Sin duda en algún momento de sus treinta y dos años, había tenido que enfrentarse a algo más difícil que alejarse de Paula. Sin embargo, no se le ocurrió nada. Resultaba casi imposible pensar más allá del dulce sabor de ella y de su erección. Había necesitado todo su autocontrol y autodisciplina para recordar el voto de seducirla sin saltar sobre ella. Y menos cuando parecía más que dispuesta a que lo hiciera. Pero estaba dispuesto a demostrarle su valía a Paula y a prescindir de una noche por un futuro juntos.
Aminoró la velocidad de la furgoneta, pero en el último momento pasó de largo por el camino que conducía a su casa. El vacío y la soledad que lo aguardaban allí no lo atraían. Un kilómetro más adelante, el camino cruzaba con la extensión recién inaugurada de autopista. Las luces captaron un buzón oxidado al que le faltaba la tapa. Frenó y se metió en la propiedad de los Chaves. Incluso desde ahí, pudo ver el resplandor de la televisión. Gonzalo estaba despierto. No había mejor momento para poner a su amigo al tanto de lo que ocurría. Esperaba que estuviera lo bastante sobrio como para entenderlo.
Paula leyó la misma página por cuarta vez, todavía sin saber lo que ponía. Relegó el libro a la mesilla de noche y apagó la lámpara. Desconocía la ocasión en la que no había sido capaz de perderse entre las páginas de un buen libro. Hasta ese momento.
La caricia de las sábanas sobre su desnudez solo acrecentó su agitación. Volvió a mirar el despertador. Eran casi las once. A ese ritmo, no conseguiría dormir.
La presencia de Pedro permanecía en la habitación, en la cama. Cada roce de la sábana se convertía en su mano hábil. Se dio la vuelta. Era demasiado tarde para llamarlo. Pero debería volver a darle las gracias. Y quizá quisiera ofrecerle una explicación de por qué se había marchado.
Alargó la mano hacia el teléfono, luego vaciló. Parecía indecente llamarlo desnuda. Perversamente pícaro. Se humedeció unos labios Súbitamente secos, con el corazón desbocado. Era un teléfono... no una cámara de vídeo. Él jamás lo sabría.
Respiró hondo, encendió la luz, alzó el auricular y llamó a información. Una voz grabada le transmitió su número. Acomodó la almohada contra el cabecero, se cubrió con la sábana y marcó.
Ring. Un agradecimiento veloz.
Ring. Darle la oportunidad de explicarse.
Ring. Debería colgar..
—¿Hola? —respondió en voz baja, un poco perezosa, como si acabara de regresar de la frontera del sueño—. ¿Hola?
Podría colgar y él no se enteraría. Agarró el auricular con fuerza, cerró los ojos y se lanzó.
-Pedro. Soy Paula —ya no había marcha atrás—. ¿Es un mal momento? Yo... sé que es tarde. ¿Seguías despierto? Puedo cortar —parecía beep. Tendría que haber escrito lo que quería en vez de divagar.
—Sí. No. Quiero decir, está bien —sonaba agitado—. ¿Va todo bien?
—Todo está bien. Solo quería darte las gracias por las sábanas. Son preciosas.
—Tú eres una mujer preciosa, Pau. Mereces cosas bonitas.
Era lo más emotivo que le había dicho jamás. Nunca la habían llamado «preciosa» y nadie había opinado nunca que pudiera merecer más que las comodidades básicas de la vida. Se le humedecieron los ojos y la emoción le atenazó la garganta.
—Oh, Pepe...
—Cariño, ¿estás llorando?
—No —su ternura la conmovía.
—Oh, cariño, no era mi intención hacerte llorar —musitó.
Puesto que ya había quedado como una tonta, bien podía sacar el tema que la había acosado durante años.
—Pedro, ¿recuerdas cuando me besaste detrás de las gradas durante el partido de fútbol del instituto?
—Como si fuera ayer —respondió con absoluta sinceridad.
—¿Por qué lo hiciste? —había esperado trece años para formular esa pregunta.
—Porque lo deseaba —manifestó sin titubear.
Necesitaba una respuesta más clara. Hizo acopio de valor y continuó:
—Pero, ¿por qué lo deseabas? ¿Fue una apuesta? ¿Creíste que iba a resultar fácil?
—Eras la última chica en mi lista de mujeres fáciles y le habría pateado el trasero a cualquiera que hubiera hecho una apuesta contigo. Ya me había fijado en ti —suspiró—. Te vi al marcharte. Solo pretendía consolarte. Pero eras tan bonita, y cuando te toqué...
Ella aún recordaba el temblor de percepción, el primer brote de su sexualidad, cuando las manos de Pedro se posaron en sus hombros.
—... fue como si... —vaciló—... como si hubiera encontrado una parte de mí en ti.
