martes, 2 de diciembre de 2014

Capitulo 13 -Entre Dos Amores-

—¿Una cerveza? —Dave se sentó frente a Pedro—. Cynthia me echó. Síndrome premenstrual. ¿Qué diablos te pasa? ¿Le sucede lo misino a Paula?
En las últimas horas, Pedro había bebido demasiadas cervezas y fumado demasiados puros. En ese momento se encontraba en el estado de ánimo poco habitual de soltar lo que casaba por su cabeza.
Y lo hizo. Toda la historia.
—A ver si lo he entendido. ¿Aceptaste la calumnia de tu hermano, un canalla con piel de cordero si alguna vez he conocido a uno, para que pueda casarse con la mujer a la que amas? Por qué no dejas esa cerveza y vamos fuera para que pueda devolverte algo de sentido común? Es lo más estúpido que he oído en mi vida.
—Tú no entiendes a Paula.
—¿Sí? Bueno, pues tú tampoco. Es una mujer. Nosotros hombres. No se supone que debamos entenderlas.
—Si hubieras visto la cara que tenía cuando Federico le pintaba el cuadro de cómo sería su vida juntos... Y a pesar de lo mucho que odio reconocerlo, él tiene razón en dos cosas. Primera, le puede ofrecer lo único que ella anhela y yo no puedo darle... respetabilidad. Segunda, yo soy un canalla egoísta. Jamás me detuve a pensar en cómo mi conducta afectaba a otras personas. Quizá ya sea hora de empezar a hacerlo.
Dave movió la cabeza.
—Tu hermano es un imbécil. ¿Qué sucederá cuando consiga las tierras? No creo que ayude mucho a Paula en el apartado de la respetabilidad cuando la deje plantada.
Pedro esbozó una sonrisa sombría.
—Pienso tener una pequeña charla con Federico. No habrá ningún negocio inmobiliario. Tengo pruebas de tratos sucios hechos por Federico y el coronel y de soborno a un politico local. La primera vez que vea a Paula y no parezca feliz, los arruinare en un abrir y cerrar de ojos y sin pestañear.
—¿Soborno? —Dave bajó la voz.
—Fue demasiado fácil averiguarlo —Pedro asintió—. El coronel es tan arrogante, se considera tan intocable, que no cubrió bien el rastro.
—¿Cómo sabrás si le hacen la vida imposible a Paula?
—Regresaré al seno de la familia. Estaré allí para las cenas de los domingos, los festivos, las bodas. Y lo sabré.
—Lo tienes todo calculado, ¿verdad, tipo grande? ¿Se te ha ocurrido pensar que Paula merece tomar sus propias decisiones?
—Lo hizo. Tú no estuviste allí. No viste su cara.
—Con todos los hechos correctos…
—La vi —se pasó una mano cansada por la cara—. Luchó y lo intentó, pero jamás va a superar el medirse ante la opinión pública. Y sería solo cuestión de tiempo antes de que me volviera un elemento bochornoso. Créeme, es mejor así.
—Creo que te equivocas —Dave suspiró resignado—. Pero conozco esa expresión y novoy a conseguir que cambies de parecer, ¿verdad?
—No. A partir de ahora, Paula es como una hermana para mí —las palabras amenazaron con ahogarlo. Quizá se había vuelto loco.
—¿Estás segura de que no quieres casarte con  Federio? —Delfina giró para mirar a Paula desde un taburete en la cocina—. Sabes que no todos los días una Chaves tiene la posibilidad de casarse con un arrogante y poderoso Alfonso. Fede parece mucho más tu tipo que Pepe
—Pepe ni siquiera es una posibilidad remota —esbozó una triste sonrisa.
—Sigo sin poder ver a Pepe tratando de apoderarse de la tierra de tu padre. No parece su estilo —comentó Beth mientras hojeaba una revista de bebés.
Paula hizo una mueca. Le había pedido a Beth que guardara en secreto ese detalle humillante de la historia, pero al parecer la maternidad le debilitaba la memoria.
—Ohhh —comentó Beth al levantar la cabeza de la revista.
Delfi las miró a ambas. En las últimas semanas, había pasado más tiempo con Paula. Esta no sabía si alguna de las dos había cambiado o si un entendimiento y aceptación nuevos de sus defectos y virtudes había precipitado el cambio, pero se sentía contenta de llevarse mejor con su hermana.
—Pedro le dijo a papá que Fede quería su tierra. Le dijo que Fede le ofrecería comprarle la propiedad e invertir el dinero por él. Papá le comentó que jamás vendería y que ahí se terminaba el asunto.
