sábado, 29 de noviembre de 2014

Capitulo 11 -Entre Dos Amores-

Sin duda en algún momento de sus treinta y dos años, había tenido que enfrentarse a algo más difícil que alejarse de Paula. Sin embargo, no se le ocurrió nada. Resultaba casi imposible pensar más allá del dulce sabor de ella y de su erección. Había necesitado todo su autocontrol y autodisciplina para recordar el voto de seducirla sin saltar sobre ella. Y menos cuando parecía más que dispuesta a que lo hiciera. Pero estaba dispuesto a demostrarle su valía a Paula y a prescindir de una noche por un futuro juntos.
Aminoró la velocidad de la furgoneta, pero en el último momento pasó de largo por el camino que conducía a su casa. El vacío y la soledad que lo aguardaban allí no lo atraían. Un kilómetro más adelante, el camino cruzaba con la extensión recién inaugurada de autopista. Las luces captaron un buzón oxidado al que le faltaba la tapa. Frenó y se metió en la propiedad de los Chaves. Incluso desde ahí, pudo ver el resplandor de la televisión. Gonzalo estaba despierto. No había mejor momento para poner a su amigo al tanto de lo que ocurría. Esperaba que estuviera lo bastante sobrio como para entenderlo.
Paula leyó la misma página por cuarta vez, todavía sin saber lo que ponía. Relegó el libro a la mesilla de noche y apagó la lámpara. Desconocía la ocasión en la que no había sido capaz de perderse entre las páginas de un buen libro. Hasta ese momento.
La caricia de las sábanas sobre su desnudez solo acrecentó su agitación. Volvió a mirar el despertador. Eran casi las once. A ese ritmo, no conseguiría dormir.
La presencia de Pedro permanecía en la habitación, en la cama. Cada roce de la sábana se convertía en su mano hábil. Se dio la vuelta. Era demasiado tarde para llamarlo. Pero debería volver a darle las gracias. Y quizá quisiera ofrecerle una explicación de por qué se había marchado.
Alargó la mano hacia el teléfono, luego vaciló. Parecía indecente llamarlo desnuda. Perversamente pícaro. Se humedeció unos labios Súbitamente secos, con el corazón desbocado. Era un teléfono... no una cámara de vídeo. Él jamás lo sabría.
Respiró hondo, encendió la luz, alzó el auricular y llamó a información. Una voz grabada le transmitió su número. Acomodó la almohada contra el cabecero, se cubrió con la sábana y marcó.
Ring. Un agradecimiento veloz.
Ring. Darle la oportunidad de explicarse.
Ring. Debería colgar..
—¿Hola? —respondió en voz baja, un poco perezosa, como si acabara de regresar de la frontera del sueño—. ¿Hola?
Podría colgar y él no se enteraría. Agarró el auricular con fuerza, cerró los ojos y se lanzó.
-Pedro. Soy Paula —ya no había marcha atrás—. ¿Es un mal momento? Yo... sé que es tarde. ¿Seguías despierto? Puedo cortar —parecía beep. Tendría que haber escrito lo que quería en vez de divagar.
—Sí. No. Quiero decir, está bien —sonaba agitado—. ¿Va todo bien?
—Todo está bien. Solo quería darte las gracias por las sábanas. Son preciosas.
—Tú eres una mujer preciosa, Pau. Mereces cosas bonitas.
Era lo más emotivo que le había dicho jamás. Nunca la habían llamado «preciosa» y nadie había opinado nunca que pudiera merecer más que las comodidades básicas de la vida. Se le humedecieron los ojos y la emoción le atenazó la garganta.
—Oh, Pepe...
—Cariño, ¿estás llorando?
No —su ternura la conmovía.
—Oh, cariño, no era mi intención hacerte llorar —musitó.
Puesto que ya había quedado como una tonta, bien podía sacar el tema que la había acosado durante años.
—Pedro, ¿recuerdas cuando me besaste detrás de las gradas durante el partido de fútbol del instituto?
—Como si fuera ayer —respondió con absoluta sinceridad.
—¿Por qué lo hiciste? —había esperado trece años para formular esa pregunta.
—Porque lo deseaba —manifestó sin titubear.
Necesitaba una respuesta más clara. Hizo acopio de valor y continuó:
—Pero, ¿por qué lo deseabas? ¿Fue una apuesta? ¿Creíste que iba a resultar fácil?