—Pero nunca más me dijiste nada.
—Huiste como perseguida por todos los diablos del infierno.
—Me asustaste —conectaba con una parte de sí misma que no sabía si quería conocer. Con la parte salvaje que siempre había podido controlar.
—Eso quedó muy claro. Y desde entonces Aliste clara sobre lo que yo te inspiraba.
—¿Pedro?
—¿Pau?
—No te odio —no podía disculparse por haberlo dicho, ya que en su momento lo sentía y él se lo había merecido. No podía ofrecerte más, porque la verdad era que no sabía lo que sentía por él.
—Es bueno saberlo —aceptó con ironía—. Esta noche no quería marcharme, Pau. He pensado en ti toda la noche. No puedo dormir por pensar en ti. ¿Has pensado tú en mí?
Se acurrucó contra la almohada.
—Sí.
—No estás en la cocina bebiendo un té, ¿verdad?
Trazó un círculo sobre la sábana con la uña y sonrió.
—No. No estoy en la cocina.
—Tampoco estás en el sofá con ese gato gordo, ¿cierto?
A pesar del tono jocoso, Paula sabía el camino que estaban tomando. El corazón se le aceleró.
—Se llama Hortense —rio—. Y no, tampoco estoy en el sofá.
—¿Estás en la cama? —el tono alegre se vio sustituido por uno ronco.
—Sí —susurró.
—Oh, cariño —contuvo el aliento—. ¿Quieres charlar un rato?
Ambos sabían adonde los llevaría esa «charla». Sabía lo que Pedro pedía. Se preguntó si tendría el coraje.
—Creo que me gustaría.
—¿Por qué no me cuentas qué llevas puesto?
—Nada. No llevo nada —lo oyó gemir—. No te he hecho dormir, ¿verdad? —no supo si la voz ronca le pertenecía a ella.
—Todavía no. Creo que puedo lograr quedarme despierto unos minutos más. Imaginó la sonrisa sexy de él.
—¿Y qué me dices de ti, Pedro? ¿Estás en la cama? ¿Estás desnudo?
—Sí.
Una oleada de lujuria rompió sobre ella.
—Tienes una ventaja injusta. Tú has visto mi cama. Describe la tuya.
—Solitaria.
Contuvo el aliento.
—Métete en la cama conmigo. Estoy levantando la sábana. ¿Quieres introducirte entre ellas? —las palabras salieron sin pensárselo. Su cama llevaba mucho tiempo solitaria.
—Ah, es tan agradable estar a tu lado, Pau.
—Me alegro de que te encuentres aquí — imaginó el roce de su velo, el ancho de sus hombros al bloquear la luz—. ¿Estás... excitado?
—Excitado es una palabra que no describe lo que siento. Prueba con anhelante. Palpitante. ¿Y tú, Paula? ¿Estás excitada?
—Sí.
—¿Te palpitan los pechos?
Emocional y físicamente, Pedro la hacía sentir cosas que nunca antes había experimentado. De forma instintiva, ella también parecía saber lo que él anhelaba.
—Sí. Echan de menos tus caricias.
—¿Palpitas entre las piernas? Sentía todo el cuerpo en llamas.
—Sí, por ti.
—Quiero ver tus hermosos pechos. ¿Me los quieres mostrar? Baja la sábana. Eso es, despacio. Deja que se deslice sobre tus pezones sensibilizados.
La seda pasó sobre los pezones duros. La respiración se le aceleró.
—Ohhh —lo imaginó a su lado.
—Ahora quiero que te toques los pechos. Tendrás que hacer eso por mí.
Los pezones se convirtieron en dos puntos compactos y sólidos. Se llenó las manos con sus pechos, con el teléfono al hombro.
—Los siento pesados —cerró los ojos y fueron las manos de Pedro las que los sostuvieron.
—Sí. Maduros —murmuró él—. Llévate los dedos a la boca y humedécetelos.
Paula sostuvo el auricular cerca de la boca mientras se chupaba los dedos, con la esperanza de que la línea transmitiera los leves sonidos.
Pedro gimió.
—Ahora frótate los pezones con los dedos pulgar e índice —ordenó con voz áspera. Excitada.
Siguió las instrucciones y arqueó el cuerpo.
—Ohhh.
—Eso es, cariño. Más fuerte.
Se sintió dominada por un estado febril. Las sensaciones la sacudieron. Soltó un pezón. Sabía que él estaba excitado. Añoró tocarlo.
—Quiero tenerte en mi mano. Acariciarte. ¿Lo harás por mí?
—No creo que sea una buena idea, cariño —la tensión le endureció la voz—. Me gustaría seguir contigo hasta el final.
—Pero, ¿sigues duro? —lo provocó.
