Pedro recorrió el medio kilómetro final del sendero bordeado de árboles de River Oaks, disfrutando de los últimos segundos de tener en viento en la cara y del rugido de su moto. Al llegar, aparcó en la superficie de cemento detrás del coche de Fede y apagó el motor.
Dejó el casco en el manillar. El sol de primeras horas de la tarde se reflejó en el metal negro. Su furgoneta era una chatarra anclante, pero su moto era una belleza. Sacó un puro fino y lo encendió. Al guardar el mechero, Fede rodeó la esquina del garaje.
—No puedo creer que condujeras mi coche y que te pusieras mi disfraz. Nadie conduce mi coche —bufó—. Y pensaba reservar ese disfraz.
Pedro no le preguntó cómo sabía que había ido a la fiesta. Nunca había sido su intención mantenerlo en secreto. Al parecer su hermano estaba más preocupado por el coche y el disfraz que por su chica.
—Tu coche necesita una puesta a punto y los pantalones eran demasiado ceñidos —entrecerró los ojos y sonrió sin quitarse el puro de la boca—. Pero me gustaron la espada y el parche.
—¿Cómo supiste que no iba a ir a la fiesta?
Fede podía ser un pusilánime, pero no era estúpido. Pedro se encogió de hombros mientras soltaba el regalo para la abuela Pearl del asiento de la moto.
—No lo sabía. Pero me pareció que era lo que haría un pirata —había hecho tantas cosas descabelladas en su vida, que sabía que la explicación colaría. Nadie en su familia, ni en la ciudad, para el caso, esperaba un comportamiento racional por su parte.
—Bueno, podrías haberme pedido permiso
—Pero no habría sido una conducta filibustera, ¿verdad?
Fede adoptó una indiferencia reveladora.
—¿Hablaste con alguien en la fiesta mientras eras yo?
«¿Te refieres a tu contacto?», pensó.
—Con un par de personas.
—¿Sí? —se mesó el pelo—¿Quiénes?
—Con un tipo vestido de donut. Y con Henrietta Williams.
—¿Con alguien más?
—Solo con Paula —mantuvo la voz neutral y observó el rostro de su hermano para ver si captaba algún indicio de ternura o cariño.
—Ah, sí —se mantuvo impasible—. Paula.
—¿Qué hay entre Paula y tú? ¿Desde cuándo bajas a los barrios pobres, hermano? —lo provocó y estuvo atento a una reacción. Personalmente, si alguien aludiera a Paula como procedente de los barrios bajos, fuera o no su hermano, le arreglaría unas partes del cuerpo.
—Llevamos saliendo unas semanas. Creo que he sido una buena influencia sobre ella. Aunque su familia está más allá de toda esperanza —se quitó una pelusa de su chaqueta de marca.
Su esnobismo era palpable.
—Me sorprendió. No parece ser tu tipo — presionó Pedro.
—Se vuelve mucho más atractiva cuando descubres que su familia se asienta sobre un magnífico terreno de gran valor inmobiliario —sonrió con afectación.
Bingo.
—Entonces, ¿es la tierra o la dama?
—Es todo el paquete.
—¿Desde cuándo la tierra de los Chaves tiene algún valor?
—Depende de a quién conozcas. Pedro gruñó. Si mostraba demasiado interés, Fede podía volverse hermético.
—¿De qué hablasteis anoche Paula y tú? ¿Sabes?, no le caes nada bien. Ya tenía muy claro ese punto.
—Gracias por cerciorarte de que lo supiera. No hablamos mucho —habían estado ocupados en otras cosas—. Bailamos una vez. Estaba lista para irse y la seguí a casa para asegurarme de que llegaba bien.
—No me sorprende que quisiera marcharse pronto. Seguro que quedó decepcionada al enterarse de que eras tú y no yo.
—Desde luego quedó sorprendida. Y parecía tener fiebre —añadió, impulsado por el diablo que llevaba dentro.
Fede frunció el ceño... por irritación, no preocupación.
—Espero que pueda venir hoy. ¿Se sentía mejor cuando te marchaste?
Pedro le dio las gracias en silencio por eliminar cualquier duda de que hubiera podido interponerse entre Paula y él. Su hermano ni siquiera servía para limpiarle los zapatos a ella.
—No lo dijo.
—Realmente quería que hoy viniera —comentó con exasperación.