—Eras la última chica en mi lista de mujeres fáciles y le habría pateado el trasero a cualquiera que hubiera hecho una apuesta contigo. Ya me había fijado en ti —suspiró—. Te vi al marcharte. Solo pretendía consolarte. Pero eras tan bonita, y cuando te toqué...
Ella aún recordaba el temblor de percepción, el primer brote de su sexualidad, cuando las manos de Pedro se posaron en sus hombros.
—... fue como si... —vaciló—... como si hubiera encontrado una parte de mí en ti.
—Pero nunca más me dijiste nada.
—Huiste como perseguida por todos los diablos del infierno.
—Me asustaste —conectaba con una parte de sí misma que no sabía si quería conocer. Con la parte salvaje que siempre había podido controlar.
—Eso quedó muy claro. Y desde entonces Aliste clara sobre lo que yo te inspiraba.
—¿Pedro?
—¿Pau?
No te odio —no podía disculparse por haberlo dicho, ya que en su momento lo sentía y él se lo había merecido. No podía ofrecerte más, porque la verdad era que no sabía lo que sentía por él.
—Es bueno saberlo —aceptó con ironía—. Esta noche no quería marcharme, Pau. He pensado en ti toda la noche. No puedo dormir por pensar en ti. ¿Has pensado tú en mí?
Se acurrucó contra la almohada.
—Sí.
—No estás en la cocina bebiendo un té, ¿verdad?
Trazó un círculo sobre la sábana con la uña y sonrió.
—No. No estoy en la cocina.
—Tampoco estás en el sofá con ese gato gordo, ¿cierto?
A pesar del tono jocoso, Paula sabía el camino que estaban tomando. El corazón se le aceleró.
Se llama Hortense —rio—. Y no, tampoco estoy en el sofá.
—¿Estás en la cama? —el tono alegre se vio sustituido por uno ronco.
—Sí —susurró.
—Oh, cariño —contuvo el aliento—. ¿Quieres charlar un rato?
Ambos sabían adonde los llevaría esa «charla». Sabía lo que Pedro pedía. Se preguntó si tendría el coraje.
—Creo que me gustaría.
—¿Por qué no me cuentas qué llevas puesto?
—Nada. No llevo nada —lo oyó gemir—. No te he hecho dormir, ¿verdad? —no supo si la voz ronca le pertenecía a ella.
—Todavía no. Creo que puedo lograr quedarme despierto unos minutos más. Imaginó la sonrisa sexy de él.
—¿Y qué me dices de ti, Pedro? ¿Estás en la cama? ¿Estás desnudo?
—Sí.
Una oleada de lujuria rompió sobre ella.
—Tienes una ventaja injusta. Tú has visto mi cama. Describe la tuya.
—Solitaria.
Contuvo el aliento.
—Métete en la cama conmigo. Estoy levantando la sábana. ¿Quieres introducirte entre ellas? —las palabras salieron sin pensárselo. Su cama llevaba mucho tiempo solitaria.
—Ah, es tan agradable estar a tu lado, Pau.
—Me alegro de que te encuentres aquí — imaginó el roce de su velo, el ancho de sus hombros al bloquear la luz—. ¿Estás... excitado?
—Excitado es una palabra que no describe lo que siento. Prueba con anhelante. Palpitante. ¿Y tú, Paula? ¿Estás excitada?
—Sí.
—¿Te palpitan los pechos?
Emocional y físicamente, Pedro la hacía sentir cosas que nunca antes había experimentado. De forma instintiva, ella también parecía saber lo que él anhelaba.
—Sí. Echan de menos tus caricias.
—¿Palpitas entre las piernas? Sentía todo el cuerpo en llamas.
—Sí, por ti.
—Quiero ver tus hermosos pechos. ¿Me los quieres mostrar? Baja la sábana. Eso es, despacio. Deja que se deslice sobre tus pezones sensibilizados.
La seda pasó sobre los pezones duros. La respiración se le aceleró.
—Ohhh —lo imaginó a su lado.
—Ahora quiero que te toques los pechos. Tendrás que hacer eso por mí.
Los pezones se convirtieron en dos puntos compactos y sólidos. Se llenó las manos con sus pechos, con el teléfono al hombro.
—Los siento pesados —cerró los ojos y fueron las manos de Pedro las que los sostuvieron.