Las piernas de Paula se negaron a sostenerla. Se dejó caer sobre un taburete.
—¿Cómo...? ¿Cuándo...?
—Hace un par de semanas, cuando una noche fui a visitar a papá. No me molesté en salir porque me estaba haciendo la pedicura y tú ya me habías dicho que Pedro estaba prohibido.
—Te dije que Pedro no haría algo así —Beth se frotó el vientre.
—Sí. Yo también podría habértelo dicho si alguien lo hubiera preguntado —corroboró Delfi.
—Pero, ¿por qué me dejó pensar...? Todos estos años me ha fastidiado tener que demostrar que no era como la gente me había etiquetado. Y voy y le hago lo mismo a Pedro. Me dejé llevar por la etiqueta de tipo influyente de Federico y la reputación de chico malo de Pedro —en una ocasión él le había dicho que todo el mundo llevaba máscaras. Y una y otra vez le había mostrado el hombre verdadero que era. Pero la inseguridad y la rigidez la habían cegado.
—Federico es un miserable. He tenido tanto miedo de que cambiaras de parecer sobre su proposición de matrimonio —Beth mordisqueó una galleta—. De modo que Pedro te dice que te ama y luego da marcha atrás y deja la puerta abierta para su hermano —movió la cabeza.
—Hombres —Delfi puso los ojos en blanco—. No se puede vivir con ellos y no les puedes pegar un tiro.
—Esto ahora no tiene mucho sentido. Pedro no es un hombre que se retire. Solo tenía sentido si te estaba utilizando.
Delfi sirvió helado para las tres.
Después de probarlo, Paula empujó el helado al centro de la isla.
——No puedo comerlo. Apenas puedo mirarlo —últimamente, casi vivía en un perpetuo estado de náuseas. Lo achacaba a las noches inquietas acosadas por el recuerdo de Pedro y a la debacle general en que se había convertido su vida.
Beth y Delfi intercambiaron una mirada. Delfinegó con la cabeza.
—Creo que no es un buen momento.
—Nunca es un buen momento —arguyó Beth—. Tú eres su hermana.
—Y tú su mejor amiga —replicó Delfina—. De acuerdo, gallina, se lo preguntaré yo... — miró a Paula—. Bueno, verás... hemos estado hablando... ¿has pensado...?
Beth no aguantó más y la interrumpió.
—Por el amor del cielo, lo haré yo. ¿Existe alguna posibilidad de que estés embarazada?
—¿Embarazada? —señaló el vientre de su amiga—. ¿Cómo eso?
—Como esto —Beth se dio unas palmaditas—. Es el único tipo de embarazo que conozco. Igual que solo existe un modo de quedarse embarazada. ¿Usaste algo?
—Preservativos —fue una sola vez. Aquella ocasión contra la puerta... el sexo telefónicono contaba. Una sola vez habían prescindido de la protección. No podía estarembarazada. ¿O sí? Por desgracia, conocía la respuesta a esa pregunta.
El estómago le dio un vuelco.
—¿Tienes algún retraso? —le preguntó Delfi.
Aturdida, Paula comprobó el calendario de la nevera y realizó unos cálculos rápidos. Seagarró al borde de la isla.
—Una semana. Tengo un retraso de una semana.
—Oh, Dios mío. Oh, Dios mío. Que no nos domine el pánico. No es bueno para el bebé —Beth apoyó una mano protectora sobre su vientre—. Me refiero a mi bebé. Aún no sabemos si tú esperas uno.
—Beth —Delfina chasqueó los dedos—, controla tus hormonas —se volvió hacia su hermana—. ¿Estómago revuelto? —Paula asintió—. ¿Cansancio? —afirmativo—. ¿Una semana de retraso? —otro sí—. Santo cielo. ¿Sabes de quién es?
Se ruborizó despacio.
—Claro que lo sé. No me he acostado con Federico.
—Eso es bueno —Delfi calló al darse cuenta de que era la única que reía—. Pero saliste con él.
—-Jamás surgió.
—De modo que sabemos con certeza que es hijo de Pedro—Delfinase secó la frente en un exagerado gesto de alivio.
—No sabemos con certeza que sea el hijo de nadie, porque no sabemos con certeza si estoy embarazada —la conmoción luchó con la exasperación. Y empezaba a creer que podía ser verdad. Había habido una oportunidad y los síntomas estaban ahí.
