martes, 2 de diciembre de 2014

Capitulo 14 -Entre Dos Amores-

Paula se situó junto a su coche y contempló River Oaks. Columnas, ventanas con arcos, jardines inmaculados... todo hablaba de generaciones de privilegio.
Al acercarse a la casa por el sendero frontal, contempló el anillo que llevaba en el dedo. Era mucho más que un anillo. Era un billete, el pasaporte a un estilo de vida diferente.
Subió los escalones. Era hora de devolverlo. Durante semanas había dicho que no, pero sin soltarlo. Desde el principio había sabido que no podría casarse con Federico, pero se había aferrado a ese billete. Lo que representaba ya no tenía ningún atractivo.
Llamó y casi de inmediato Ralphie, con su uniforme de mayordomo, le abrió. Más allá del vestíbulo, una docena de personas entraba y salía de habitaciones, llevando mesas, flores y todos los adornos para una fiesta elegante.
—¡Pula! Justo a quien quería ver. Me he enterado de que iba a haber un compromiso —le guiñó un ojo—. Asciendes en el mundo, pequeña.
—Ralphie, eres un tonto, pero no es culpa tuya. Tu familia puede ser así —él sonrió de buen humor—. ¿Sabes dónde está ¿Fede?
—Creo que en la biblioteca. Aguarda. Lo buscaré.
Al rato vio reaparecer a Ralphie seguido de Federico.
—Paula, cariño, espero que vengas con buenas noticias —de repente calló y la observó—. En nombre del cielo, ¿qué has hecho con tu pelo?
La reacción de Fede le pareció reveladora.
—Decidí que ya era hora de cambiar. ¿Te gusta esta tonalidad de rojo?
—Es... —Fede tragó saliva—... es preciosa.
—¿Podríamos hablar en la terraza? —la casa estaba llena de gente y necesitaban intimidad.
—Mmm, claro. Por aquí —la guió con la mano en la espalda—. Desde luego hoy se te ve feliz. Lo que me lleva a pensar que también vas a hacerme muy feliz.
—Estoy muy feliz, Fede. Más feliz que nunca.
Pedro abandonó los establos después de cumplir con su deber de admirar el último purasangre árabe que había comprado su madre. Se preguntó dónde diablos estaría Paula. Después de hablar con Ruth, había probado a llamarla a su casa, a la biblioteca, a la casa de Beth, a la de su padre. Sin éxito.
Se detuvo bajo el roble antiguo para encender un puro. La puerta que daba al salón se abrió y Pedro no lo encendió. Salieron Paula y Federico.
—Tengo algo que decirte —indicó ella.
Al menos creía que era Paula. Caminaba como Paula, hablaba como Paula, pero esa mujer tenía un pelo rojo glorioso y resplandeciente.
Ella se sentó en la balaustrada baja y de piedra. Si era posible, la veía aún más hermosa. Se quedó inmóvil.
—No hay una manera fácil de decir esto, Fede. Así que permite que sea directa —sacó el anillo del bolsillo y lo alargó hacia él—. No tiene sentido que me aferré a esto. No voy a casarme contigo.
El alivio invadió a Pedro. Eran las palabras más dulces que había oído jamás. El nivel de consternación en el rostro de su hermano bordeaba lo cómico. Pero nadie reía.
—Pero tienes que casarte conmigo.
No —Dulce movió la cabeza—. No tengo que hacerlo y no lo haré —depositó el anillo en el borde de piedra.

—¿Por qué no? Ha de haber un motivo.
Pedro clavó la mano en la corteza áspera del árbol. Solo había una causa que pudiera inducir a Paula a devolverle el anillo a su hermano. Jamás se casaría con Federico si esperaba un hijo suyo.
—En realidad, es sencillo. No te amo.
—No tienes que amarme —el sudor brillaba en la frente de Federico. Se había tomado muy en serio la amenaza de Pedro de delatarlo—. Eso llegará. Tenemos unos sentimientos buenos y sólidos —con el brazo abarcó lo que los rodeaba—. Todo esto puede ser tuyo. Ponte otra vez el anillo y será tuyo.
—No espero que llegues a entenderlo, pero no lo quiero.
—No hablas en serio. No sabes lo que estás diciendo. Te compraré un coche nuevo para sellar nuestro compromiso. El que tú quieras. ¿Un Mercedes? ¿Un Cadillac? ¿Un Lexus? ¿Un BMW? Mañana iremos a elegirlo.
—¿Qué te parece un Harley? ¿Montarás conmigo?
—¿Un Jaguar? ¿Un Porsche? —Paula negó con la cabeza. Federico tragó saliva—. De acuerdo, mmm, supongo que es el Harley. Pero, ¿tengo que montar en ella también?
—No tienes que montar ni yo espero que la compres —rio—. Solo te provoco, Fede.
—No es un asunto que deba tomarse a la ligera —anunció con rigidez.
—No, tienes razón —se puso seria.
—¿Por qué lo haces, Paula?
—Hace un par de semanas fui una tonta. De hecho, lo he sido durante mucho tiempo. Pedro jamás quiso las tierras de mi padre.
Federico tuvo un tic en el ojo derecho.
—¿Como sabes que no las quiere?
—Porque yo conozco a Pedro. Al final dejé de tener miedo y le hice caso a mi corazón. Me avergüenza haberte prestado atención aquella noche en mi casa. No sé si Pedro me aceptará. Ni siquiera sé si me desea. Lo que sí sé es que merezco algo mejor que conformarme con el segundo. Y no te equivoques Fede, eres el segundo.
—No hace falta ser ofensiva —Fede fingió indignación.