—Estoy seguro de que lamentará molestarte poniéndose enferma —su hermano pareció ajeno al sarcasmo.
—Tienes razón. He de terminar un papeleo antes de la fiesta, si no iría a ver cómo se encuentra. Eh, ¿podrías tú...? Olvídalo. No te pediré que vayas. Ya sabes, no le caes bien.
No. Eso no era verdad. Según la misma lady Paula, lo odiaba. Volvió a recordarse que había una fina línea entre...
Odiaba a Pedro Alfonso.
A regañadientes, cruzó el césped inmaculado que se extendía entre el sendero arbolado y las enormes puertas dobles del hogar de los Alfonso. En circunstancias normales, estaría dando saltos de felicidad por haber sido invitada a la fiesta de cumpleaños de la gran dama, Pearl Alfonso. Pero gracias a Pedro, preferiría enfrentarse a un pelotón de fusilamiento.
Al llegar ante la puerta, esta se abrió.
—Bienvenida a River Oaks —entonó el portero uniformado.
Contuvo una carcajada al ver a su primo segundo con uniforme de mayordomo.
—Hola, Ralphie.
—Eh, Paula —se pasó un mano por la chaqueta negra—. Bonito traje, ¿eh? ¿También vas a trabajar en la fiesta?
—Soy una invitada —alzó el regalo que llevaba.
Ralph la miró como si hubiera declarado el avistamiento de un ovni.
—¿Aquí? ¿En River Oaks?
—No, pasaba por casualidad. Claro que aquí —espetó, sintiéndose cada vez más fuera de lugar. Pero al instante se arrepintió. No era culpa de Ralphie que resultara mucho más natural que cualquier miembro de su familia estuviera en River Oaks como empleado que como invitado—. Lo siento, Ralphie. Estoy cansada y gruñona.
—Tranquila. Sé cómo os podéis poner los de tu familia. La fiesta está pasillo abajo, primer salón a la derecha.
¿Primer salón? ¿Es que había más de uno? Entró en el vestíbulo de mármol rosa con sus techos altos y molduras de escayola. Unas escaleras gemelas con sus pasamanos de caoba resplandeciente se curvaban con gracilidad hasta la primera planta.
La luz que se reflejaba en la enorme araña de cristal lanzaba cientos de prismas que la distrajeron y deslumbraron.
Cinco minutos. Iba a tener que sobrevivir a los siguientes cinco minutos, como mucho diez. Entregaría el regalo, le desearía feliz cumpleaños a la señora Alfonso, se excusaría con Fede y se marcharía.
Un grupo atestaba el umbral del que salía música y sonido de copas al entrechocar.
Cada minuto que pasaba, se sentía más fuera de lugar.
—Creo que en un momento o otro le has pedido dinero a toda esa gente para tu biblioteca —indicó su primo—. No son más diferentes ahora que entonces.
—Tienes razón —estaba siendo ridícula. Ya había desperdiciado dos minutos en la entrada cuando podría haber estado cumpliendo con sus obligaciones sociales. Irguió los hombros y marchó por el vestíbulo.
Primer salón. Puertas dobles abiertas. Una orquesta de cinco músicos que tocaba música de fondo. Una pista de baile de parqué. Una mesa que recorría una pared llena con lo que sin duda eran manjares. Aproximadamente unos ciento y pico de invitados entre los que se encontraban los amigos más íntimos de la señora Alfonso y sus familiares, de pie en grupos pequeños.
Entró en el salón. Quizá tuviera suerte y no llegara a ver a Pedro.
Pero ahí estaba. El corazón le dio un vuelco nada más verlo. Piernas largas enfundadas en unos vaqueros gastados, una camiseta negra que resaltaba su espalda musculosa, el pelo hacia atrás, de forma muy parecida a su estilo de pirata de la noche anterior. Un pendiente de oro brillaba en una oreja. Parecía duro y peligroso.
Imposible. Ridículo. Perora pesar de tenerlo en el otro extremo del salón, juraría que podía captar su fragancia, lo que le provocó un profundo deseo. En ese momento, él se dio la vuelta y la miró directamente a los ojos, como si hubiera sentido que lo llamaba.
—¿Le apetece una copa de ponche, jovencita? —ofreció una voz amigable.
Desde el otro lado del salón, los ojos de Pedro la recorrieron de arriba abajo, con una leve sonrisa en las comisuras de los labios. Tragó saliva y los latidos se le dispararon. Se volvió y se encontró cara a cara con un hombre que le resultaba vagamente familiar; era unos centímetros más alto que ella y llevaba un bigote engominado.
