—Tiene una reunión a última hora de la tarde. Algo que ver con la política a seguir con los depósitos especiales. Quizá llegue un poco tarde a la fiesta.
Beth la empujó hacia el cuarto de baño.
—Y tú también si no te preparamos. ¡Y no olvides depilarte las piernas!
Pedro Alfonso entró en el garaje que había junto a los establos y apagó el motor. Bajó y cerró de un portazo. Ahí estaban los Cadillacs idénticos de sus padres, el último modelo de BMW de su hermano y la vieja furgoneta de él con el logo de Construcciones Alfonso & Klegman, que exhibía más de una abolladura.
Un disfraz de pirata que colgaba en la parte de atrás del coche de Federico captó su atención. ¿Su hermano como pirata? No lo imaginaba. Federico era el tipo que llevaba chinos almidonados y náuticos.
Cruzó el césped cuidado de River Oaks hasta la parte posterior de la mansión. El regreso del hijo pródigo. Sabía exactamente cómo lo consideraba su padre.
Desde temprana edad, había tenido propensión a buscarse problemas. No recordaba bien el momento en que se había dado cuenta de que era diferente del resto de la familia.
Pero la línea había quedado bien trazada por la época en que había descubierto que lo que principalmente le importaba a su familia era el dinero y la posición y ellos que a él le importaba un bledo lo que pensara la gente.
Los Alfonso no iban en motos grandes y negras, no lucían tatuajes, no llevaban pendientes ni se ganaban la vida con algo tan inferior como el trabajo físico. Poco les importaba que hubiera sacado un diploma en ingeniería civil ni que tuviera más dinero en el Colther Community Bank que el que jamás iba a necesitar. Había mancillado su éxito al asociarse a Dave Klegman, un neoyorquino trasladado al sur.
No, Pedro no parecía un caballero del sur. No se comportaba como tal. No juzgaba a la gente por su apellido ni por el dinero que pudiera o no tener. No estaba a la altura de los patrones de los Alfonso.
El ruido familiar que oyó a través de la puerta de la cocina lo hizo sonreír. Thunk-rolllll, thunk-rolllll, thunk-rolllll. Ruth amasando para un pastel. Una variedad de olores llenaba el aire de la tarde, recordándole años juveniles como si se tratara de un álbum de fotos. Pollo y pudin de carne, tarta de zarzamora, pepinillos en salmuera, calabacines... parte de sus mejores recuerdos de niño. Ruth había cocinado y dirigido la casa de River Oaks desde antes de nacer él.
Entró en la cocina. Ruth se detuvo con el gesto de amasar sin terminar y su rostro arrugado se abrió en una sonrisa.
—Bendita sea mi alma, eres una visión de paz para unos ojos cansados. Hace casi dos meses que no te vemos.
—Llevo seis semanas en Mississippi por un trabajo importante. Ya hemos cerrado el trato .
—Bueno, es agradable tenerte en casa — agitó el palo de amasar en su dirección—. ¿Te has limpiado las botas?
—Limpias como un silbato. Y tú sigues tan bonita como una flor —le pasó un brazo por el cuerpo amplio y le dio un beso en la mejilla arrugada. Aunque tenía el pelo blanco como la nieve, los ojos azules mantenían su agudeza. Miró la montaña de comida que había sobre el aparador—. ¿Preparando la gran fiesta de cumpleaños de la abuela Pearl?
—Llevo cocinando tres días —lo miró con severidad—. Vas a venir, ¿verdad?
—¿Desperdiciaría una oportunidad de estar al abrigo del seno familiar? El tío Jack se emborrachará —siempre lograba hacerlo en cada reunión familiar. Le caía bien el viejo reprobó. Ambos compartían el gusto por los problemas—. Y la abuela agitará su bastón y amenazará con desheredar a todos. No me lo perdería por nada del mundo —el estómago le crujió—. ¿Existe alguna posibilidad de que quede algo de pollo y pudin de carne?
—Tendrías que haber aparecido a la hora de la comida como la gente decente, y así habrías podido comer algo —a pesar de los rezongos, le sirvió una porción generosa.