—Sí. Maduros —murmuró él—. Llévate los dedos a la boca y humedécetelos.
Paula sostuvo el auricular cerca de la boca mientras se chupaba los dedos, con la esperanza de que la línea transmitiera los leves sonidos.
Pedro gimió.
—Ahora frótate los pezones con los dedos pulgar e índice —ordenó con voz áspera. Excitada.
Siguió las instrucciones y arqueó el cuerpo.
—Ohhh.
—Eso es, cariño. Más fuerte.
Se sintió dominada por un estado febril. Las sensaciones la sacudieron. Soltó un pezón. Sabía que él estaba excitado. Añoró tocarlo.
—Quiero tenerte en mi mano. Acariciarte. ¿Lo harás por mí?
—No creo que sea una buena idea, cariño —la tensión le endureció la voz—. Me gustaría seguir contigo hasta el final.
—Pero, ¿sigues duro? —lo provocó.
—Sí —se atragantó—. Pau, me encanta la sensación de tu piel, cómo hueles. Frótate la mano sobre el vientre por mí.
Ella se pasó la mano por el vientre y los músculos se contrajeron al contacto. Se vio a sí misma, su cuerpo y su sensualidad, a través de los ojos de él. Gimió por teléfono.
-Cariño, eres mejor que cualquier fantasía que jamás haya tenido. Pásate las manos por los muslos. Me encantan tus muslos. Suaves. Redondos.
Paula se pasó las palmas de las manos por los muslos; tenía la piel extremadamente sensible al más ligero toque. El placer de él y el suyo propio se fundieron en uno a pesar de la distancia.
—Tienes las manos sobre los muslos, ¿verdad?
—Sí —los músculos se tensaron bajo las yemas de sus dedos.
-Dobla las rodillas y abre las piernas para mí.
Paula abrió las piernas. Quedó expuesta. Vulnerable. Poderosa.
-Ya está. Para ti.
—Eres tan hermosa. Puedo verte desnuda en las sábanas de satén, con las piernas abiertos. ¿Estás mojada?
Los rizos que le rozaban el dorso de los dedos se hallaban empapados.
—Sí.
—Ahora voy a tocarte. ¿Quieres que te toque?
El deseo le atenazó las entrañas.
—Sí —coronó su montículo húmedo. En un estado de casi delirio, podía imaginar que era Pedro.
—Adelante. Tócate. Eso es. Cariño, no podré aguantar mucho más. Cuando llegues, quiero oírte pronunciar mi nombre.
La voz de Pedro se desvaneció y se fundió con el estímulo que la abrumaba. Entonó su nombre en una letanía orgásmica mientras se lanzaba hacia un punto que estaba más allá del simple placer.
—Oh, Pau, eso ha sido increíble. Tú eres increíble.
Se cubrió el cuerpo laxo con la sábana. La fría realidad comenzó a imponerse a la cegadora pasión.
—Gracias —no podía terminar de creer que acabara de hacer lo que había hecho.
—Me alegro de que llamaras, Pau.
—Quizá podamos repetirlo pronto —santo cielo, su boca y su cerebro se habían desconectado... posiblemente el sexo les había provocado un cortocircuito.
—Cuando quieras. No pierdas mi número. Era mejor colgar antes de decir una estupidez suprema de la que no pudiera retractarse.
—Buenas noches, Pedro.
—Buenas noches, Pau. Dulces sueños.
Colgó y enterró la cara en la almohada. La moderación, que había marcado sus decisiones, su vida y sus emociones, volaba cuando estaba con Pepe. Debía ponerle fin a esa locura.
De no haber tenido bien claro que Paula y él habían compartido una experiencia extraordinaria a través del teléfono la noche anterior, podría haber pensado que había sido una fantasía. Toda la mañana, ella lo había evitado con educación. Pero tarde o temprano tendría que hablar con él.
Paula, de espaldas a Pepe, hablaba con su asistente. Si no lo veía llegar, no podría huir.
Se acercó en silencio.
—¿Cristo's? Vaya. Es un lugar muy elegante —la secretaria estaba impresionada.
Era imposible que Paula creyera que iba a mantener esa cita. No después de lo sucedido la noche anterior.
—He de marcharme temprano. ¿Puedes cerrar por mí?
