sábado, 29 de noviembre de 2014

Capitulo 10 -Entre Dos Amores-

—Tranquilo. La furgoneta ya está en muy mal estado —comentó Dave al apoyarse en el capó y ver cómo Pedro metía una pieza defectuosa en la parte de atrás.
Este no se hallaba de humor para ser compañía grata para nadie. Al menos Fede ya se había marchado a trabajar en su discurso o lo que hiciera detrás de su escritorio respetable, en el banco respetable de su respetable familia.
—¿No tienes nada mejor que hacer con tu día libre? —Pedro comprobó el resto de suministros. No estaba mal... en todo el cargamento solo se habían presentado unos pocos problemas.
—Quería comprobar qué había provocado el cambio de última hora. Recuerda que era mi proyecto —Dave sacó un donut de una bolsa de papel—. ¿Quieres? Y no me cuentes que lo hiciste para estar cerca de tu familia, porque fino me lo tragaré.
Sacó un donut de la bolsa y no se molestó en responder. ¿En qué diablos pensaba Paula para irse a cenar con Fede?
—Podría ser... —Dave miró más allá del hombro de Pedro con una sonrisa seductora en rostro—. Vaya, si es mi bibliotecaria preferida. Voy a fingir que es mi increíble encanto el te ha atraído aquí afuera y no el olor a donuts recién hechos.
Paula le sonrió como si acabara de descubrir un amigo perdido. Pedro pensó que a él jamás lo miraba de esa manera. No, lo miraba como si acabara de ver al hombre del saco.
—Cuando me enteré de que no ibas a estar en el proyecto, esperé que al menos pasaras a visitarnos —alargó la mano hacia la bolsa—. Con donuts, desde luego.
Pedro sintió un nudo en la garganta.
—Dave está prometido —soltó sin rodeos. Se acomodó las gafas en el puente de la nariz y lo atravesó con una mirada reprobadora.
—Cynthia. He visto su foto. Es preciosa.
—Solo quería cerciorarme de que lo sabías -recogió los planos—. Y ahora algunos tenemos que trabajar.
Dave rio y le dijo mientras desaparecía por esquina.
—Te buscaré antes de marcharme.
Pedro contuvo otra respuesta hosca. No había nada mejor que una intensa actividad física para devolverle la perspectiva a las cosas. Por desgracia, esta solo sirvió para recordarle sábanas arrugadas y a Paula bajo su cuerpo. Y encima. Y al lado. Cálida y desnuda, el cabello suelto, enmarañado sobre los hombros, las perlas en torno a...
—Te vas a lesionar —indicó Dave a su espalda.
Pedro se irguió y dejó que la cuadrilla terminara.
—¿Ya has concluido?
Dave sonrió, impasible por la brusquedad de Pedro.
—Te ha dado fuerte, ¿eh?
—Ve a dar un paseo, Klegman.
—Si no lo hubiera visto con mis propios ojos, no lo habría creído. Pedro Alfonso ha sucumbido —no paró de reír entre dientes de camino a la furgoneta de Pedro—. Pensé que Paula podía tener algo que ver con el súbito cambio de planes. Un cambio radical con respecto a las mujeres con las que sueles salir.
—Odio destrozarte la teoría, pero Paula siente aversión por mí.
—Yo diría que siente algo por ti, pero no lo llamaría aversión. No viste cómo miraba tu trasero.
Pedro cruzó los brazos, más irritado aún por la noticia. ¿Le miraba el trasero, pero seguía ¿aceptando cenas con Federico?
—Sí, bueno, no soy un pedazo de carne, ¿lo sabías?
Dave echó la cabeza atrás y soltó una carcajada.
—Dios mío, suenas como una mujer.
Paula lo estaba volviendo loco. Se quitó el casco y sonrió con timidez.
—Sí, supongo que sí.
—¿Has intentado seducirla? Por la expresión de atontado que has puesto, veo que no se te ha ocurrido, Romeo.
—¿Quién eres, el Doctor Amor?
—¿He de recordarte quién está felizmente prometido a la mujer de sus sueños y quién es el Lobo Solitario con una mala actitud?
Debía reconocer que, a pesar de ser un bocazas, Dave tenía razón.
—Te presto toda mi atención.
—¿Cuál es el problema?
—Sale con mi hermano.
—Bien, ha sufrido un pequeño desliz en su sensatez. Muéstrale el camino. Hablamos de una mujer sensata.
Miró hacia los árboles que se alineaban en el aparcamiento.
—Tiene demasiada clase para mí. Siempre ha tenido.
—Ahí es donde te equivocas. Yo diría que es justo lo que necesitas. Y no te menosprecies. Tú tienes algo que ella necesita... y no necesariamente lo que piensas. Hay fuego bajo su fachada ecuánime y creo que eres el hombre para avivar las llamas.
Una furgoneta de reparto de flores se detuvo en el aparcamiento. Un joven bajó del vehículo, saco un jarrón lleno de rosas y pequeñas flores blancas.
—Alguien va a recibir rosas. ¿Por qué diablos Dave se sentía obligado a explicar lo obvio?
—Eso parece.