—No querría estropear mi reputación haciendo algo que pudieran hacer las personas decentes —aceptó un cuenco con una sonrisa—. De hecho, estaba comprobando la lista para la nueva ampliación de la biblioteca. El equipo empieza a trabajar el lunes.
—Paula está entusiasmada. Ha trabajado mucho para recaudar el dinero —Ruth y el padre de Paula Chaves afirmaban ser parientes lejanos. Siguió amasando.
—Debe de haberse dejado... las cejas. Se ha encerrado en su biblioteca castillo como si fuera una torré de marfil. ¿Cómo está lady Paula? Hace años que no la veo.
Solo pronunciar su nombre le provocaba un nudo en las entrañas. Trece años atrás, había sabido que era demasiado buena para él. Cuando se apartó y huyó a la carrera como si la hubiera corrompido, había jurado mantenerse alejado de ella. Ese día había hablado con la bibliotecaria adjunta, pero Paula, con sus solemnes ojos grises y aire de no me toques, había estado llamativamente ausente.
Ruth frunció unas cejas delicadas.
—Te iría mucho mejor con alguien como Paula que con esas mujerzuelas de las que estás demasiado avergonzado como para traerlas a casa a presentárselas a tu madre.
No prestó atención al comentario de Ruth mientras comía. Le gustaban las mujeres que iban tan deprisa como su moto. No estaba avergonzado, simplemente jamás había estado lo bastante interesado como para llevarlas a su casa.
—Tus guisos cada vez son más ricos.
—Cambiar de tema no cambia el hecho de que deberías dejar de ir detrás de mujeres promiscuas.
—¿Debería ir detrás de la hermosa Paula? —rio, pero la idea no sonaba tan ridícula como habría imaginado.
—No —se puso a amasar—. Fede se te ha adelantado. Han estado saliendo juntos —soltó con aparente desaprobación.
Sobresaltado, Pedro se detuvo con la cuchara en mitad del aire y el cuerpo tenso.
—Paula y Federico? —él no era un esnob, pero su familia desde luego que sí... era una de las principales diferencias que los separaban—. ¿Saliendo? ¿Desde cuándo?
—Mes y medio, quizá dos meses.
—Más o menos desde que me fui a Mississippi.
—Mmm —cortó la masa con diestra economía de movimientos y recubrió dos moldes, que luego rellenó con manzana y canela—. ¿Te los puedes imaginar?
Pedro depositó el cuenco en la encimera, perdido el apetito. De hecho, el problema era que podía imaginárselos. Al parecer Dulce no había huido cuando el respetable Federico la besó. Trece años y todavía recordaba la dulce inocencia de sus labios, la fugaz llama de pasión.
—No puede ir muy en serio. No llevan tanto tiempo.
Ruth introdujo los pasteles en el horno y se irguió.
—¿Cuánto crees que hace falta? —lo miró con expresión sombría.
No era asunto suyo y no le importaba, a pesar de que la idea de que Fede y Paula estuvieran juntos era como una espina clavada debajo de la uña.
Se apartó de la encimera.
—He venido a ver a mi madre. ¿Sabes dónde está?
—La señora Alfonso fue hacia el río. Últimamente ha dedicado las tardes a pintar. El coronel está en su estudio.
Los dos sabían que había añadido el paradero de su padre no para que pudiera ir a buscarlo, sino como una advertencia. Quizá su madre no lo entendiera, pero lo quería con toda su alma. No se podía decir lo mismo de su padre.
—Gracias, Ruth. Estupendo guiso, como de costumbre —salió por la puerta trasera de la cocina y se dirigió hacia el sendero que rodeaba la terraza y conducía colina abajo al río Cohutta. Sacó un puro fino y se detuvo junto a las ramas gruesas de un roble para encenderlo.
—¿Cuánto tiempo vas a tener que seguir viendo a esa chica Chaves?
La voz de su padre se transmitió con claridad por los ventanales abiertos del estudio. Pedro apagó el mechero y mantuvo el puro sin encender apretado entre los dientes. Aunque no podía ver al coronel, el desdén en la voz pintó con claridad la expresión de enfado que debía de estar mostrando.
—Solo un poco más. Es una princesa de hielo, pero cederá. Si es necesario, le pondré un anillo en el dedo —Fede rio con sorna.
