podrás decir que te lo has pasado en grande.
Paula recogió las tazas vacías. ¿Y si en el proceso se le rompía el corazón? Dada la intensidad que marcaba cada intercambio entre ellos, no solo sería un corazón roto. Sería una devastación absoluta. Además, si la relación terminara mal, destrozaría su reputación. No le sonaba a pasárselo en grande.
—Tengo que vivir aquí. Este es mi hogar y el trabajo que realizo en el consejo de alfabetización es importante para mí. Mis proyectos de la biblioteca son importantes. Me niego a poner eso en peligro por una reacción química fugaz —fregó las tazas en el fregadero—. Y no olvidemos que me acosté con él en circunstancias confusas.
—Y te gustó, ¿no? —la miró—. Si pudieras dar marcha atrás en el tiempo, ¿te desharías de la experiencia de cuando lo hiciste contra la puerta?
Pedro extendió los planos arquitectónicos de la expansión de la biblioteca sobre la mesita de centro. Completaría el anexo en tres semanas, a lo sumo tres semanas y media. Luego, Paula permanecería en su nueva torre de marfil y él se iría a Florida a realizar un proyecto nuevo.
Frunció el ceño al oír un coche. Tenía un par de cientos de acres al final de un camino de tierra porque valoraba su soledad. Nadie iba a visitarlo.
Dejó los planos y cruzó hasta la ventana sin cortinas que daba al patio delantero. Fede había aparcado su coche y se dirigía hacia la casa. Era lo que menos deseaba o necesitaba.
Salió a su encuentro en el porche y cerró la puerta a su espalda.
—¿Qué sucede?
Fede se encogió de hombros mientras subía los escalones.
—Una visita fraternal —sin aguardar una invitación, se sentó en una mecedora.
Jamás había podido entender por qué Fede no podía ir al grano. Necesitaba dar vueltas en torno a un tema.
—Bonita propiedad tienes aquí —añadió.
—Sí. Por lo general es agradable y privada. El otro soslayó la referencia directa.
—Gonzalo Chaves también tiene una buena propiedad —se limpió una mota de los vaqueros—. No sabía que fuerais tan amigos.
—Lo visito de vez en cuando.
—Es un borracho —no pudo eliminar el desprecio de su voz.
—Sí. Igual que el tío Jack.
—Deberías ayudarlo.
—¿A quién? —se mostró obtuso adrede—. ¿A Jack?
—El tío Jack es diferente. No acaba en la cárcel cada dos por tres.
—Creo que puede darle las gracias de eso al apellido Alfonso y al dinero.
—Jack es un bebedor social —se negaba a aceptar la idea de que un Alfonso pudiera compartir los mismos problemas de alcoholismo que el plebeyo Chaves—. Pero deberías ayudar a Gonzalo. Realmente tiene un problema.
—¿Le pega a sus hijos? ¿A los hijos de otros? ¿Destruye la propiedad?
—Sabes que no. Pero es nuestro deber cívico...
—Un hombre tiene que realizar sus propias elecciones. Si quieres decir que debería predicarle, entonces renuncio a mis deberes cívicos. Gonzalo sabe que soy su amigo. Si alguna vez necesita ayuda con cualquier cosa, ya sea para dejar de beber o para cortar la hierba de su terreno, sabe que solo tiene que llamarme.
—Es una tierra muy grande para que la lleve un hombre dé la edad de Gonzalo.
Por lo visto, ya se acercaba al tema que le interesaba.
—Parece que se arregla.
—Por el amor de Dios, si la mosquitera está unida con cinta adhesiva —proclamó, como si Gonzalo hubiera violado un código sagrado de urbanismo.
—Ese es él —sonrió ante la indignación de su hermano—. Podría tener treinta años menos y vivir frente a ti en River Oaks, y lo más probable es que hiciera lo mismo. Fede se puso pálido ante la perspectiva—. Tienes que ir más allá de la cinta adhesiva y del whisky para ver el corazón del hombre. ¿Puedes hacerlo?
—Lo hago. Y me preocupo por Gonzalo. Igual que me preocupa que Paula se agote cuidando de su familia.
Pedro apoyó la espalda en el poste del porche. Paula era un montón de cosas... exasperante, estimulante, encantadora y obstinada como mil demonios, pero no era una mártir.
—Es su elección.
—El deber y la obligación rara vez nos deja a algunos una elección. Es una de las cosas que Paula y yo tenemos en común.
Fede le daba un nuevo sentido a la palabra «arrogante».
