Paula se detuvo para echar más almidón sobre un pliegue del vestido que estaba planchando para el baile de disfraces.
—Eso no me preocupa —arguyó—. Estoy encariñada con mi pelo castaño, gracias. ¿Por qué iba a querer cambiarlo por el rojo?
Beth se estiró en la cama con dosel de su amiga.
—Podrías tratar de desterrar ese escudo de puritana. Estarías deslumbrante. Un poco de tinte en el pelo, unas lentillas y a vestirte como si de verdad tuvieras veintinueve años y no sesenta y cinco.
La efusiva Beth no podía entenderlo. Paula no estaba interesada en deslumbrar... aparte de que nunca había considerado que tuviera carácter para ello. Beth era una fuerza de la naturaleza. Paula era una roca. Y le gustaba.
Puso los ojos en blanco y reanudó la discusión eterna.
—Tengo alergia a las lentillas, como tú bien sabes —mentalmente repasó su guardarropa de faldas y blusas conservadoras—. Y me visto como una bibliotecaria de veintinueve años con buen gusto...
—Quizá deberías pedirle prestado algo a Delfi...
—Cuando los cerdos vuelen ---su hermana mayor mantenía una filosofía de moda opuesta: la menor cantidad de ropa para mostrar la mayor cantidad de piel, que en la parte superior de su cuerpo era exuberante. Bajó la vista a su pecho relativamente plano—. ¿Me imaginas con uno de los tops de Delfi? Aunque me atreviera a mostrar tanto, aquí no hay nada. Me sobraría tela para hacerme una falda.
—De acuerdo. Ahí te doy la razón. Pero no tienes el inconveniente de que se te caiga el pecho. Y con respecto a este color...
Había dedicado mucho esfuerzo y cuidados a cultivar un «aire» conservador, de buen gusto.
Siempre experimentaba la sensación de que todo el mundo en la ciudad la miraba... a la espera de que tuviera un desliz, de que hiciera algo inapropiado.
Durante una fracción de segundo, la sombra de la añoranza la tentó. Pero pasó. Movió la cabeza.
—Olvídalo. No pienso parecer una mujer de mal gusto. Esta noche Fede quiere hablar de algo importante —el pensamiento le provocó una sonrisa involuntaria.
—¿De qué? —Beth frunció el ceño con suspicacia.
—No lo sé, pero parecía importante.
—Lleváis saliendo un mes quizá te lo proponga. El sexo siempre es importante para los hombres. A la misma altura que respirar, comer y ver la televisión —suspiró y colocó el tinte para el pelo en la mesita de noche.
—Beth, tienes una mente muy sucia.
—¿Qué tiene de sucio eso? Habéis salido media docena de veces. Te ha besado, ¿verdad?
—Sabes que sí —dos veces, para ser exacta... en ambas ocasiones, el beso había resultado ser un punto final agradable y mecánico para la velada. Al principio había considerado a Fede un amigo, muy atractivo e influyente. Pero, últimamente, la relación había cobrado un giro más íntimo. Aunque todavía no tanto—. Varias veces ha mencionado el cumpleaños de su abuela. Creo que va a invitarme a la fiesta. Parece más probable que sexo —examinó el vestido—. Creo que ya está.
Apagó la plancha y colgó el vestido. El color púrpura oscuro complementaba su piel blanca y cabello oscuro. Al menos esa era la opinión de la vendedora.
—Hmmm —Beth observó el vestido que cubría los tobillos—. Casi tan rígido y recto como Fede. Estoy segura de que él lo aprobará.
Paula se sentó en el borde de la cama y cruzó las piernas a la altura de los tobillos. Hortense saltó y apoyó su inmenso peso en su regazo. Rascó a la gata detrás de las orejas y centró su atención en Beth. Por lo general, su amiga era de una franqueza brutal. Pero llevaba semanas dando rodeos y soltando comentarios sarcásticos.
—Si no te cae bien, ¿por qué no lo dices?
—No me cae bien.
Hortense secundó la opinión con un breve maullido.
—¿Por qué?
—Para empezar, es arrogante —levantó un dedo pecoso—. Es un esnob —levantó un segundo y luego se les unió un tercero—. Y piensa que es todo eso.
—No es justo. Ha representado una gran ayuda para recaudar dinero para la nueva ampliación de la biblioteca. Y es responsable de que el club de campo me haya invitado al baile de disfraces de esta noche. Podré recaudar doscientos dólares más —«aparte de que creo que él podría ser el Hombre que espero». Pero no era el momento de dar esa noticia.