—No noté que aquel día tú te contuvieras... y además es la verdad.
—Perfecto. Pero debes decírselo tú, Paula. Tiene que oírlo de ti. A mí jamás me creería. Pedro salió de las sombras del árbol.
—Tienes razón, probablemente a ti jamás te habría creído, Fede.
—¿Pedro?
—¡Pedr! —Paula dio un paso hacia él, luego se detuvo sorprendida—. Te has cortado el pelo.
—Sí —se pasó la mano por la nuca desnuda—. Pensé que era hora de parecer un poco más respetable. Tú te has teñido el tuyo.
—Creo que me va bien —lo miró con ojos llenos de promesa detrás de las gafas de carey—. Un caballero no habría escuchado a escondidas.
—Menos mal que no lo soy —le tomó el mentón con la mano y experimentó un temblor.
—Dejadlo por un momento. La has oído, ¿verdad, Pedro? No es por mi culpa por lo que no es feliz.
—¿Hay algo que quieras contarme, Pau? —le preguntó a ella, ignorando a su hermano.
—Te amo.
Una felicidad intensa le cortó la respiración.
—Lo sé.
Si no se lo preguntaba pronto, olvidaría lo que quería decirle.
—¿Hay algo más? ¿Estás... estamos... vendrá un...?
—¿Me preguntas si estoy embarazada? — entrelazó los dedos con los suyos.
—Sí —susurró—. Es lo que te pregunto. ¿Vamos a tener un bebé?
—No. No estoy embarazada. Dos pruebas. Ambas negativas.
—Pero, ¿y los helados?
—¿Embarazada? ¿Por qué no me dijiste que era por eso por lo que no te podías casar conmigo en vez de soltarme esas tonterías de ser segundo?
—Porque me quedé tan tensa desde que te fuiste, que Beth me contagió sus síntomas — se, volvió hacia Fede—. Tienes razón. No eres el segundo. Estás más abajo en la línea.
El otro recogió el anillo.
—Es evidente que los dos os merecéis — con aire indignado, se marchó por la terraza.
—Tiene razón, nos merecemos —le acarició la nuca—. ¿Te has presentado solo porque creías que estaba embarazada?
—No. Tarde o temprano, Dave o Ruth me habrían obligado a recuperar el sentido común.
—¿Por qué dejaste que creyera que me habías utilizado? ¿Por qué te hiciste a un lado para observar cómo elegía a Fede?
—Creía que Fede podía ofrecerte lo único que yo no podía. Y que sigo sin poder... respetabilidad. Hace falta algo más que un corte de pelo.
Ella sonrió con expresión de triunfo.
—Lo sabía. Estás loco y equivocado, pero te amo. ¿Qué te impulsó a cambiar de parecer?
—Me gusta establecer mis propias reglas. No puedo prometerte que las cosas siempre serán buenas, pero sí puedo decirte que te amo y que quiero construir una vida contigo —metió la mano en el bolsillo y sacó el estuche que había comprado en la joyería hacía menos de dos horas.
—Estabas seguro de mí.
—No estaba seguro de nada. Salvo de que no iba a apartarme de ti sin pelear. Toma, ábrelo.
Paula le soltó la mano y alzó la tapa del estuche. En el interior había una máscara en miniatura de madera tallada sobre un fondo de terciopelo y con una cadena de oro.
—Es preciosa —la sacó con gesto de reverencia del estuche—. Exquisita. ¿Dónde encontraste algo tan perfecto?
—La tallé yo. Hice que los joyeros le pusieran una cadena. ¿Te gusta?
No la odio —se la ofreció para que se la pusiera.
Él sonrió como un niño en una tienda de golosinas.
—Eso está bien —se la pasó alrededor del cuello y la enganchó.
—Me encanta —se puso de puntillas y le dio un beso suave.
Pedro miró por encima del hombro de Paula. Varios pares de ojos los observaban a través de las ventanas. Él le indicó el público que tenían.
la gente va a hablar.
—Supongo que sí —saludó a la multitud y se volvió hacia él—. ¿Qué te parece una búsqueda del tesoro privada?
—Podría interesarme.
—Podría llevarte a una isla que conozco — le sonrió.
Pedro tragó saliva al imaginar la cocina.
—Suena prometedor.
—Las únicas joyas que hay son perlas. Si te interesa, me encantaría mostrártelas —los ojos le brillaron detrás de las gafas.
Él rio en voz baja y atrajo a Paula hacia sí.
—Casi no hay nada que me pueda interesar más que una búsqueda del tesoro.
—No olvides llevar la espada —se arqueó contra él de manera íntima.
Y entonces lady Paula procedió a hacerle olvidar la realidad con sus besos.

------------------------------------------
Final de la nove!! Espero que les haya gustadooo! Voy a ver si adapto otra! Comente y gracias! 

Capitulo 13 -Entre Dos Amores-

—¿Una cerveza? —Dave se sentó frente a Pedro—. Cynthia me echó. Síndrome premenstrual. ¿Qué diablos te pasa? ¿Le sucede lo misino a Paula?
En las últimas horas, Pedro había bebido demasiadas cervezas y fumado demasiados puros. En ese momento se encontraba en el estado de ánimo poco habitual de soltar lo que casaba por su cabeza.
Y lo hizo. Toda la historia.
—A ver si lo he entendido. ¿Aceptaste la calumnia de tu hermano, un canalla con piel de cordero si alguna vez he conocido a uno, para que pueda casarse con la mujer a la que amas? Por qué no dejas esa cerveza y vamos fuera para que pueda devolverte algo de sentido común? Es lo más estúpido que he oído en mi vida.