—Jack Alfonso, a su servicio —inclinó el torso—. Pero sería un honor que me llamara tío Jack.
—Paula Chaves. Encantada de conocerlo. Y, sí, me gustaría una copa de ponche.
Pedro la seguía mirando con una sonrisa perversa en los labios. Dos segundos antes había mantenido un relativo control de la situación. Adrede había elegido una ropa que no llamara la atención sobre su persona. Una falda larga de color azul marino, unos mocasines azules, un conjunto gris de blusa y rebeca y unas perlas. Pero una simple mirada de Pedro hacía que se sintiera abiertamente sexy. Lo que un minuto atrás había sido una falda sensata, en ese instante se deslizaba de forma sensual por sus muslos y le ceñía las nalgas.
Contuvo el impulso de huir.
—Aquí tiene, señorita —el tío Jack sostenía una copa a medio llenar con ponche rosado. La aceptó y se bebió medio contenido de un trago. Refrescante, le hormigueó en la boca. Se terminó el resto de la copa.
—Gracias. Tenía más sed de la que imaginaba.
—Si aún está sedienta, hay copas más grandes.
Era tan agradable encontrar a alguien que... bueno, fuera agradable. A diferencia de Pedro, que era irritante, falso, perturbador, excitante...
—Solo si usted me acompaña.
El tío Jack se bebió su copa de un trago.
—Vuelvo en un abrir y cerrar de ojos.
Paula sonrió y encontró una pared donde esperar. A menudo era agradable fundirse con el entorno, algo a lo que estaba acostumbrada, y observar el mundo.
Miró alrededor de la sala, ansiosa de apartar la vista del rostro sombríamente atractivo de Pedro. A unos metros de distancia había un grupo de mujeres. Su némesis del instituto, Amy Murdock-Carter, rodeada de sus viejas amigas. Con cierta satisfacción, notó que el trasero de Amy se había ensanchado de forma considerable desde los días del instituto. De hecho, ponía a prueba la elasticidad de la falda negra de lana que llevaba puesta.
—Aquí tiene, jovencita —el tío Jack le ofreció otra copa.
Tenía unos ojos brillantes y amables.
—Gracias —con el tío Jack se sentía relajada.
Miró en dirección a Pedro. Comenzó a caminar hacia ella. Al final, terminó por fijarse en el hombre que había a su lado. Fede. El ponche la ayudó a tragarse la culpa que la invadió. Tendría que haberse fijado primero en Fede. Tendría que haberlo buscado nada más llegar.
No solo estaban los dos en la misma fiesta, sino que ambos se dirigían hacia ella. Con una notable calma, los observó, el dulce y almidonado Fede y su hermano inmoral, tatuado, truhán, sexy y... condenadamente sexy.
Se bebió la copa. Jack se la quitó de los dedos.
—Vuelvo en seguida.
—Estaré aquí.
Le pediría la receta del ponche a la tía Ruth, porque se sentía acalorada, contenta y muycapaz de sobrellevar el inminente encuentro. Amy Murdock-Carter miró por encima del hombro en dirección a ella, con una sonrisa falsa en la cara. Paula se la devolvió.
Justo en ese momento llegaron Fede y Pedro.
—Paula. Empezaba a preocuparme — Fede le pasó un brazo por los hombros y le dio un beso en la mejilla.
A su lado, Pedro tensó los labios y endureció la mirada. Paula logró escabullirse de su abrazo, repelida por su contacto y la mezcla de gomina y colonia, aparte del propio sentido de culpabilidad. Él le tomó la mano.
—Temía que siguieras sintiéndote mal. Pedro me dijo que anoche tenías fiebre.
Lo miró. Vio travesura y un destello de furia en la profundidad de sus ojos azules.
—¿Recuerdas lo caliente que estabas? Quemabas.
Un recuerdo intenso. Una reacción instantánea. El traicionero corazón se le aceleró. Claro que recordaba. Todo. El olor de Pedro. La satisfactoria sensación de tenerlo enterrado en ella. Su sabor en la lengua. Si no estuviera desarmada, lo mataría.
—Ahora me encuentro bien —le garantizó a Fede.
—No lo sé, Paula, pareces acalorada y te brillan los ojos —Fede se volvió hacia Pedro el aspecto que tenía anoche cuando la llevaste a casa?