—Cielos, hermano, me has tenido engañado mucho tiempo. Creía que vivías en casa porque había personal que te cocinaba y lavaba la ropa y el coche, y porque es una casa tan grande que no te falta intimidad. Aparte del factor de que te resulta gratuita —movió la cabeza en fingida admiración—. Pero ahora descubro que has pasado años en River Oaks por el deber hacia una madre que dirige el Club del Jardín, el Comité de Bellas Artes y camina unos ocho kilómetros al día, y hacia un padre que va cinco veces a jugar al golf por semana, ambos atendidos por el mismo personal que te atiende a ti. Me alegro de que me lo hayas aclarado.
—Haces que parezca un parásito —frunció el ceño—. El lunes doy un discurso a los rotarios, ¿sabes?
Ah, ahí estaba la lógica. Al parecer a los parásitos no se les permitía dirigirse a los rotarios.
—Mmm —hacía tiempo que había aprendido que a menudo era mejor no hablar con su familia.
—De modo que me tienen preocupado, tanto Paula como Gonzalo.
—¿Deber cívico?
—Es algo mucho más personal que eso. Sí. Y como me importan los dos, he trazado un plan que considero que se adapta a las necesidades de todos.
Traducción: las necesidades de Federico. Estaba impaciente por saber hasta dónde llegaría.
—¿De verdad? Bueno, oigámoslo.
-Si compro la propiedad de GOnzalo, podemos trasladarnos a una casa en la ciudad, mas proxima a Paula. Yo invertire los fondos por el y jamás tendrá otra preocupación en la vida.
Que serían pocas, ya que Gonzalo moriría si se lo llevaran de su tierra.
—¿Y estarías dispuesto a hacer eso por ellos?
—Paula es especial para mí.
—¿Cómo de especial?
Se puso de pie; Pedro esperó que para marcharse. Se apartó del poste.
—Mucho. ¿Te importaría tratar de ablandar a Gonzalo? Ya sabes, hablarle bien del plan. Quizá podrías presentarle la idea de vender. ¿Crees que podrías hablar con él en los próximos días?
—No hay problema —cuanto más lo considerara Federico un cómplice, más averiguaría.
—Estupendo —bajó los escalones y se volvió—. A propósito, vi cómo miraste antes a Paula —rio entre dientes y movió la cabeza-—. Olvídalo.
—Dame un buen motivo para hacerlo.
—Porque puedo ofrecerle lo que tú jamás podrías darle... lo que ella valora por encima de todo —abrió la puerta del coche—. Respetabilidad —arrancó y al marcharse lo saludó con la mano.
Él no podía ofrecerle respetabilidad, eso era cierto. Había estropeado su reputación hacía años. Pero su hermano se equivocaba al pensar que eso era lo más importante para Paula.
«¿Te desharías de la experiencia de cuando lo hiciste contra la puerta?» La pregunta de Beth aún la atormentaba. Se observó. Una noche sin dormir y parecía una muerta. Por fortuna, las fotografías de una inauguración no requerían primeros planos.
Su asistente, Cindy, asomó la cabeza por la puerta del cuarto de baño.
—El fotógrafo del periódico ha llegado. Seguimos esperando a algunos miembros de la cámara y a la señora Turner, del Consejo de Alfabetización.
—Gracias por comunicármelo. Cindy se movió nerviosa, sus facciones rubicundas más rojas todavía.
—Y, oh, el señor Alfonso, el de la empresa de construcción, me pidió que le dijera que dejara de esconderse en el cuarto de baño.
Paula contuvo una maldición poco acorde con su puesto de bibliotecaria y esbozó lo que esperaba que fuera una sonrisa cívica.
—Salgo en un minuto. Pedro. La mantenía despierta por la noche y la atormentaba por el día. Había llegado a tres conclusiones durante la noche. La primera era que no se desharía de la experiencia de la puerta, aunque pudiera dar marcha atrás en el tiempo. Había sido increíble. Ya lo había reconocido.
Segunda conclusión. Esa experiencia no se repetiría. Algo poderoso ardía entre Pedro y ella, pero eran cosas sin valor duradero. Y la gratificación inmediata no merecía el riesgo del precio que pagaría en última instancia. Una relación con Pedro podía destrozarla social y emocionalmente.
Y la tercera conclusión era que tenía que librarse de la relación con Federico.
Salió del cuarto de baño y se acercó al grupo que estaba reunido en la puerta de entrada. Era evidente que, en algún momento durante sus conclusiones y resoluciones, había pasado por alto transmitirle el mensaje a sus sentidos, que se pusieron en alerta roja. Sintió la presencia de Pedro antes de verlo, como si hubiera entrado en algún campo magnético.