—Una docena de rosas —comentó Dave—. No deja de ser un tópico. Tienes que pensar en algo original. Algo que le hable directamente a ella —enarcó las cejas—. ¿Crees que podrás?
Paula estaba sentada en un taburete en la cocina, aliviada de estar en casa. A través de la ventana veía las rosas rojas en la mesa del patio. Era una pena que fuera alérgica a ellas. Juraría que se lo había mencionado a Federico. Al parecer, no le había prestado mucha atención.
Cena en Cristo's. Una docena de rosas de tallo largo. Tres días atrás, que ya parecían una vida entera, habría flotado en una nube. Pero en ese momento tenía que luchar contra un ataque de pánico. Debía de ser por el sentimiento de culpabilidad. Disponía de veinticuatro horas para pensar en un modo cortés, contundente y diplomático de dejar a Federico.
Era más fácil decirlo que hacerlo. Bebió el té ya tibio y acercó el bloc de notas y el bolígrafo.
No creo que estemos hechos el uno para el otro.
No. Jamás convencería a Fede de que no era adecuado para ella. Descartado.
Salgo con otro.
El mismo inconveniente, aparte de que en una ciudad tan pequeña, tendría que orquestar una aventura pública o a los pocos días sabría que no salía con nadie. Y no estaba en su naturaleza airear su vida.
Seamos amigos.
Eso probablemente le daría más determinación que nunca. Mordisqueó el extremo del bolígrafo.
He hecho un voto de castidad.
No.
Soy frígida.
Mejor evitar ese camino.
Eres demasiado bueno para mí.
Bingo. No haría falta mucho esfuerzo para venderle esa idea a Fede. La subrayó y marcó con un círculo.
Sonó el timbre. No podía ser Beth, ya que su amiga entraría por la puerta de atrás. Y si no era Beth, no quería hablar con nadie más. Podía fingir que no estaba en casa, pero el coche la delataría. Quizá si no le hiciera caso, quienquiera que fuera se marcharía.
Volvió a sonar, destrozando esa teoría. Se levantó del taburete, fue a la puerta y la abrió. Pedro.
Bastaba con que estuviera allí de pie para que el cuerpo le respondiera. Necesitaba ayuda.
Le bloqueó la puerta, con aliento contenido y rodillas flojas. La lógica y la razón,superadas por la lujuria y la lascivia, volaban por la ventana cuando él estaba cerca.
—Tengo algo para ti.
Por primera vez, vio que sostenía un paquete bien envuelto y de aspecto caro. Sin que él lo notara, se pellizcó la parte de atrás del muslo. Le dolió. Estaba despierta y era real.
—Vamos, Pau, déjame pasar. No hay nada que temer.
Los pezones le hormiguearon y captaron la atención de Pepe a través de la blusa de seda. Él contuvo el aliento.
Paula experimentó una oleada de poder. Decidida a probar sus artimañas femeninas, se pasó la lengua por el labio superior. Las manos que sostenían el paquete temblaron. Excitarlo empezaba a excitarla. Era embriagador, estimulante. Algo salvaje y atrevido salió a la superficie.
Se hizo a un lado.
—Pasa —no sabía dónde estaba su sentido común cuando lo necesitaba.
—¿Dónde lo quieres?
Unos músculos interiores se contrajeron en el cuerpo de Paula.
—¿Dónde te gustaría dármelo?
—Tú eliges.
Lo condujo a la sala de estar. Cada nervio de su cuerpo parecía sintonizado con él. Al pasar por el umbral, el brazo de Pedro le rozó la espalda. Incluso ese mínimo contacto le produjo un escalofrío e incrementó la bola de calor que tenía en el estómago.
Se sentó en el sofá. En vez de seguirla, Pedro se situó detrás. Lo miró por encima del hombro.
-No muerdo.
La miró y el calor de su mirada la abrasó. Con movimiento lento, se inclinó hasta que sus alientos se mezclaron.
—No puedo garantizarte que yo no lo haga.
Depositó el paquete en el regazo de ella. Era más pesado que lo que había imaginado. Con el dorso de los dedos le rozó los muslos y la agitó de una manera tan intensa que tembló.
Adelante. Ábrelo.
Pasó el dedo por debajo del envoltorio. Prefería tomarse su tiempo y saborear la expectación. De Pedro emanaba tensión. Contuvo una leve sonrisa. Se preguntó si estaría tan nervioso como ella. ¿Qué podía regalarle un hombre tan impredecible y sensual como Pedro a una mujer como ella?
Dobló un extremo del papel, luego el otro. Un juego de sábanas. No de algodón o de percal. Ni de franela. De seda. De color albaricoque. Sensuales, lujosas, decadentes.
—Me encantan —musitó.
—Espero que el color te guste. Es uno de mis favoritos —los labios le rozaron el lóbulo de la oreja.
Según Pedro, sus pezones tenían el mismo color. Giró la cabeza para mirarlo. Su abrumadora masculinidad le producía anhelos irreprimibles.
—Son preciosas —jadeó. La acarició con la mirada.
—Sí lo son.
Ella se refería a las sábanas. Él a sus pechos. Tragó saliva.