—Tú no entiendes a Paula.
—¿Sí? Bueno, pues tú tampoco. Es una mujer. Nosotros hombres. No se supone que debamos entenderlas.
—Si hubieras visto la cara que tenía cuando Federico le pintaba el cuadro de cómo sería su vida juntos... Y a pesar de lo mucho que odio reconocerlo, él tiene razón en dos cosas. Primera, le puede ofrecer lo único que ella anhela y yo no puedo darle... respetabilidad. Segunda, yo soy un canalla egoísta. Jamás me detuve a pensar en cómo mi conducta afectaba a otras personas. Quizá ya sea hora de empezar a hacerlo.
Dave movió la cabeza.
—Tu hermano es un imbécil. ¿Qué sucederá cuando consiga las tierras? No creo que ayude mucho a Paula en el apartado de la respetabilidad cuando la deje plantada.
Pedro esbozó una sonrisa sombría.
—Pienso tener una pequeña charla con Federico. No habrá ningún negocio inmobiliario. Tengo pruebas de tratos sucios hechos por Federico y el coronel y de soborno a un politico local. La primera vez que vea a Paula y no parezca feliz, los arruinare en un abrir y cerrar de ojos y sin pestañear.
—¿Soborno? —Dave bajó la voz.
—Fue demasiado fácil averiguarlo —Pedro asintió—. El coronel es tan arrogante, se considera tan intocable, que no cubrió bien el rastro.
—¿Cómo sabrás si le hacen la vida imposible a Paula?
—Regresaré al seno de la familia. Estaré allí para las cenas de los domingos, los festivos, las bodas. Y lo sabré.
—Lo tienes todo calculado, ¿verdad, tipo grande? ¿Se te ha ocurrido pensar que Paula merece tomar sus propias decisiones?
—Lo hizo. Tú no estuviste allí. No viste su cara.
—Con todos los hechos correctos…
—La vi —se pasó una mano cansada por la cara—. Luchó y lo intentó, pero jamás va a superar el medirse ante la opinión pública. Y sería solo cuestión de tiempo antes de que me volviera un elemento bochornoso. Créeme, es mejor así.
—Creo que te equivocas —Dave suspiró resignado—. Pero conozco esa expresión y novoy a conseguir que cambies de parecer, ¿verdad?
—No. A partir de ahora, Paula es como una hermana para mí —las palabras amenazaron con ahogarlo. Quizá se había vuelto loco.
—¿Estás segura de que no quieres casarte con  Federio? —Delfina giró para mirar a Paula desde un taburete en la cocina—. Sabes que no todos los días una Chaves tiene la posibilidad de casarse con un arrogante y poderoso Alfonso. Fede parece mucho más tu tipo que Pepe
—Pepe ni siquiera es una posibilidad remota —esbozó una triste sonrisa.
—Sigo sin poder ver a Pepe tratando de apoderarse de la tierra de tu padre. No parece su estilo —comentó Beth mientras hojeaba una revista de bebés.
Paula hizo una mueca. Le había pedido a Beth que guardara en secreto ese detalle humillante de la historia, pero al parecer la maternidad le debilitaba la memoria.
—Ohhh —comentó Beth al levantar la cabeza de la revista.
Delfi las miró a ambas. En las últimas semanas, había pasado más tiempo con Paula. Esta no sabía si alguna de las dos había cambiado o si un entendimiento y aceptación nuevos de sus defectos y virtudes había precipitado el cambio, pero se sentía contenta de llevarse mejor con su hermana.
—Pedro le dijo a papá que Fede quería su tierra. Le dijo que Fede le ofrecería comprarle la propiedad e invertir el dinero por él. Papá le comentó que jamás vendería y que ahí se terminaba el asunto.
Las piernas de Paula se negaron a sostenerla. Se dejó caer sobre un taburete.
—¿Cómo...? ¿Cuándo...?
—Hace un par de semanas, cuando una noche fui a visitar a papá. No me molesté en salir porque me estaba haciendo la pedicura y tú ya me habías dicho que Pedro estaba prohibido.
—Te dije que Pedro no haría algo así —Beth se frotó el vientre.
—Sí. Yo también podría habértelo dicho si alguien lo hubiera preguntado —corroboró Delfi.
—Pero, ¿por qué me dejó pensar...? Todos estos años me ha fastidiado tener que demostrar que no era como la gente me había etiquetado. Y voy y le hago lo mismo a Pedro. Me dejé llevar por la etiqueta de tipo influyente de Federico y la reputación de chico malo de Pedro —en una ocasión él le había dicho que todo el mundo llevaba máscaras. Y una y otra vez le había mostrado el hombre verdadero que era. Pero la inseguridad y la rigidez la habían cegado.
—Federico es un miserable. He tenido tanto miedo de que cambiaras de parecer sobre su proposición de matrimonio —Beth mordisqueó una galleta—. De modo que Pedro te dice que te ama y luego da marcha atrás y deja la puerta abierta para su hermano —movió la cabeza.
—Hombres —Delfi puso los ojos en blanco—. No se puede vivir con ellos y no les puedes pegar un tiro.
—Esto ahora no tiene mucho sentido. Pedro no es un hombre que se retire. Solo tenía sentido si te estaba utilizando.
Delfi sirvió helado para las tres.
Después de probarlo, Paula empujó el helado al centro de la isla.
——No puedo comerlo. Apenas puedo mirarlo —últimamente, casi vivía en un perpetuo estado de náuseas. Lo achacaba a las noches inquietas acosadas por el recuerdo de Pedro y a la debacle general en que se había convertido su vida.