—Sí —se atragantó—. Pau, me encanta la sensación de tu piel, cómo hueles. Frótate la mano sobre el vientre por mí.
Ella se pasó la mano por el vientre y los músculos se contrajeron al contacto. Se vio a sí misma, su cuerpo y su sensualidad, a través de los ojos de él. Gimió por teléfono.
-Cariño, eres mejor que cualquier fantasía que jamás haya tenido. Pásate las manos por los muslos. Me encantan tus muslos. Suaves. Redondos.
Paula se pasó las palmas de las manos por los muslos; tenía la piel extremadamente sensible al más ligero toque. El placer de él y el suyo propio se fundieron en uno a pesar de la distancia.
—Tienes las manos sobre los muslos, ¿verdad?
—Sí —los músculos se tensaron bajo las yemas de sus dedos.
-Dobla las rodillas y abre las piernas para mí.
Paula abrió las piernas. Quedó expuesta. Vulnerable. Poderosa.
-Ya está. Para ti.
—Eres tan hermosa. Puedo verte desnuda en las sábanas de satén, con las piernas abiertos. ¿Estás mojada?
Los rizos que le rozaban el dorso de los dedos se hallaban empapados.
—Sí.
—Ahora voy a tocarte. ¿Quieres que te toque?
El deseo le atenazó las entrañas.
—Sí —coronó su montículo húmedo. En un estado de casi delirio, podía imaginar que era Pedro.
—Adelante. Tócate. Eso es. Cariño, no podré aguantar mucho más. Cuando llegues, quiero oírte pronunciar mi nombre.
La voz de Pedro se desvaneció y se fundió con el estímulo que la abrumaba. Entonó su nombre en una letanía orgásmica mientras se lanzaba hacia un punto que estaba más allá del simple placer.
—Oh, Pau, eso ha sido increíble. Tú eres increíble.
Se cubrió el cuerpo laxo con la sábana. La fría realidad comenzó a imponerse a la cegadora pasión.
—Gracias —no podía terminar de creer que acabara de hacer lo que había hecho.
—Me alegro de que llamaras, Pau.
—Quizá podamos repetirlo pronto —santo cielo, su boca y su cerebro se habían desconectado... posiblemente el sexo les había provocado un cortocircuito.
—Cuando quieras. No pierdas mi número. Era mejor colgar antes de decir una estupidez suprema de la que no pudiera retractarse.
—Buenas noches, Pedro.
—Buenas noches, Pau. Dulces sueños.
Colgó y enterró la cara en la almohada. La moderación, que había marcado sus decisiones, su vida y sus emociones, volaba cuando estaba con Pepe. Debía ponerle fin a esa locura.
De no haber tenido bien claro que Paula y él habían compartido una experiencia extraordinaria a través del teléfono la noche anterior, podría haber pensado que había sido una fantasía. Toda la mañana, ella lo había evitado con educación. Pero tarde o temprano tendría que hablar con él.
Paula, de espaldas a Pepe, hablaba con su asistente. Si no lo veía llegar, no podría huir.
Se acercó en silencio.
—¿Cristo's? Vaya. Es un lugar muy elegante —la secretaria estaba impresionada.
Era imposible que Paula creyera que iba a mantener esa cita. No después de lo sucedido la noche anterior.
—He de marcharme temprano. ¿Puedes cerrar por mí?
—Disculpe, señorita Chaves. ¿Podría verla en su despacho? Parece que tenemos un problema —sin darle la oportunidad de parpadear, la tomó del brazo y se la llevó.
Paula lo observó como si hubiera perdido la cabeza. Habló por encima del hombro.
—Vuelvo en un minuto, Cindy.
Pedro cerró la puerta del despacho. Con el pecho agitado y los ojos echando chispas, le plantó cara.
Pedro cerró la puerta del despacho. Con el pecho agitado y los ojos echando chispas, le plantó cara.
—¿Qué diablos crees que estás haciendo? —espetó.
—No, cariño, ¿qué diablos crees tú que estás haciendo? Por encima de mi cadáver vas a salir con Federico —sabía que estaba comportándose como un imbécil.
—Entonces, prepárate a morir, señor Macho, porque voy a ir —se subió las gafas—. Aunque no es asunto tuyo.
—¿Que no es asunto mío? —¿es que creía que se iba a hacer a un lado como un eunuco mientras ella salía con Federico—. Creo que sí lo es desde la primera vez que me corrí dentro de ti.
—Eso no cuenta —desafió—. Fue un caso de identidad confundida.
La respuesta lo enfureció más. Avanzó un paso y la arrinconó contra el escritorio de madera. Necesitaba volver a tomar contacto con la realidad y él era el hombre que se lo proporcionaría.