—Eso es —Beth chasqueó los dedos—. Estás atontada porque te ayudó a recaudar dinero. Hasta Freddie Kruger te gustaría si te ayudara en tu biblioteca.
—Haces que parezca la beep del pueblo. Es verdad, agradezco la ayuda de Fede con la biblioteca. ¿Sabes la diferencia que va a suponer esa nueva sección infantil...?
—Claro que sí, porque ya me lo has contado —cortó Beth antes de que pudiera lanzarse a su tema favorito—. Muy bien, ¿qué te parece esto? Ayer cuando pasé por el banco a hacer un ingreso, lo sorprendí admirando su reflejo en la ventana de la oficina —exhibió una mueca de disgusto.
—¿Y? —percibió el tono de voz a la defensiva.
—Se sentía tan satisfecho de sí mismo... Apuesto a que tuvo una erección.
—¿Qué?
—Ya me has oído —desafió.
—Si vas a mostrarte desagradable, no pienso escucharte.
—¿Sales con el tipo ese y crees que su erección es desagradable?
—No. Es desagradable que tú hables de ello. Lo más probable es que estuviera arreglándose la corbata —ella lo había visto mirándose en el espejo una noche que salieron a cenar—. Es muy meticuloso con su aspecto — dejó a Hortense en la cama y recogió de la mesilla la nueva laca para las uñas. Una vida de inseguridades asomó su fea cabeza. —. A veces me pregunto por qué sale conmigo — comenzó a pintarse las uñas.
—¿Estás loca? Eres inteligente, graciosa, atractiva, tienes éxito... Y eres diez veces mejor que él.
Miró a Beth con una ceja enarcada. Era propensa a la exageración y no pudo resistir la tentación de provocarla.
—¿Diez veces? ¿De verdad?
—Dulce, tienes que dejar atrás esa etiqueta de «chica de los barrios bajos» que te has puesto a ti misma.
—Vamos, Beth, mi familia alimenta una buena parte de los cotillees que corren por aquí. Y yo no tuve que ponerme ninguna etiqueta. Nací con lo de Hija del Borracho del Pueblo.
En ocasiones anhelaba el anonimato y la libertad de vivir donde su entorno no la definiera. Pero marcharse sería como conceder la derrota... aceptar su título y esconderse avergonzada. No, hacía tiempo que haba jurado que se quedaría y demostraría que un Chaves podía contribuir con algo más que dinero para pagar una fianza.
—Hablando de tu familia —Beth dobló las piernas al estilo indio—, oí que la noche pasada Gonzalo fue arrestado por ebriedad y desorden público.
—Sí —suspiró resignada—. Mi hermano ha decidido mantener la tradición familiar. Hasta lo encerraron en la vieja celda de mi padre. Hace que una se sienta orgullosa.
—Y tú le pagaste la fianza.
—Claro. Y luego lo llevé a su casa junto a Darlene —su cuñada había prometido no volver a dejarlo salir. Movió la cabeza—. Gonza tiene un buen corazón y una buena cabeza, cuando no está borracho. Pero juraría que pasa la mitad de su vida ebrio y la otra mitad recuperándose.
—¿Y qué me dices de Delfi? ¿De verdad dejó a Earl por Tim? Esa chica cambia de maridos casi tan a menudo como yo de ropa interior.
—No lo sé —se encogió de hombros, ya que no estaba al corriente de las últimas aventuras de su hermana. A menudo tomaba decisiones poco inteligentes. ¿Habría dejado a su tercer marido para irse con el mejor amigo de él?—. No me lo contaría porque sabe que considero una locura el modo en que vive.
—Tú, Paula, eres prueba viva de que la mutación genética existe. Incluso podría pensar en la adopción, pero te pareces demasiado a ellos. Aunque no te comportes como ellos. Jamás he visto a un miembro de la familia tan distinto del resto.
La madre de Paula juraba que nada más nacer había sabido que su hija menor era distinta. Así como había bautizado a sus otros hijos en honor de estrellas del country Delfina Wynette y Gonzalo Robbins, su tercera hija no parecía una Loretta o una Tanya, ni siquiera una Patsy. De ahí que la bautizara en honor de una de sus actrices favoritas de televisión. Paula aún recordaba con claridad a su madre pasar horas delante de sus series predilectas. Claro está, antes de que Alejandra Chaves abandonara a su familia. Hacía veintitrés años que no sabía nada de ella.
Dios sabía que quería a la única familia que le quedaba, su padre, Gonza y Delfi, pero la exasperaban. La frustraban. Había dedicado la vida a superar su estigma de nacimiento de ser la hija del borracho de la ciudad.