El grupo se movió y el corazón le dio un vuelco. Era un nuevo lado de Pedro. Exhibía todo el aspecto de propietario próspero de una firma constructora. Llevaba una camisa vaquera con las mangas subidas enfundada en unos pantalones caqui de trabajo. Las botas estaban gastadas pero lustrosas. Tenía el pelo recogido hacia atrás, lo que hacía que sus facciones se marcaran más. A pesar del aire de éxito, irradiaba un elemento indómito.
A su lado, Federico parecía un poco blando y remilgado.
Este la miró y le provocó un sonrojo de culpabilidad por la comparación. Federico se separó del pequeño grupo y fue a su encuentro.
—¿Cómo se encuentra mi chica esta mañana?
El tono animado y la actitud posesiva la crisparon.
—No tengo ni idea. Pero yo estoy bien — contrarrestó su irritabilidad con una sonrisa.
—Eché de menos no cenar contigo anoche —esbozó un mohín de decepción—. ¿Disfrutaste de tus planes?
—Estuvieron bien —lavarse el pelo no le había planteado ningún problema.
—¿Por qué no te invito a cenar mañana por la noche? —ofreció.
Al final lo comprendió. Desprenderse de Federico no iba a funcionar. Cuando menos disponible estaba, con más intensidad la perseguía él.
—Muy bien.
Impasible por su falta de entusiasmo, él se mostró resplandeciente.
—Había pensado en algo romántico y agradable, tal vez Cristo's.
Cristo's, situado a una hora en coche, significaba una cena seria.
—El Steak & Shake está bien.
—No para ti. No para mañana por la noche.
Durante una semana, en Cristo's van a poner a prueba una cena temática. En honor del espíritu teatral, sus clientes deben cenar con disfraz, pensé que como me había perdido la fiesta del viernes, podríamos ponernos nuestros disfraces. Me dan ganas de verme como un intrépido pirata.
El pánico estuvo a punto de cegarla. Otra vez el disfraz de pirata. ¿Podría estar frente a Federico, vestido como Pedro una semana atrás? Respiró hondo para calmarse. Claro que sí. No representaría ningún problema. Era una cena. ¿Y qué podía importar que llevaran disfraces? Durante la velada, le diría que no podía verlo más.
—Suena bien.
Pedo se acercó en el momento en que terminaba de pronunciar las últimas palabras. Le hizo una reverencia irónica.
—Buenos días, lady Paula. El corazón le dio un vuelco.
—Hola, Pedro.
—¿Listo para empezar a trabajar? Paula y yo planeábamos una cena mañana, con nuestros disfraces, ya que no pudo verme con mi traje de pirata.
El brillo en los ojos de Pedro desapareció.
—Eso congregaría a una multitud en el Steak & Shake.
—Cristo's —le guiñó un ojo a su hermano—. Solo lo mejor para mi chica.
—Una vez que se ha probado lo mejor, cuesta acostumbrarse a menos. ¿No es verdad, Pau? —preguntó Pedro con expresión dura y burlona.
Las palabras evocaron una descarga de eróticos recuerdos sensoriales. La sangre se le desbocó en un torrente de deseo, a un ritmo y a partes de su cuerpo impropios de un lunes por la mañana en la biblioteca.
La llegada de Marión Turner le evitó responder al comentario provocativo de Pedro. A pesar del encuentro desagradable que habían tenido el día anterior, Paula podría haberle dado un beso.
—Marión está aquí. Ya podemos comenzar la ceremonia.
Prefería el saludo frío de Marión a la sensualidad de Pedro y la tenacidad romántica de Federico.
El fotógrafo los sacó al exterior soleado.
—Los más altos en la fila de atrás. Eso es.
Un temblor de entusiasmo recorrió a Paula. Se hallaban a un paso de comenzar el anexo de la biblioteca. Un año de recaudar fondos y ya casi iba a encenderse la luz verde.
Pedro la miró entre el grupo que se movía. El tiempo se paralizó. Esbozó una sonrisa leve y asintió, compartiendo su gozo como si lo hubiera anunciado. Ella le devolvió el gesto, como si compartir esa conexión muda fuera lo más natural del mundo.
—Muy bien. El resto que se coloque delante —el fotógrafo la agarró del brazo y la situó en el centro—. Usted es la bibliotecaria, ¿verdad? De acuerdo, pongamos al presidente de la cámara y al constructor aquí.
Distribuyó a Federico a su izquierda y a Pedro a su derecha. Alguien le entregó una pala.
—Perfecto. Al contar tres, que todo el mundo diga «patata».
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Q mal me cae el tal federico! Espero q pp pueda arruinar sus planes.. mimiroxb
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