Beth y Delfi intercambiaron una mirada. Delfinegó con la cabeza.
—Creo que no es un buen momento.
—Nunca es un buen momento —arguyó Beth—. Tú eres su hermana.
—Y tú su mejor amiga —replicó Delfina—. De acuerdo, gallina, se lo preguntaré yo... — miró a Paula—. Bueno, verás... hemos estado hablando... ¿has pensado...?
Beth no aguantó más y la interrumpió.
—Por el amor del cielo, lo haré yo. ¿Existe alguna posibilidad de que estés embarazada?
—¿Embarazada? —señaló el vientre de su amiga—. ¿Cómo eso?
—Como esto —Beth se dio unas palmaditas—. Es el único tipo de embarazo que conozco. Igual que solo existe un modo de quedarse embarazada. ¿Usaste algo?
—Preservativos —fue una sola vez. Aquella ocasión contra la puerta... el sexo telefónicono contaba. Una sola vez habían prescindido de la protección. No podía estarembarazada. ¿O sí? Por desgracia, conocía la respuesta a esa pregunta.
El estómago le dio un vuelco.
—¿Tienes algún retraso? —le preguntó Delfi.
Aturdida, Paula comprobó el calendario de la nevera y realizó unos cálculos rápidos. Seagarró al borde de la isla.
—Una semana. Tengo un retraso de una semana.
—Oh, Dios mío. Oh, Dios mío. Que no nos domine el pánico. No es bueno para el bebé —Beth apoyó una mano protectora sobre su vientre—. Me refiero a mi bebé. Aún no sabemos si tú esperas uno.
—Beth —Delfina chasqueó los dedos—, controla tus hormonas —se volvió hacia su hermana—. ¿Estómago revuelto? —Paula asintió—. ¿Cansancio? —afirmativo—. ¿Una semana de retraso? —otro sí—. Santo cielo. ¿Sabes de quién es?
Se ruborizó despacio.
—Claro que lo sé. No me he acostado con Federico.
—Eso es bueno —Delfi calló al darse cuenta de que era la única que reía—. Pero saliste con él.
—-Jamás surgió.
—De modo que sabemos con certeza que es hijo de Pedro—Delfinase secó la frente en un exagerado gesto de alivio.
—No sabemos con certeza que sea el hijo de nadie, porque no sabemos con certeza si estoy embarazada —la conmoción luchó con la exasperación. Y empezaba a creer que podía ser verdad. Había habido una oportunidad y los síntomas estaban ahí.
—Solo hay una manera de saberlo —indicó Beth—. Vas a tener que hacerte una prueba de embarazo. Pero lo mejor es a primera hora de la mañana, cuando la orina está concentrada.
Paula se sintió aturdida. Su vida se había transformado en una mala telenovela.
—Lo mejor será que vaya a la farmacia a comprarte una de esas pruebas. Que una noticia de ese estilo se propague por la ciudad tardará unos dos segundos y mi reputación ya está destrozada.
Paula contuvo unas lágrimas. En la voz de su hermana no había ninguna condena.
—¿Harías eso por mí? ¿Te ofrecerías a esa clase de cotilleo?
—Desde luego. ¿Qué me importa lo que diga la gente? Si son amigos míos, no les importará o no hablarán, y en cuanto a los demás, al infierno con ellos —Delfina guardó unos momentos de silencio—. Pero sé que eso representa mucho para ti.
La última pieza del rompecabezas, la clave escurridiza que le había faltado toda la vida, apareció ante ella sin ninguna manifestación especial de revelación. No había dedicado una vida entera a tratar de demostrarle a todo el mundo que ella valía. Había buscado la aprobación para demostrárselo a sí misma. Vivir con la pasión que provocaba Pedro enriquecería su vida. Por primera vez reconocía quién era y de dónde venía sin una corriente oculta de vergüenza.
—A mí no me importa lo que digan los demás, eres una buena chica —Beth provocó a Delfina con una sonrisa.
—Pues no se lo cuentes a nadie —replicó con un guiño del ojo antes de recoger el bolso—. Volveré en seguida.
Paula se irguió y contuvo las lágrimas.
—Siéntate, Delfi. Te agradezco el ofrecimiento, pero yo misma me metí en este lío, de modo que seré yo quien compre la prueba de embarazo. Si son mis amigos, tampoco les importará ni hablarán, ¿verdad?
Poco a poco, el amanecer entró en el cuarto. Apoyó la mejilla en la funda de seda. No podía soportar la idea de deshacerse de ese juego de sábanas, pero cada vez que las tocaba, que dormía en ellas, la azotaban con recuerdos agridulces de Pedro.
Ya podía levantarse e ir al cuarto de baño. Tenía las dos pruebas listas junto al lavabo. Dos marcas diferentes de dos fabricantes diferentes. Por seguridad.
Fuera como fuere, su vida nunca sería igual. Qué idóneo que la chica procedente de los barrios bajos al fin hubiera estado a la altura de las expectativas de todo el mundo. Sonrió. No era un episodio de borrachera que hacía que acabara en una celda. Había logrado el mejor de todos los cotillees. Soltera y embarazada, el padre del bebé un rebelde.
Entrar en la farmacia para comprar las pruebas había sido un acto deliberado y liberador. Ella, Paula Chaves, era una persona real. No ser una santa no la convertía en la basura blanca.