—Disculpe, señorita Chaves. ¿Podría verla en su despacho? Parece que tenemos un problema —sin darle la oportunidad de parpadear, la tomó del brazo y se la llevó.
Paula lo observó como si hubiera perdido la cabeza. Habló por encima del hombro.
—Vuelvo en un minuto, Cindy. 
Pedro cerró la puerta del despacho. Con el pecho agitado y los ojos echando chispas, le plantó cara.
—¿Qué diablos crees que estás haciendo? —espetó.
—No, cariño, ¿qué diablos crees tú que estás haciendo? Por encima de mi cadáver vas a salir con Federico —sabía que estaba comportándose como un imbécil.
—Entonces, prepárate a morir, señor Macho, porque voy a ir —se subió las gafas—. Aunque no es asunto tuyo.
—¿Que no es asunto mío? —¿es que creía que se iba a hacer a un lado como un eunuco mientras ella salía con Federico—. Creo que sí lo es desde la primera vez que me corrí dentro de ti.
—Eso no cuenta —desafió—. Fue un caso de identidad confundida.
La respuesta lo enfureció más. Avanzó un paso y la arrinconó contra el escritorio de madera. Necesitaba volver a tomar contacto con la realidad y él era el hombre que se lo proporcionaría.
—Pero anoche sí sabías quién era yo, ¿verdad, cariño? No hubo ninguna confusión de que no fuera yo cuando te retorcías y gemías en las sábanas que te regalé, ¿verdad?
El pecho de Paula subió y bajó. Se humedeció los labios. Incluso en plena indignación, las entrañas se le contraían.
—Fue un error. Jamás debí haberte llamado. La próxima vez enviaré una nota.
¿Por eso lo habría tratado con indiferencia esa mañana? Había tenido una de las experiencias sexuales más poderosas que jamás había tenido y ella la consideraba un error. Estaba harto de que Paula redujera todo lo concerniente a ellos al rango de error.
—Si tus notas son tan interesantes como tus llamadas, las esperaré encantado —frustrado con ella, cruzó los brazos y se apoyó en la puerta—. Pero no vas a salir con Federico.
Ella plantó las manos en las caderas.
—No acepto órdenes ni ultimátums.
—De modo que es horrible si yo salgo con tu hermana, pero tengo que aceptar con docilidad que Federico te agasaje.
—¿Se te ha ocurrido pensar en algún momento, beep lleno de testosterona, que voy a romper con él? —entrecerró los ojos—. Y no sabía que estuvieras tan ansioso por salir con mi hermana.
—Maldita sea, no lo estoy. Simplemente no entiendo que sea diferente.
—Deja que te lo deletree. S-E-X-O. Salir con Delfina significa acostarse con Delfina. Ir a cenar con Federico, significa cenar.
—¿Sí? Yo no creo que Federico espere únicamente una cena —estaba tan alterado que no había prestado atención a su comentario anterior—. ¿Quieres romper con él?
—Es lo que he dicho. Te lo dije el viernes por la noche, después... después de descubrir que había cometido un error.
Oh —Federico no iba a aceptar un no por respuesta. Sería tan fácil contárselo en ese momento. «Quiere la tierra de tu padre. Te está utilizando». Pero quería que la elección de Paula fuera independiente de las tierras. Aparte de que saberlo la haría sufrir.
—¿Oh? ¿Te comportas como un lunático y lo único que se te ocurre es decir oh?
—Tienes razón —se apartó de la puerta y se obligó a decir unas palabras que no le resultaban fáciles—. Lo siento, Pau. Perdí la cabeza ante la idea de que pudiera tocarte —le acarició la mejilla aterciopelada.
—Disculpas aceptadas —tragó saliva.
—Quiero que le hables a Federico de nosotros.
—Prometiste que no... —el pánico la hizo palidecer.
—Prometí que no diría nada y no lo haré — bajó las manos— Se lo contarás tú, cariño. Cruzó los brazos y apartó la vista de él.
—¿No es suficiente con que no vuelva a verlo?
—No. Háblale de nosotros.
Lo miró otra vez con ojos llenos de pesar.
—No hay un nosotros, Pedro.
—Oh, comprendo. Yo soy el secreto sexual que guardas bajo la cama y que sacas cuando por la noche necesitas un poco de sexo telefónico.
—Pedro, no es así...