¿Era tan distinta de ellos? De vez en cuando cedía al impulso y se iba a bucear, castigaba al miserable de Bennie Krepps cuando atormentaba a un gato perdido, asistía a la despedida de soltera de Willette Tuttle en un club de boys, bailaba desnuda a medianoche durante una tormenta de verano en la intimidad de su patio trasero. Si alguna vez soltaba las firmes riendas con las que se controlaba, ¿tomaría las mismas decisiones desacertadas que el resto de la familia?
Quizá fuera una persona superficial, tal vez fuera una mala persona, pero el hecho de que un pilar respetado de la comunidad hubiera elegido salir con ella, representaba una especie de legitimación.
No era una caza fortunas, en absoluto. No era por coches bonitos ni diamantes. Fede, vicepresidente del banco propiedad de su familia, le ofrecía la respetabilidad que tanto anhelaba.
Tapó el frasco de la laca y movió los pies en el aire para que se le secaran las uñas.
—Lamento que Fede no te caiga bien. Hacemos una buena pareja.
—Mmmm —bufó Beth—. Si fuera por mí, yo me iría del otro lado del árbol genealógico. Siempre Pedro antes que Federico. Hablando de otra anomalía genética. Jamás he visto a dos hermanos que se parecieran tanto y fueran tan diferentes.
—No bromees —contuvo un leve escalofrío.
Pedro, la oveja negra de la familia Alfonso, la inquietaba. Por fortuna, vivía en otro condado.Fede y él se movían en círculos diferentes. Y aunque la empresa de Pedro había ganado el contrato para levantar el ala nueva de la biblioteca, se encontraba fuera del estado, de modo que era su socio quien llevaba el proyecto.
—¿Qué tienes en contra del pobre de Pedro? ¿Qué te ha hecho?
La invadió el recuerdo del beso del «pobre» Pedro trece años atrás. ¿Lo habría hecho por un desafío de sus amigos? ¿Por una broma? Aún no tenía ni idea de por qué la había besado. Había huido como si la persiguiera el diablo y jamás se lo había mencionado a nadie. Y no pensaba confesarlo en ese momento. Ese beso la había obsesionado durante años.
—Pedro nunca me ha hecho nada. Lo que pasa es que no es mi tipo —con solo mencionar su nombre se ponía nerviosa. Fue a la cómoda, sacó un par de amatistas de entre sus pendientes y los alzó—. Lo que no puedo entender es que alguien nacido entre privilegios y oportunidades los desdeñe.
Beth dio su aprobación con un gesto de la cabeza, y regresó al tema de Pedro.
—Es un rebelde, de acuerdo. Creo que nació con un lado salvaje. Pero, cuando al final esos chicos malos sientan la cabeza, resultan buenos maridos —movió la cabeza—. Si no hubiera invertido cinco años en Chuck y ya lo tuviera casi entrenado...
Paula rio, dispuesta a aprovechar cualquier tema que no fuera Pedro Alfonso.
—La fuerza se te va por la boca. Chuck es un santo —bueno, quizá el marido de Beth no fuera un santo, pero era un hombre muy agradable, lo más próximo a santo esos días—. Por no mencionar que es el padre de tu hijo.
Beth, embarazada de nueve semanas, sonrió mientras se frotaba el vientre.
—Bueno, eso es verdad. Será mejor que vayas a ducharte si quieres que te ayude con el pelo y el maquillaje. ¿A qué hora pasará a recogerte Fede?
—He quedado con él en el club de campo a eso de las ocho y media. Antes de irme, tengo que ver cómo está papá, y no hace falta que me lleve a Fede hasta allí.
—¿El Señor Arrogante es demasiado bueno para acompañarte hasta la granja? —preguntó Beth con una mueca.
—No. Ya ha estado. Y fue muy amable — quizá había reído con exceso de cordialidad y se había mostrado un poco condescendiente, pero su padre no se parecía en nada al de él.
Con unas cuantas cervezas encima, su padre no había tenido ningún problema en someter a Fede a un recorrido por la granja en la furgoneta destartalada. De hecho, había sido Fede quien había solicitado el recorrido. Borracho a sobrio, su padre mantenía que sin importar cuánto dinero se tuviera en el banco o enterrado en el patio de atrás, si un hombre tenía tierras, poseía una riqueza inigualable. Aunque la mosquitera estuviera sujeta con cinta aislante. Nunca más le había pedido a Fede que la acompañara.
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