La dominó la irritación. Fede no tenía por qué hablar de ella como si no se hallara presente o fuera una niña inepta.
—He dicho que me encuentro bien —declaró con claridad.
Pedro apoyó la mano en su frente. Incluso ese contacto mínimo le aceleró los latidos.
—Desde luego creo que te ha vuelto la fiebre. Estás acalorada. Y quizá te cuesta un poco respirar —le tocó la sien y pasó el dorso de los dedos por la mejilla—. A mí me pareces caliente.
La recorrió un anhelo y una oleada de calor. Era un hombre horrible y él lo sabía.
Fede retrocedió como si fuera una leprosa.
—Quizá lo que tengas sea contagioso.
—Desde luego que no.
—Es probable —apuntó Pedro al mismo tiempo.
—Quizá debería mantener la distancia, ya que el lunes tengo que hablar en un almuerzo de los rotados —dio un paso más hacia atrás y acercó a Pedro—. Sin embargo, tú ya has estado expuesto, así que, ¿te molestaría cuidar de ella?
—Me abruma tu preocupación y compasión —comentó con ironía inútil—. Pero no necesito que nadie cuide de mí.——No es típico de ti, Paula, ser difícil —Fede se mostró levemente ceñudo.
Contuvo una carcajada. ¿Difícil? Apretó los dientes ante su tono condescendiente. Pero justo cuando iba a replicarle, Fede retrocedió más.
—Allí veo a Charlie Moncrief y me es imprescindible hablar con él. Pedro cuidará de ti y yo te llamaré más tarde.
Se escapó antes de que pudiera replicar. Por fortuna, el tío Jack apareció en ese instante con dos copas grandes de ponche.
—Aquí tiene. Una copa más con fines medicinales —miró a Pedro con sorpresa en los ojos—. Veo que has encontrado a una chica con clase, para variar.
—No soy su chica —musitó ella antes de beber la deliciosa combinación. Pero el error no le molestó como habría podido imaginar.
—Tío Jack, ¿has estado atiborrando a Dulce con ponche? —Pedro frunció el ceño. Ella lo miró.
—¿Conoces al tío Jack?
—Es el hermano de mi padre. Ah, por eso le resultaba tan familiar. Los brillantes ojos azules eran de familia.
—¿Es tu ponche especial? —Pedro miró a Jack.
Dulce bebió la última gota y miró a uno y a otro.
El tío Jack se mostró un poco tímido.
—Dijo que quería una copa. Ohhh, tu abuela me llama con su bastón. He de irme — desapareció a más velocidad que un dólar en un hipódromo.
Dulce se sentía decididamente aturdida. Y algo más que un poco inestable. Se agarró al antebrazo de Pedro.
—Mmm. Tienes unos brazos muy sexys.
—Paula, ¿puedes hacer algo por mí?
—Mmmm —tuvo varios pensamientos perversos. Se subió las gafas.
Pedro la condujo a una silla y la sentó.
—Espérame aquí. No intentes ponerte de pie. Vuelvo en seguida —fue a marcharse, pero regresó en el acto y le susurró al oído—. No hables con nadie. Ni una palabra. Con nadie —y entonces desapareció.
Ella frunció los labios. Estar sentada en una silla no era lo que tenía en mente, pero se lo había prometido. Lo vio atravesar el salón hasta que lo perdió detrás de un grupo reunido ante el bufé. No tenía hambre, aunque no le importaría beber otro ponche.
Amy se materializó como una mala memoria del pasado.
—¿Paula Chaves? Eres tú. No estaba segura. Marvin y yo realizamos un viaje especial para venir a la fiesta. Ahora vivimos en Atlanta. No esperaba verte aquí. ¿Cómo estás? ¿Manteniéndote alejada de los problemas? —le guiñó un ojo con gesto de complicidad.
«Yo estoy bien. Mi trasero no tiene el tamaño de Rhode Island». Pedro le había dicho que no hablara. Paulae le señaló el cuello.
—¿Tienes un problema de garganta? ¿No puedes hablar? —insistió Amy.
Pedro reapareció por detrás de su hombro.
—La gripe. Podría ser contagioso.
Amy retrocedió como un gato escaldado.
—Adiós, entonces.
Se dirigió hacia la comida andando pesadamente.