-¿No? Entonces, explícame cómo es. Haz que lo entienda —quería entender. Desesperadamente.
—No sé lo que siento. Todo resulta tan confuso en mi cabeza. Me presionas mucho.
Si dejaba de negar esa parte de sí misma que había, reprimido durante tanto tiempo, tal vez dejara de negar lo que sentía. «Cortéjala. Sedúcela».
—Cena conmigo mañana.
—¿Una cita?
Parecía tan sorprendida como si la hubiera invitado a bailar desnuda sobre la mesa.
-Una cita. Ya sabes, eso de que paso a recogerte. Vamos a un restaurante. Hablamos del tiempo, de libros, de películas, de mi trabajo, del tuyo. Te llevo de vuelta a casa. Una cita.
—La gente comentaría.
Sí, es probable —no era un hombre de medias tintas. Si creía en algo, iba por ello. Era hora de poner las cartas boca arriba—. Te amo, Pau.
El pánico aleteó en los ojos grises.
—No confundas la lujuria con amor. Él sonrió, más divertido que ofendido.
—Tengo una noticia sorprendente para ti, cariño. No era virgen cuando me acosté contigo —Paula se ruborizó—. Lo sé todo sobre el deseo carnal, y es verdad que me excitas, igual que yo a ti. Eso es lujuria física y es una fuerza poderosa entre nosotros. Pero es mi alma la que te anhela —alargó la mano hacia el pomo de la puerta que tenía a su espalda. Debía dejarla tomar su propia decisión—. Danos una oportunidad, Pau. Algunas personas se pasan buscando toda la vida lo que nosotros ya tenemos.
Las lágrimas se asomaron a esos preciosos ojos grises, pero no le ofreció nada a cambio.

----------------------------
Continuaraaaaaaa!!!! 
Aca les dejo dos capss! Comenten pórfasss! La proxima que suba, subo los 3 ultimos caps!!! 

Capitulo 10 -Entre Dos Amores-

—Tranquilo. La furgoneta ya está en muy mal estado —comentó Dave al apoyarse en el capó y ver cómo Pedro metía una pieza defectuosa en la parte de atrás.
Este no se hallaba de humor para ser compañía grata para nadie. Al menos Fede ya se había marchado a trabajar en su discurso o lo que hiciera detrás de su escritorio respetable, en el banco respetable de su respetable familia.
—¿No tienes nada mejor que hacer con tu día libre? —Pedro comprobó el resto de suministros. No estaba mal... en todo el cargamento solo se habían presentado unos pocos problemas.
—Quería comprobar qué había provocado el cambio de última hora. Recuerda que era mi proyecto —Dave sacó un donut de una bolsa de papel—. ¿Quieres? Y no me cuentes que lo hiciste para estar cerca de tu familia, porque fino me lo tragaré.
Sacó un donut de la bolsa y no se molestó en responder. ¿En qué diablos pensaba Paula para irse a cenar con Fede?
—Podría ser... —Dave miró más allá del hombro de Pedro con una sonrisa seductora en rostro—. Vaya, si es mi bibliotecaria preferida. Voy a fingir que es mi increíble encanto el te ha atraído aquí afuera y no el olor a donuts recién hechos.
Paula le sonrió como si acabara de descubrir un amigo perdido. Pedro pensó que a él jamás lo miraba de esa manera. No, lo miraba como si acabara de ver al hombre del saco.
—Cuando me enteré de que no ibas a estar en el proyecto, esperé que al menos pasaras a visitarnos —alargó la mano hacia la bolsa—. Con donuts, desde luego.
Pedro sintió un nudo en la garganta.
—Dave está prometido —soltó sin rodeos. Se acomodó las gafas en el puente de la nariz y lo atravesó con una mirada reprobadora.
—Cynthia. He visto su foto. Es preciosa.
—Solo quería cerciorarme de que lo sabías -recogió los planos—. Y ahora algunos tenemos que trabajar.
Dave rio y le dijo mientras desaparecía por esquina.
—Te buscaré antes de marcharme.
Pedro contuvo otra respuesta hosca. No había nada mejor que una intensa actividad física para devolverle la perspectiva a las cosas. Por desgracia, esta solo sirvió para recordarle sábanas arrugadas y a Paula bajo su cuerpo. Y encima. Y al lado. Cálida y desnuda, el cabello suelto, enmarañado sobre los hombros, las perlas en torno a...