—Pero anoche sí sabías quién era yo, ¿verdad, cariño? No hubo ninguna confusión de que no fuera yo cuando te retorcías y gemías en las sábanas que te regalé, ¿verdad?
El pecho de Paula subió y bajó. Se humedeció los labios. Incluso en plena indignación, las entrañas se le contraían.
—Fue un error. Jamás debí haberte llamado. La próxima vez enviaré una nota.
¿Por eso lo habría tratado con indiferencia esa mañana? Había tenido una de las experiencias sexuales más poderosas que jamás había tenido y ella la consideraba un error. Estaba harto de que Paula redujera todo lo concerniente a ellos al rango de error.
—Si tus notas son tan interesantes como tus llamadas, las esperaré encantado —frustrado con ella, cruzó los brazos y se apoyó en la puerta—. Pero no vas a salir con Federico.
Ella plantó las manos en las caderas.
—No acepto órdenes ni ultimátums.
—De modo que es horrible si yo salgo con tu hermana, pero tengo que aceptar con docilidad que Federico te agasaje.
—¿Se te ha ocurrido pensar en algún momento, beep lleno de testosterona, que voy a romper con él? —entrecerró los ojos—. Y no sabía que estuvieras tan ansioso por salir con mi hermana.
—Maldita sea, no lo estoy. Simplemente no entiendo que sea diferente.
—Deja que te lo deletree. S-E-X-O. Salir con Delfina significa acostarse con Delfina. Ir a cenar con Federico, significa cenar.
—¿Sí? Yo no creo que Federico espere únicamente una cena —estaba tan alterado que no había prestado atención a su comentario anterior—. ¿Quieres romper con él?
—Es lo que he dicho. Te lo dije el viernes por la noche, después... después de descubrir que había cometido un error.
—Oh —Federico no iba a aceptar un no por respuesta. Sería tan fácil contárselo en ese momento. «Quiere la tierra de tu padre. Te está utilizando». Pero quería que la elección de Paula fuera independiente de las tierras. Aparte de que saberlo la haría sufrir.
—¿Oh? ¿Te comportas como un lunático y lo único que se te ocurre es decir oh?
—Tienes razón —se apartó de la puerta y se obligó a decir unas palabras que no le resultaban fáciles—. Lo siento, Pau. Perdí la cabeza ante la idea de que pudiera tocarte —le acarició la mejilla aterciopelada.
—Disculpas aceptadas —tragó saliva.
—Quiero que le hables a Federico de nosotros.
—Prometiste que no... —el pánico la hizo palidecer.
—Prometí que no diría nada y no lo haré — bajó las manos— Se lo contarás tú, cariño. Cruzó los brazos y apartó la vista de él.
—¿No es suficiente con que no vuelva a verlo?
—No. Háblale de nosotros.
Lo miró otra vez con ojos llenos de pesar.
—No hay un nosotros, Pedro.
—Oh, comprendo. Yo soy el secreto sexual que guardas bajo la cama y que sacas cuando por la noche necesitas un poco de sexo telefónico.
—Pedro, no es así...
-¿No? Entonces, explícame cómo es. Haz que lo entienda —quería entender. Desesperadamente.
—No sé lo que siento. Todo resulta tan confuso en mi cabeza. Me presionas mucho.
Si dejaba de negar esa parte de sí misma que había, reprimido durante tanto tiempo, tal vez dejara de negar lo que sentía. «Cortéjala. Sedúcela».
—Cena conmigo mañana.
—¿Una cita?
Parecía tan sorprendida como si la hubiera invitado a bailar desnuda sobre la mesa.
-Una cita. Ya sabes, eso de que paso a recogerte. Vamos a un restaurante. Hablamos del tiempo, de libros, de películas, de mi trabajo, del tuyo. Te llevo de vuelta a casa. Una cita.
—La gente comentaría.
—Sí, es probable —no era un hombre de medias tintas. Si creía en algo, iba por ello. Era hora de poner las cartas boca arriba—. Te amo, Pau.
El pánico aleteó en los ojos grises.
—No confundas la lujuria con amor. Él sonrió, más divertido que ofendido.
—Tengo una noticia sorprendente para ti, cariño. No era virgen cuando me acosté contigo —Paula se ruborizó—. Lo sé todo sobre el deseo carnal, y es verdad que me excitas, igual que yo a ti. Eso es lujuria física y es una fuerza poderosa entre nosotros. Pero es mi alma la que te anhela —alargó la mano hacia el pomo de la puerta que tenía a su espalda. Debía dejarla tomar su propia decisión—. Danos una oportunidad, Pau. Algunas personas se pasan buscando toda la vida lo que nosotros ya tenemos.
Las lágrimas se asomaron a esos preciosos ojos grises, pero no le ofreció nada a cambio.
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Continuaraaaaaaa!!!!
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