No era tonta. Quizá tuviera que luchar para mantener su trabajo y su puesto en el consejo de alfabetización. Pero lo haría, y ganaría porque había hecho muchas cosas positivas tanto en la biblioteca como en el consejo. Poseía los conocimientos y la madurez necesarios
También tenía a Beth y sabía que podía contar con Defi. ¿Y Pepe? ¿Dónde encajaba él en todo eso? Le daría la bienvenida en su vida y en la de su hijo.
¿Y si no había ningún bebé? ¿Si daba negativo? Se mantendría el mismo plan, pero sin el bebé. Movería cielo y tierra para convencer a Pedro de que estaba preparada para vivir su propia vida de acuerdo con sus propios patrones, y que eso lo incluía a él, si aún quería aceptarla.
Apartó el edredón. Hacía frío en la casa y los nervios le aceleraban el corazón. No obstante, se levantó.
En una ocasión Beth había consultado a una adivina que le había predicho el futuro leyendo hojas de té. Para discernir el suyo, Paula iba a tener que leer dos tubos.
Pedro se detuvo a la entrada de la cocina en River Oaks y comprobó sus botas. Todas las superficies útiles estaban cubiertas con comida.
—¿Hay algún acontecimiento importante esta noche?
—¿Te has limpiado las botas? —gruñó Ruth.
—Sí, señora. Limpias como un silbato. Ella sacó unas albóndigas y las colocó en un plato delante de él.
—¿Por qué no las pruebas por mí? Hay un cóctel. Tu hermano no para de insinuar que va a anunciar su compromiso.
—Por la feliz pareja —comió una albóndiga. Le supo a serrín.
—Sigo sin poder creerlo. Federico y Paula. En una ocasión pensé... no importa.
—¿Qué?
—Pensé que quizá Paula y tú...
—¿Cómo se te pudo ocurrir algo así?
—Una locura, supongo.
—Paula merece alguien mejor que yo. Alguien que pueda darle las cosas que necesita—su fortuna era equiparable a la de Federco, pero él jamás tendría el rango y la aceptación sociales de su hermano.
-Fede nunca será el hombre que tú eres. En mi libro, ni se acerca a merecer a alguien como Paula —blandió la espátula como un arma—. Siéntate y escucha —él obedeció—. No permitas que vuelva a oírte decir eso. Eres uno de los mejores hombres que conozco. Es cierto que siempre has tenido una veta salvaje y que le has causado más de una cana a tu madre, pero eres un hombre íntegro. No lo olvides jamás.
—Pero Fede...
—¡Federico! Paula necesita a alguien que le enseñe a divertirse. Esa chica tiene que animarse.
—Federico es perfecto para Paula. Respetable. Recto. Justo lo que necesita.
—Tonterías y tú lo sabes. Necesita lo que todo el mundo... alguien a quien amar y que la respete por lo que es, no por quien finja ser. Ahora bien, si a ti te da miedo la tarea, esperemos que a Fede no le ocurra lo mismo.
—¿Miedo? —no podía haber oído bien.
—Es lo que he dicho. Si te da miedo decepcionarla, entonces aléjate de ella. Ninguna necesidad de preocuparte por ser un marido y un padre, cuando puedes sentarte y ser cuñado y tío.
—¿Tío? ¿Has dicho tío? —apenas podía respirar.
—Sabes que no me presto a los cotilleos. Pero... Lois Shrimpton ayer estaba en la farmacia. Justo detrás de Paula para pagar. Dijo que la vio comprar dos pruebas de embarazo.
—Quizá se equivocó. Ya sabes que anda mal de la vista.
—Sí. Pero está segura, porque la dependienta pidió una comprobación de precio porque la etiqueta estaba mal.
A pesar de la agitación que lo embargaba, tuvo que reír.
—Apuesto a que habrá querido que la tragara la tierra.
—De hecho, comentó que la veía más animada. Y bien, ¿cómo te sientes ante la perspectiva de ser tío?
Si había un bebé, solo podía haber un padre. La semana anterior Fede había gimoteado que Paula no quería acostarse con él.
—-No veo que...
—Es evidente que Paula ha tenido relaciones. Que yo sepa, la abstinencia es el único método seguro para no tener hijos, así que no me cuentes que no sabes cómo pasó. Repito, ¿cómo te sienta llegar a ser tío?
De algún modo, ante la posibilidad de ser padre, su sacrificio no parecía tan noble, sino... bueno, estúpido.
—No tengo ni idea —sopesó sus opciones. Solo veía una—. Pero me entusiasma la idea de ser padre.

--------------------------
Lean el siguienteee! 

Capitulo 12 -Entre Dos Amores-

Paula contempló su disfraz colgado de la puerta del armario. ¿Podría seguir el plan original? ¿Podría ocultarse detrás de la máscara para facilitarse la tarea de romper con Federico? Sí, pero no tendría mucho respeto por esa mujer. Se tumbó en la cama. Todo era culpa de Pedro. Había dedicado años a negar la pasión salvaje que había en ella. Siempre había considerado que su pasión significaba que era como su madre y su hermana. ¿Durante cuántos años había utilizado las normas de otras personas para calibrar su propia valía? Desde que tenía uso de memoria. ¿Durante cuánto tiempo seguiría nombrando a los demás los guardianes de su autoestima?
Pedro la amaba.
—Pepe me ama —pronunció en voz alta en la habitación vacía. Las palabras sonaron raras en su lengua.
La idea casi la llenó de pánico. ¿Y si se atreviera a creerle? ¿Y si abría su corazón y mente a ese amor? ¿Podría abrir el corazón a un gozo tan intenso? ¿A esa clase de dolor? No se había permitido ese nivel de vulnerabilidad desde que su madre se había marchado.