—Te vas a lesionar —indicó Dave a su espalda.
Pedro se irguió y dejó que la cuadrilla terminara.
—¿Ya has concluido?
Dave sonrió, impasible por la brusquedad de Pedro.
—Te ha dado fuerte, ¿eh?
—Ve a dar un paseo, Klegman.
—Si no lo hubiera visto con mis propios ojos, no lo habría creído. Pedro Alfonso ha sucumbido —no paró de reír entre dientes de camino a la furgoneta de Pedro—. Pensé que Paula podía tener algo que ver con el súbito cambio de planes. Un cambio radical con respecto a las mujeres con las que sueles salir.
—Odio destrozarte la teoría, pero Paula siente aversión por mí.
—Yo diría que siente algo por ti, pero no lo llamaría aversión. No viste cómo miraba tu trasero.
Pedro cruzó los brazos, más irritado aún por la noticia. ¿Le miraba el trasero, pero seguía ¿aceptando cenas con Federico?
—Sí, bueno, no soy un pedazo de carne, ¿lo sabías?
Dave echó la cabeza atrás y soltó una carcajada.
—Dios mío, suenas como una mujer.
Paula lo estaba volviendo loco. Se quitó el casco y sonrió con timidez.
—Sí, supongo que sí.
—¿Has intentado seducirla? Por la expresión de atontado que has puesto, veo que no se te ha ocurrido, Romeo.
—¿Quién eres, el Doctor Amor?
—¿He de recordarte quién está felizmente prometido a la mujer de sus sueños y quién es el Lobo Solitario con una mala actitud?
Debía reconocer que, a pesar de ser un bocazas, Dave tenía razón.
—Te presto toda mi atención.
—¿Cuál es el problema?
—Sale con mi hermano.
—Bien, ha sufrido un pequeño desliz en su sensatez. Muéstrale el camino. Hablamos de una mujer sensata.
Miró hacia los árboles que se alineaban en el aparcamiento.
—Tiene demasiada clase para mí. Siempre ha tenido.
—Ahí es donde te equivocas. Yo diría que es justo lo que necesitas. Y no te menosprecies. Tú tienes algo que ella necesita... y no necesariamente lo que piensas. Hay fuego bajo su fachada ecuánime y creo que eres el hombre para avivar las llamas.
Una furgoneta de reparto de flores se detuvo en el aparcamiento. Un joven bajó del vehículo, saco un jarrón lleno de rosas y pequeñas flores blancas.
—Alguien va a recibir rosas. ¿Por qué diablos Dave se sentía obligado a explicar lo obvio?
—Eso parece.
—Una docena de rosas —comentó Dave—. No deja de ser un tópico. Tienes que pensar en algo original. Algo que le hable directamente a ella —enarcó las cejas—. ¿Crees que podrás?
Paula estaba sentada en un taburete en la cocina, aliviada de estar en casa. A través de la ventana veía las rosas rojas en la mesa del patio. Era una pena que fuera alérgica a ellas. Juraría que se lo había mencionado a Federico. Al parecer, no le había prestado mucha atención.
Cena en Cristo's. Una docena de rosas de tallo largo. Tres días atrás, que ya parecían una vida entera, habría flotado en una nube. Pero en ese momento tenía que luchar contra un ataque de pánico. Debía de ser por el sentimiento de culpabilidad. Disponía de veinticuatro horas para pensar en un modo cortés, contundente y diplomático de dejar a Federico.
Era más fácil decirlo que hacerlo. Bebió el té ya tibio y acercó el bloc de notas y el bolígrafo.
No creo que estemos hechos el uno para el otro.
No. Jamás convencería a Fede de que no era adecuado para ella. Descartado.
Salgo con otro.
El mismo inconveniente, aparte de que en una ciudad tan pequeña, tendría que orquestar una aventura pública o a los pocos días sabría que no salía con nadie. Y no estaba en su naturaleza airear su vida.
Seamos amigos.
Eso probablemente le daría más determinación que nunca. Mordisqueó el extremo del bolígrafo.
He hecho un voto de castidad.
No.
Soy frígida.
Mejor evitar ese camino.
Eres demasiado bueno para mí.
Bingo. No haría falta mucho esfuerzo para venderle esa idea a Fede. La subrayó y marcó con un círculo.