—No tenías por qué hacerlo, pero gracias.
—Te debía un juego de sábanas —alargó la mano hacia el regazo de ella y con el dedo pulgar le rozó un pezón enhiesto. Recogió una funda de almohada—. Siéntela —le pasó la tela por el cuello.
Paula cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá. Se entregó a la sensación.
—Mmm —gimió en apreciación. Él soltó la funda adrede y la dejó deslizarse por sus pechos, para quedar sobre sus muslos.
—Miré muchas sábanas. Toqué muchas. Pero estas me parecieron ideales para ti.
No había pedido por teléfono flores a las que era alérgica. Había pensado en ese regalo y se había tomado tiempo para ir a comprarlo.
Con cuerpo tembloroso, se levantó y fue a puerta, pero se detuvo para mirar por encima del hombro.
—¿Me ayudas a ponerlas? —acalló la voz de razón que quería vetar esa invitación.
—Estoy aquí para hacer lo que quieras —la siguió al dormitorio.
—¿Toda esa arrogancia a mis órdenes?
El crepúsculo había sumido la habitación en sombras. Encendió la lámpara de la mesilla, cuya luz se proyectó sobre el edredón.
—Creo que has malinterpretado mi naturaleza gentil y humilde.
Ella rodeó la cama, riendo.
—Y yo creo que dejaste eso con los pañales.
—Permite que te lo demuestre. Estoy bajo tu control.
—De acuerdo. Adelante y saca... —hizo una pausa perversa—... las sábanas de la cama. Él sonrió y mostró sus dientes blancos.
—Será un placer. Seré muy bueno. ¿Por qué no te sientas y miras?
—Cuando estés listo —se sentó en el sillón que había en un rincón de la habitación. Pedro depositó el edredón en el pie de la cama y luego pasó a las sábanas. ¿Quién en su juicio encontraría sexy a un hombre haciendo una cama? Otra cosa que demostraba que no estaba en su sano juicio, se llevó una sábana a la cara e inhaló profundamente.
—Huele a ti,
—Oh —no fue capaz de decir nada más.
—Reconocería tu olor en cualquier parte, Pau. Adoro tu fragancia —se pasó la tela por la mejilla y luego la dejó caer a sus pies.
Ella se humedeció los labios y acarició el terciopelo de los reposabrazos del sillón.
Contemplar a Pedro deshacer su cama le recordó la destreza de sus manos al quitarle la falda y las braguitas de satén.
Arrojó la última sábana al suelo. Con movimientos tan calculados como los de él, Paula se soltó el pelo y dejó que le cayera sobre los hombros. Los ojos de Pedro se oscurecieron por el deseo.
—Todo el día he deseado soltarte el pelo —señaló el colchón sin sábanas—. Ahora que las he quitado por ti, no me digas que he de hacerla yo solo. Es mucho más divertido juntos.
Ella se levantó y fue hacia la cama.
—Ni se me pasaría por la cabeza pedirte que la hicieras solo.
Tocó la sábana para alisar la seda con la palma de la mano.
—Puede que tenga que estirarla un poco, pero encajará —dijo él—. Siéntela ahora, Paula. Suave, elástica pero compacta. Adelante. Quiero observarte el rostro mientras la tocas.
Cerrar los ojos intensificó la sensación mientras tocaba el tejido... pero no tanto como latextura de la piel de Pedro, aunque también exquisita. Entreabrió los labios para suspirar con placer. La respiración de Pedro se tornó entrecortada del otro lado de la cama.
Abrió los ojos y pasó la mano por la cama una última vez, a punto de tocarle casi el muslo.
—Me encanta la sensación —y cómo la hacia sentir él, una criatura salvaje y hedonista.
—Sabía que te gustaría. Eres una mujer muy sensual, Paula —la acarició con la voz y ojos. Extrajo la otra sábana y disfrutó del contacto.
—Ahora la de arriba.
—Se extiende mucho más fácilmente. Tienes unas almohadas muy agradables. Rellenas y plenas, pero suaves. Como me gustan. La respiración de Paula se agitó. Se imagino contra la puerta, con él dentro de su cuerpo. Aferrándola por las nalgas. Al terminar de ponerles la funda, las apoyó contra el cabecero y colocó encima el edredón.
—Creo que ya está preparada.
Paula estaba más que preparada. Se sentía encendida, que no le habría sorprendido que las sábanas se encendieran nada más entrar en contacto con su cuerpo.
-Te agradezco la ayuda —se apoyó en la cama y se inclinó hacia delante, mostrándole adrede los pechos—. ¿Cómo puedo darte las gracias por un regalo tan inteligente?
Pedro apoyó una rodilla sobre el borde del colchón y se inclinó para quedar a medio camino de ella. Introdujo los dedos en su pelo y la acercó para besarla.
—Piensa en mí cuando esta noche estés en desnuda en la cama —le introdujo la lengua entre los labios para explorarle la boca. Y de repente la soltó—. Porque no me cabe ninguna duda de que yo pensaré en ti.
Cuando Paula recuperó los sentidos, Pedro había cerrado la puerta al marcharse.

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