Como si tuviera elección. Pero quería un amor que fuera seguro, cálido y fiable, como ponerse una bata cómoda al final del día. Y así como se sentía segura y cobijada con él, en casi todo momento era como estar ante un precipicio vertiginoso.
Se levantó de la cama y se acercó al disfraz. Pasó el dedo por la tela. No podía ni quería ponérselo. Solo le quedaba una elección. Miró el reloj. Quedaba media hora para que llegara Federico.
Alzó el teléfono, sacó la tarjeta que Pedro le había dado al iniciar el proyecto y marcó el número de su teléfono móvil. Experimentó una calma extraña. Contestó a la segunda llamada.
—¿Si?
—Pedro, soy Paula.
—¿Sí?
Su tono era reservado. ¿Habría cambiado de parecer? ¿Lamentaría la conversación que habían mantenido? Solo había una manera de saberlo.
—Acepto.
—Necesito algo más de información.
¿Captaba algo de optimismo?
Respiró hondo e hizo acopio de coraje.
——Nuestra cita. Ya sabes, esa en la que pasas a recogerme. Salimos a cenar. Hablamos de libros, películas, tu trabajo, el mío. Me traes de vuelta a casa. Quizá puedas acompañarme hasta la puerta. Tengo una nueva, ¿sabes?
—La gente hablará.
—Supongo que sí —la idea la ponía nerviosa—Voy a decírselo a Fede.
—¿Qué?
—Lo nuestro —se lanzó por el precipicio emocional que había evitado desde que lo conoció.
—Repítelo.
Un hormigueo le recorrió la espalda.
—Lo nuestro. Tú y yo.
—Nuestra cita.
—Sí. ¿Puedes estar en mi casa en veinte minutos?
—Dame quince. Te amo, Pau.
—Yo... me gustas un montón —no era capaz de decir nada más.
La risa de él reverberó en la habitación antes de colgar. O quizá era su propio corazón que sé burlaba de ella.
«Me gustas un montón». Pedro sonrió al sacar el coche del aparcamiento de la librería. Eso era mucho mejor que «No te odio». Lady Paula empezaba a cambiar.
Se preparó para la batalla mientras conducía. Federico, enfrentado a la perspectiva de perder a Paula y la tierra de su padre, no sería un contrincante feliz. Sin embargo, él estaba preparado. Esa tarde había hecho algunas llamadas y reclamado algunos favores. El nombre de los Alfoso tenía cierto poder.
Federico y el coronel habían cruzado la línea entre los negocios turbios y quebrantar la ley. Disponía de munición suficiente para ganar la batalla y la guerra.
Aparcó junto al coche de su hermano. Federico bajó del BMW enfundado en su traje de pirata.
—Buenas noches, capitán Garfio.
—Vete a casa, Pedro. Aquí no se te ha perdido nada. Paula y yo tenemos una cita.
—Yo le pedí que viniera, Fede —anunció Paula desde la puerta de entrada—. Pasad, por favor.
La tensión marcaba su sonrisa y ponía rígidos sus hombros. La miró y le transmitió un ánimo silencioso. «Puedes hacerlo».
Federico subió por el sendero con el ceño fruncido.
—¿Dónde está tu disfraz? ¿Por qué no te has vestido? —miró a Pedro por encima del hombro—. ¿Qué está pasando?
Pedro calló. Paula era la protagonista.
—Necesitamos hablar —cerró la puerta detrás de ellos—. ¿Por qué no nos sentamos todos?
—Si no te importa, prefiero quedarme de pie.
Fede adoptó la postura de un filibustero.
Pedro se sentó en el sofá. Paula en el borde de uno de los sillones que flanqueaban la chimenea. El Gato Gordo observó a Fede y siseó. Pepe sabía que el animal le gustaba por algo. La tensión flotó en el aire.
—¿Qué significa todo esto? —insistió Federico.
Paula juntó las manos y las apoyó en el regazo.
—Fede, ya no podemos seguir viéndonos. El otro olvidó la imitación de Errol Flynn y se quedó boquiabierto por la sorpresa.
—Pero... Paula... cariño... formamos una pareja.
—Hay algo que debes saber.
—Sea lo que fuere, no se interpondrá entre nosotros.

—Yo no contaría con ello —intervino Pedro.
-Cuando Pedro me trajo a casa desde la fiesta de disfraces –bajo la vista unos momentos-.Pedro y yo…fuimos intimos –la voz no revelo lo espectacular que habia sido esa intimidad.
—¿íntimos? —Fede volvía a verse dominado por la sorpresa—. ¿Cómo de íntimos?
Ella se ruborizó, pero mantuvo la cabeza en un ángulo orgulloso.
—Muy íntimos.
Pedro apenas pudo contener la carcajada al ver la expresión de aturdida incredulidad de su hermano. Su «princesa de hielo» se había derretido para otro.
—¿Sabías que se trataba de Pedro? —se subió el parche a la frente.
No —se movió en el sillón—. Pero... él... me importa.
—Canalla —Federico se volvió hacia Pedro—. Sabías lo que sentía por ella. ¿Cómo te atreviste?
Pedro contuvo el impulso de revelar la verdad. Pero eso le haría daño a Paula.
—La deseaba —y eso ni empezaba a describir lo que ella le inspiraba.
Federico lo miró con desdén teñido de ira.
—Así ha sido siempre, ¿verdad, Pedro? Siempre estás tú y lo que tú deseas, y al infierno si afecta a los demás.
Un elemento de verdad en esa afirmación lo incomodó.
—Creo que te apartas del tema.