Sonó el timbre. No podía ser Beth, ya que su amiga entraría por la puerta de atrás. Y si no era Beth, no quería hablar con nadie más. Podía fingir que no estaba en casa, pero el coche la delataría. Quizá si no le hiciera caso, quienquiera que fuera se marcharía.
Volvió a sonar, destrozando esa teoría. Se levantó del taburete, fue a la puerta y la abrió. Pedro.
Bastaba con que estuviera allí de pie para que el cuerpo le respondiera. Necesitaba ayuda.
Le bloqueó la puerta, con aliento contenido y rodillas flojas. La lógica y la razón,superadas por la lujuria y la lascivia, volaban por la ventana cuando él estaba cerca.
—Tengo algo para ti.
Por primera vez, vio que sostenía un paquete bien envuelto y de aspecto caro. Sin que él lo notara, se pellizcó la parte de atrás del muslo. Le dolió. Estaba despierta y era real.
—Vamos, Pau, déjame pasar. No hay nada que temer.
Los pezones le hormiguearon y captaron la atención de Pepe a través de la blusa de seda. Él contuvo el aliento.
Paula experimentó una oleada de poder. Decidida a probar sus artimañas femeninas, se pasó la lengua por el labio superior. Las manos que sostenían el paquete temblaron. Excitarlo empezaba a excitarla. Era embriagador, estimulante. Algo salvaje y atrevido salió a la superficie.
Se hizo a un lado.
—Pasa —no sabía dónde estaba su sentido común cuando lo necesitaba.
—¿Dónde lo quieres?
Unos músculos interiores se contrajeron en el cuerpo de Paula.
—¿Dónde te gustaría dármelo?
—Tú eliges.
Lo condujo a la sala de estar. Cada nervio de su cuerpo parecía sintonizado con él. Al pasar por el umbral, el brazo de Pedro le rozó la espalda. Incluso ese mínimo contacto le produjo un escalofrío e incrementó la bola de calor que tenía en el estómago.
Se sentó en el sofá. En vez de seguirla, Pedro se situó detrás. Lo miró por encima del hombro.
-No muerdo.
La miró y el calor de su mirada la abrasó. Con movimiento lento, se inclinó hasta que sus alientos se mezclaron.
—No puedo garantizarte que yo no lo haga.
Depositó el paquete en el regazo de ella. Era más pesado que lo que había imaginado. Con el dorso de los dedos le rozó los muslos y la agitó de una manera tan intensa que tembló.
Adelante. Ábrelo.
Pasó el dedo por debajo del envoltorio. Prefería tomarse su tiempo y saborear la expectación. De Pedro emanaba tensión. Contuvo una leve sonrisa. Se preguntó si estaría tan nervioso como ella. ¿Qué podía regalarle un hombre tan impredecible y sensual como Pedro a una mujer como ella?
Dobló un extremo del papel, luego el otro. Un juego de sábanas. No de algodón o de percal. Ni de franela. De seda. De color albaricoque. Sensuales, lujosas, decadentes.
—Me encantan —musitó.
—Espero que el color te guste. Es uno de mis favoritos —los labios le rozaron el lóbulo de la oreja.
Según Pedro, sus pezones tenían el mismo color. Giró la cabeza para mirarlo. Su abrumadora masculinidad le producía anhelos irreprimibles.
—Son preciosas —jadeó. La acarició con la mirada.
—Sí lo son.
Ella se refería a las sábanas. Él a sus pechos. Tragó saliva.
—No tenías por qué hacerlo, pero gracias.
—Te debía un juego de sábanas —alargó la mano hacia el regazo de ella y con el dedo pulgar le rozó un pezón enhiesto. Recogió una funda de almohada—. Siéntela —le pasó la tela por el cuello.
Paula cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá. Se entregó a la sensación.
—Mmm —gimió en apreciación. Él soltó la funda adrede y la dejó deslizarse por sus pechos, para quedar sobre sus muslos.
—Miré muchas sábanas. Toqué muchas. Pero estas me parecieron ideales para ti.
No había pedido por teléfono flores a las que era alérgica. Había pensado en ese regalo y se había tomado tiempo para ir a comprarlo.
Con cuerpo tembloroso, se levantó y fue a puerta, pero se detuvo para mirar por encima del hombro.