Pedro puso a Paula de pie, quien avanzó con paso poco firme. Alargó la mano y se apoyó en la dura pared que era el pecho de él.
—Tranquila, lady Paula. Salgamos por esta puerta.
Ella fue a protestar, pero tampoco había querido quedarse mucho en la fiesta. Marcharse con Pedro no había formado parte del plan. Sin embargo, de repente parecía una buena idea.
Con la mano cálida y firme sobre su brazo, la condujo por un pasillo posterior. En alguna parte entre el salón y el vestíbulo, había pasado de ser sombrío y peligroso a sólido y fuerte. Tuvo la extraña sensación de que cuidaba de ella.
Se detuvo.
—¿Estás cuidando de mí? —sonó desconcertada—. No puedes, ¿sabes? Ese es mi trabajo. Papá. La familia. La biblioteca. El programa de alfabetización. Yo soy la cuidadora.
La hizo reanudar la marcha.
—Yo no cuido de nadie. Puedes considerar esto como una mano amiga.
—Pero no somos amigos. No me caes bien —que su cuerpo se derritiera cuando lo tenía cerca no significaba que le cayera bien.
—Ahora mismo, encanto, necesitas ayuda de donde puedas conseguirla. Aunque me consideres el enemigo.
Salieron a una terraza que daba a un prado verde y al río que había más allá. Paula parpadeó en el crepúsculo.
—¿Por qué necesito ayuda? —le costó pronunciar las palabras.
—Porque estás borracha, lady Paula.
—No —agitó una mano en el aire—. Nunca bebo —se acercó para susurrarle al oído—. Mi familia es demasiado aficionada al alcohol y nos vuelve locos. Ni siquiera bebo vino.
Le presentó los labios para que los inspeccionara. Pedro pasó el dedo pulgar por la boca de ella. En su interior el anhelo fue como un dolor físico.
—Estos labios adorables tampoco habían bebido jamás el ponche de ron del tío Jack — la dirigió hacia el garaje—. Es hora de llevarte a casa. Conduciré tu coche y ya encontraré la manera de volver. ¿Tienes las llaves? —rodearon la esquina y maldijo—. Tu coche está bloqueado —titubeó unos momentos—. ¿Crees que puedes mantenerte en mi moto?
¿Quería que se sentara en esa enorme bestia negra y cromada? Supuso que, si se agarraba a él, estaría bien. La recorrió una sensación desconocida de excitación.
—¿Lo único que tengo que hacer es permanecer sentada ahí?
—Tendrás que aferrarte a mí e inclinarte con cada giro. ¿Crees que podrás conseguirlo?
Se sentía absolutamente capaz de rodearle la firme cintura con los brazos y pegar los muslos abiertos contra los músculos compactos de su bonito trasero.
—Mmmm.
Él alzó una cazadora negra del asiento y se la entregó.
—Esto impedirá que tengas frío.
Se la puso e inhaló la embriagadora mezcla de la fragancia de Pedro con el cuero y se arrebujó en ella, llenándose con su olor. En ese momento, supo por qué a las mujeres les gustaba ponerse la ropa de sus parejas. Era lo mejor después de tenerlo dentro de una.
—¿Y tú? ¿No pasarás frío? Los ojos de él se nublaron.
—No. No existe peligro de que me enfríe. Toma. Ponte el casco —ella obedeció. Pedro observó el largo de la falda azul marino—. Esa falda va a representar un problema.
Nada iba a impedirle realizar la fantasía de chica mala sobre una moto. Se inclinó y agarró la costura izquierda. Rasgó la tela hasta la mitad del muslo. Hizo lo mismo con el lado derecho. Se irguió.
—Eliminado el problema —sonrió al verlo un poco sorprendido y bastante excitado.
—Sube, cariño, y te daré una vuelta.
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Continuaraaa!
Un dia volvi (? No es que colgue, es que no tengo computadora... La nove ya la termine de adaptar, asique dentro de dos semanas, subo de nuevo! I puedo antes, por hay subo! No se! Comentarios aca o en @Floor_PauChaves
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Continuaraaa!
Un dia volvi (? No es que colgue, es que no tengo computadora... La nove ya la termine de adaptar, asique dentro de dos semanas, subo de nuevo! I puedo antes, por hay subo! No se! Comentarios aca o en @Floor_PauChaves
Q bueno q volviste a subir! Me encanta esta nove!! Ojala puedas volver a subir pronto...mimiroxb
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