No, hermano, es el tema que tú preferirías no encarar. Todos estos años has estado perdiendo el tiempo. Fallando en la universidad. Destrozando propiedad pública. Llegando a casa borracho. ¿Pensaste alguna vez en el modo en que eso afectaba a mamá? ¿Se te ocurrió considerar que podía ser humillante para toda la familia? ¿Cómo lo expusiste una vez? —fingio meditarlo—. Oh, sí, ser leal contigo mismo. Yo lo llamo ser un canalla.
La cara de Paula, tan expresiva y fácil de leer para Pedro, reflejó empatía. Como si lo identificara con la imagen que planteaba Fede. Este había logrado sembrar dudas poderosas en su corazón.
Pedro se enfrentó a la fea verdad. Su padre lo había repudiado, su madre había seguido queriéndolo y él no había analizado la situación más allá de eso.
—Fue hace mucho tiempo.
—Quizá el espíritu pendenciero, pero sigues siendo un hombre egoísta. Pedro Alfonso no responde a nadie que no sea él mismo, y al infierno las consecuencias.
Pedro permaneció sentado con calma deliberada.
—Soy independiente, Federico. No pregunto si hay mucha altura cuando se me pide que salte.
Federico se ruborizó ante la provocación, pero se recuperó con rapidez. Movió la cabeza disgustado y centró su atención en Paula.
—Entiendo que te engañara, cariño. Pensaste que estabas conmigo. Es desagradable, pero lo superaremos. Fue solo esa vez, cuando creíste que era yo, ¿verdad? ¿Tuvisteis intimidad después de descubrir la verdadera identidad de Pedro?
Habría sido muy fácil para Paula quedar bien. Técnicamente, no habían consumado su relación salvo por aquellas dos primeras veces. Se ruborizó y eso fue como una puñalada para Pedro.
Intervino antes de que ella pudiera hablar.
—No —mentiría siempre para desterrar su vergüenza. Con la vista, la instó a continuar por esa senda.
La expresión de ella lo condenó por mentir. En un esfuerzo por salvarla, le había dado credibilidad a todas las acusaciones de Fede.
Ella miró a Pepe.
—Sí, la tuvimos —bajó la vista—. Ahora entiendes por qué no puedo verte más.
Algo murió en Pedro con esa reveladora distinción. No podía seguir viendo a Federico porque lo había traicionado. No porque lo amara a él.
—Nada de eso importa, cariño. Duele que sucediera, pero no fue culpa tuya. Sé cómo puede ser Pedro. Te engañó y estoy seguro de que fue implacable en su persecución —miró a Pedro con ojos malévolos—. Sin importar el daño que él haya causado en el proceso, te perdono. Dejaremos todo eso atrás.
—Pero, Federico, no puedo...
—Claro que sí. Juntos podemos. Había pensado hacer esto en circunstancias diferentes, pero...
Un presagio se apoderó de Pedro al ver a su hermano ponerse de rodillas. Federico metió la mano en el bolsillo y sacó un estuche de terciopelo.
—Paula, ¿querrías hacerme el honor de casarte conmigo?
Paula retrocedió como si Federico la hubiera abofeteado. Había anticipado ira despectiva, se había preparado para ser denigrada. Si la hubiera llamado prostituta, no le habría sorprendido. Pero eso, tener a Federico Alfonso de rodillas ante ella proponiéndole matrimonio, la dejó muda y más que horrorizada.
—Di que sí. Podemos construir una buena vida juntos. Tenemos los mismos intereses, queremos las mismas cosas. Nos esforzaremos para hacer del Condado de Colther un lugar del que nuestros hijos puedan sentirse orgullosos.
Un diamante montado en un engaste de platino la deslumbró. Pero Federico le ofrecía mucho más que un hermoso anillo. Le planteaba la vida familiar con la que había soñado. La sangre se le subió a la cabeza.
—No sé qué decir.
—Prueba con no. Un simple no bastará — comentó Pedro desde el sofá.
Pedro. Durante un momento, se había olvidado de Pedro. Aturdida, lo miró, y en sus ojos vio acusación.
—¿No has hecho suficiente daño ya? —espetó Federico. Se puso de pie y miró a Paula—. Había esperado no tener que llegar a esto. Quería ahorrarte la fea verdad, pero no tenía ni idea de que él fuera a llegar tan lejos. Pedro te ha utilizado, querida.
Paula volvió a sentarse. El sonido de eso no le gustó nada.
—Miente, Pau. Es él quien quiere utilizarte. Miró a uno y a otro. Con el corazón desbocado, cerró las manos para evitar que temblaran.
—Que uno de vosotros lo explique —pidió con una serenidad que la sorprendió.
—Cuéntale la verdad, Federico —instó Pepe en voz baja, con la gravedad que surge antes de la tormenta.
—Hace una semana, más o menos, Pedro vino a verme con una proposición. Uno de sus contactos de profesión le había dado la pista disque se estaba preparando la construcción de un centro comercial. Al parecer tu padre tiene una propiedad muy codiciada. Quería que usara la influencia que tengo contigo mientras él se ocupaba de convencer a tu padre. Desde luego, le dije que bajo ningún concepto.
El tiempo pareció quedar suspendido. Explicaba el motivo que podía tener un hombre como Pedro para interesarse en ella. Mucho más que una conexión mística del alma.
—¿Por qué no me lo mencionaste?
—Porque jamás pensé que él caería tan bajo. Nunca pensé que lo llevaría tan lejos. Supongo que quiso duplicar sus posibilidades al acercarse a ti.
—Miente, Pau. Fue él quien se acercó a mí —manifestó la voz firme y serena de Pedro. Quería creerle. Anhelaba creerle.