—¿Me ayudas a ponerlas? —acalló la voz de razón que quería vetar esa invitación.
—Estoy aquí para hacer lo que quieras —la siguió al dormitorio.
—¿Toda esa arrogancia a mis órdenes?
El crepúsculo había sumido la habitación en sombras. Encendió la lámpara de la mesilla, cuya luz se proyectó sobre el edredón.
—Creo que has malinterpretado mi naturaleza gentil y humilde.
Ella rodeó la cama, riendo.
—Y yo creo que dejaste eso con los pañales.
—Permite que te lo demuestre. Estoy bajo tu control.
—De acuerdo. Adelante y saca... —hizo una pausa perversa—... las sábanas de la cama. Él sonrió y mostró sus dientes blancos.
—Será un placer. Seré muy bueno. ¿Por qué no te sientas y miras?
—Cuando estés listo —se sentó en el sillón que había en un rincón de la habitación. Pedro depositó el edredón en el pie de la cama y luego pasó a las sábanas. ¿Quién en su juicio encontraría sexy a un hombre haciendo una cama? Otra cosa que demostraba que no estaba en su sano juicio, se llevó una sábana a la cara e inhaló profundamente.
—Huele a ti,
—Oh —no fue capaz de decir nada más.
—Reconocería tu olor en cualquier parte, Pau. Adoro tu fragancia —se pasó la tela por la mejilla y luego la dejó caer a sus pies.
Ella se humedeció los labios y acarició el terciopelo de los reposabrazos del sillón.
Contemplar a Pedro deshacer su cama le recordó la destreza de sus manos al quitarle la falda y las braguitas de satén.
Arrojó la última sábana al suelo. Con movimientos tan calculados como los de él, Paula se soltó el pelo y dejó que le cayera sobre los hombros. Los ojos de Pedro se oscurecieron por el deseo.
—Todo el día he deseado soltarte el pelo —señaló el colchón sin sábanas—. Ahora que las he quitado por ti, no me digas que he de hacerla yo solo. Es mucho más divertido juntos.
Ella se levantó y fue hacia la cama.
—Ni se me pasaría por la cabeza pedirte que la hicieras solo.
Tocó la sábana para alisar la seda con la palma de la mano.
—Puede que tenga que estirarla un poco, pero encajará —dijo él—. Siéntela ahora, Paula. Suave, elástica pero compacta. Adelante. Quiero observarte el rostro mientras la tocas.
Cerrar los ojos intensificó la sensación mientras tocaba el tejido... pero no tanto como latextura de la piel de Pedro, aunque también exquisita. Entreabrió los labios para suspirar con placer. La respiración de Pedro se tornó entrecortada del otro lado de la cama.
Abrió los ojos y pasó la mano por la cama una última vez, a punto de tocarle casi el muslo.
—Me encanta la sensación —y cómo la hacia sentir él, una criatura salvaje y hedonista.
—Sabía que te gustaría. Eres una mujer muy sensual, Paula —la acarició con la voz y ojos. Extrajo la otra sábana y disfrutó del contacto.
—Ahora la de arriba.
—Se extiende mucho más fácilmente. Tienes unas almohadas muy agradables. Rellenas y plenas, pero suaves. Como me gustan. La respiración de Paula se agitó. Se imagino contra la puerta, con él dentro de su cuerpo. Aferrándola por las nalgas. Al terminar de ponerles la funda, las apoyó contra el cabecero y colocó encima el edredón.
—Creo que ya está preparada.
Paula estaba más que preparada. Se sentía encendida, que no le habría sorprendido que las sábanas se encendieran nada más entrar en contacto con su cuerpo.
-Te agradezco la ayuda —se apoyó en la cama y se inclinó hacia delante, mostrándole adrede los pechos—. ¿Cómo puedo darte las gracias por un regalo tan inteligente?
Pedro apoyó una rodilla sobre el borde del colchón y se inclinó para quedar a medio camino de ella. Introdujo los dedos en su pelo y la acercó para besarla.
—Piensa en mí cuando esta noche estés en desnuda en la cama —le introdujo la lengua entre los labios para explorarle la boca. Y de repente la soltó—. Porque no me cabe ninguna duda de que yo pensaré en ti.
Cuando Paula recuperó los sentidos, Pedro había cerrado la puerta al marcharse.

------------------------------------------- 
Lean el siguiente!