La gente juraba que Federico y él tenían la misma voz. A veces ni su madre era capaz de distinguirlos por teléfono.Pedro esperaba no parecer un asno pomposo. Parecía que su hermano no había conseguido conectar con la pasión que había bajo la superficie de Paula.
—Santo cielo, espero que no llegue a eso. Pero haz lo que tengas que hacer. Hay mucho en juego aquí.
Vaya, vaya, vaya. ¿Federico salía con Paula porque ella podía ayudarlo de alguna manera? Se frotó la barbilla.
—Esta noche, en la fiesta, la invitaré al cumpleaños de la abuela.
¿Qué hilos podía tirar a favor de un poderoso Alfono? Fuera lo que fuere, no presagiaba nada bueno para Paula.
Se apoyó en la corteza áspera del árbol y acalló su instinto de protección. Paula era una adulta. Podía cuidar de sí misma. Él no era el héroe de nadie y quería que siguiera siendo de esa manera. No quería estropear su reputación.
—¿Y qué hay de... —el sonido del teléfono privado de su padre enmascaró el nombre—. ¿Estará allí?
El «sí» de Fede coincidió con otro timbre del aparato.
Su padre contestó, mantuvo una breve conversación y colgó.
—Era Boswell. Tienes que encontrarte con su hombre esta noche.
—Pero, ¿y la fiesta? Ya he comprado un disfraz de pirata.
El disfraz que había visto en el coche.
—Olvídate de la fiesta. Podrás conseguir la información final para la subasta luego. Ver al hombre de Boswell es más importante.
¿Boswell? ¿Había oído ese nombre? Eso se tornaba más interesante por momentos.
—Pero es un trayecto de tres horas en coche. No regresaré hasta las dos de la mañana.
—Cállate, hijo. Estamos tan cerca que ya puedo oler el dinero. Llévate la furgoneta de la granja. Tu coche atrae mucha atención y no queremos eso.
Pedro movió la cabeza disgustado. Federico siempre había sido un adulador, pero, ¿cuándo se había convertido en el títere de su padre?
—Maldita sea. Gasté un montón de dinero en mi disfraz de pirata.
—Cierra la boca con lo del disfraz. Póntelo cuando vuelvas a casa —espetó el coronel—. Tienes que marcharte en una hora. Pasa por aquí antes de irte y tendré el dinero preparado.
En el interior de la casa, se oyó una puerta al abrirse y cerrarse.
Pedro se apartó del roble y regresó al garaje. Vería a su madre al día siguiente en la fiesta de la abuela Pearl. ¿Qué diablos tramaban su padre y su hermano? ¿A quién, aparte de Paula, había planeado ver Federico en la fiesta de esa noche y qué información necesitaba?
Podía marcharse y fingir que nunca había escuchado esa conversación. Una luna llena esperaba, pesada y madura en el cielo mientras el sol se deslizaba hacia el horizonte. Lo dominó una inquietud familiar. Entró en el frescor oscuro del garaje y encendió las luces.
Se fijó en el disfraz. La funda de la espada hizo resplandecer sus engañosas joyas. La peluca oscura tenía el mismo largo que su propio pelo, que le llegaba a los hombros. Era una llamada al lado salvaje que siempre anidaba en su alma. Esbozó una lenta sonrisa al ocurrírsele una idea.
El coche. El disfraz. El club de campo. La compañía. La oportunidad había llamado a su puerta y respondía. Federico y él tenían la misma voz y prácticamente la misma complexión. Su pelo era más oscuro, pero con luz bajá y un disfraz, si lograba descifrar quién era el contacto misterioso, quizá obtuviera respuestas. Y tal vez uno o dos bailes con Paula. Luego, si le soltaba algo de información, nadie podría malinterpretarlo como un interesado gesto de caballerosidad. Sería nivelar el terreno de juego.
¿Por qué no? ¿Qué podría ser más adecuado para un pirata? ¿Y qué podía salir mal en un par de horas de una única noche?
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Continuaraaaaaaaaaaa!!!
Espero que les guste! Comenten porfiii!! Estoy sin internert, porque se me quemo el moden... Asique no se cuando voy a subir, mañana seguro que no.. Pero el martes casi segura que si!
Espero que comenten! Porfiii!
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