—¿Podías seducirme, acostarte conmigo, pero no decirme que Federico me estaba utilizando? ¿No creíste que necesitara saberlo?
—No pensé que me creyeras —se encogió de hombros, el rostro airado por el desafío de ella—. Como ahora mismo.
Como una escena de una mala película, recordó que Pedro la había instado a ir a ver a su padre. Los recordó sentados en el porche. La duda envolvió su corazón.
—Llámalo, Paula. Pregúntaselo a tu padre. Pregúntale si alguno de los dos mencionó alguna vez la venta de sus tierras.
-Pau, si lo escuchas, tu corazón ya conoce la verdad.
—¿Qué daño puede hacer llamar a tu padre? —arguyó Fede.
En el caos que reinaba en su mente, pareció una solución razonable.
Alzó el auricular y marcó el número. «Por favor, dime que Pedro jamás te mencionó vender la tierra», imploró mentalmente.
¿Papá? Soy Pau.
—Hola, Pau. ¿Cómo va el anexo de la biblioteca?
—Bien —fue directa al grano—. Papa, ¿Fede te mencionó alguna vez vender la granja?
—¿Fede qué?
—Alfonso. En una ocasión fue conmigo a casa.
No que yo recuerde. Debería haberse sentido aliviada, pero no fue así.
—Cuando fuimos el otro día, ¿Pedro te mencionó algo sobre la granja?
No. Creo que no.
La invadió el alivio, a pesar de que no había avanzado nada en dilucidar el tema en cuestión.
—Ese día no. No lo mencionó hasta que vino anoche. Algo acerca de un plan de vender la granja e invertir el dinero. No estoy seguro. Tenía un poco de whisky encima... por motivos medicinales. La artritis me dolía otra vez. Le respondí que no me interesaba ninguna inversión...
Siguió hablando, pero Paula no oyó nada debido al rugido en sus oídos.
—Gracias, papá —interrumpió—. Te llamaré más tarde —colgó.
—Es una trampa, Pau. Fui a advertir a tu padre. Miguel estaba bebiendo, pero esperaba que hubiera entendido algo de lo que le dije —hizo una mueca—. Al parecer fue la parte equivocada. Sé que parece otra cosa, pero tienes que escucharme, cariño.
—Por eso te sedujo —intervino Fede—. No quiere que pienses con claridad. Reflexiona en ello, cariño. Pedro carece de escrúpulos. Es él quien te engañó y sedujo. Solo respeta sus reglas.
Las palabras de Fede tenían una lógica dolorosa.
—Lamento no haber pasado antes —continuó Fede—. ¿Te prometió amor eterno? Ah, veo por tu expresión que así fue. ¿Qué crees que habría ocurrido cuando hubiera conseguido lo que quería de ti? Te lo diré. Te habría dejado sin nada, salvo una reputación por los suelos y una buena dosis de humillación. Te arrebataría la respetabilidad sin inmutarse, Paula.
Todas las dudas a las que se había enfrentado y que había superado hicieron presa de ella. ¿Todo había sido una mentira?
Fede le tomó la mano.
—Deja que te ponga este anillo. Deja que comparta mi nombre contigo.
Incapaz de moverse, miró a Pedro en súplica muda. «Convénceme otra vez», rogó en silencio.
Lo ojos de Pedro le devolvieron la mirada con la expresión de un hombre muerto. Se encogió de hombros.
—El juego ha terminado. Es cierto. Me marcharé ahora —se puso de pie con una sonrisa fría en las duras líneas de su boca—. No te molestes en acompañarme. Conozco el camino.
Aunque su mente gritaba en protesta, Paula permaneció sentada sin moverse.
El se detuvo en el umbral.
—Bienvenida a la familia, Pau.
La puerta de entrada se cerró con el impacto de un disparo. Federico comenzó a introducirle el anillo en el dedo. Con sumo cuidado, Paula apartó la mano. Se sentía vacía.
—No puedo...
No digas nada —le puso el anillo en la palma de la mano y le cerró los dedos sobre él—. Guárdalo y piénsalo.
—No necesito...
—Sshhh. Todo esto ha sido una conmoción para ti. No quiero que tomes ninguna decisión precipitada. Tómate una semana para meditarlo. Piensa en la vida que podríamos construir juntos. Los métodos de Pedro me parecen deplorables, pero mientras reflexionas, considera que podría tirar de algunos hilos y quizá encontrar un comprador para la tierra de tu padre. Si yo invirtiera y manejara sus beneficios, nunca más debería preocuparse por el dinero. No es más que una idea. Y ahora, ¿por qué no te cambias y nos vamos a cenar?
—Necesito estar sola. Quizá mañana por la noche —con un toque de histeria, pensó que Pedro y ella ya no mantendrían la cita. Se dirigió hacia la puerta de entrada, el olor de la colonia y la gomina de Fede le potenciaban la náusea.
—Desde luego, cariño —aceptó con cierta irritación—. Te llamaré mañana —la apoyó en la puerta y le dio un beso en los labios. Ella tuvo un escalofrío—. Buenas noches, Pau.
Solo Pedro la llamaba de esa manera. No podía soportar oírlo de labios de Fede. Lo apartó.
—No me llames así —la orden salió más contundente de lo que había planeado. Intentó sonreír—. Lo siento. Prefiero Paula. Buenas noches, Fede.
La puerta apenas se había cerrado cuando corrió por el pasillo. No se molestó en encender la luz al caer sobre el frío suelo. Con la cabeza sobre el inodoro, vomitó.

------------------------
Lean el siguiente!