—Solo hay una manera de saberlo —indicó Beth—. Vas a tener que hacerte una prueba de embarazo. Pero lo mejor es a primera hora de la mañana, cuando la orina está concentrada.
Paula se sintió aturdida. Su vida se había transformado en una mala telenovela.
—Lo mejor será que vaya a la farmacia a comprarte una de esas pruebas. Que una noticia de ese estilo se propague por la ciudad tardará unos dos segundos y mi reputación ya está destrozada.
Paula contuvo unas lágrimas. En la voz de su hermana no había ninguna condena.
—¿Harías eso por mí? ¿Te ofrecerías a esa clase de cotilleo?
—Desde luego. ¿Qué me importa lo que diga la gente? Si son amigos míos, no les importará o no hablarán, y en cuanto a los demás, al infierno con ellos —Delfina guardó unos momentos de silencio—. Pero sé que eso representa mucho para ti.
La última pieza del rompecabezas, la clave escurridiza que le había faltado toda la vida, apareció ante ella sin ninguna manifestación especial de revelación. No había dedicado una vida entera a tratar de demostrarle a todo el mundo que ella valía. Había buscado la aprobación para demostrárselo a sí misma. Vivir con la pasión que provocaba Pedro enriquecería su vida. Por primera vez reconocía quién era y de dónde venía sin una corriente oculta de vergüenza.
—A mí no me importa lo que digan los demás, eres una buena chica —Beth provocó a Delfina con una sonrisa.
—Pues no se lo cuentes a nadie —replicó con un guiño del ojo antes de recoger el bolso—. Volveré en seguida.
Paula se irguió y contuvo las lágrimas.
—Siéntate, Delfi. Te agradezco el ofrecimiento, pero yo misma me metí en este lío, de modo que seré yo quien compre la prueba de embarazo. Si son mis amigos, tampoco les importará ni hablarán, ¿verdad?
Poco a poco, el amanecer entró en el cuarto. Apoyó la mejilla en la funda de seda. No podía soportar la idea de deshacerse de ese juego de sábanas, pero cada vez que las tocaba, que dormía en ellas, la azotaban con recuerdos agridulces de Pedro.
Ya podía levantarse e ir al cuarto de baño. Tenía las dos pruebas listas junto al lavabo. Dos marcas diferentes de dos fabricantes diferentes. Por seguridad.
Fuera como fuere, su vida nunca sería igual. Qué idóneo que la chica procedente de los barrios bajos al fin hubiera estado a la altura de las expectativas de todo el mundo. Sonrió. No era un episodio de borrachera que hacía que acabara en una celda. Había logrado el mejor de todos los cotillees. Soltera y embarazada, el padre del bebé un rebelde.
Entrar en la farmacia para comprar las pruebas había sido un acto deliberado y liberador. Ella, Paula Chaves, era una persona real. No ser una santa no la convertía en la basura blanca.
No era tonta. Quizá tuviera que luchar para mantener su trabajo y su puesto en el consejo de alfabetización. Pero lo haría, y ganaría porque había hecho muchas cosas positivas tanto en la biblioteca como en el consejo. Poseía los conocimientos y la madurez necesarios
También tenía a Beth y sabía que podía contar con Defi. ¿Y Pepe? ¿Dónde encajaba él en todo eso? Le daría la bienvenida en su vida y en la de su hijo.
¿Y si no había ningún bebé? ¿Si daba negativo? Se mantendría el mismo plan, pero sin el bebé. Movería cielo y tierra para convencer a Pedro de que estaba preparada para vivir su propia vida de acuerdo con sus propios patrones, y que eso lo incluía a él, si aún quería aceptarla.
Apartó el edredón. Hacía frío en la casa y los nervios le aceleraban el corazón. No obstante, se levantó.
En una ocasión Beth había consultado a una adivina que le había predicho el futuro leyendo hojas de té. Para discernir el suyo, Paula iba a tener que leer dos tubos.
Pedro se detuvo a la entrada de la cocina en River Oaks y comprobó sus botas. Todas las superficies útiles estaban cubiertas con comida.
—¿Hay algún acontecimiento importante esta noche?
—¿Te has limpiado las botas? —gruñó Ruth.
—Sí, señora. Limpias como un silbato. Ella sacó unas albóndigas y las colocó en un plato delante de él.
—¿Por qué no las pruebas por mí? Hay un cóctel. Tu hermano no para de insinuar que va a anunciar su compromiso.
—Por la feliz pareja —comió una albóndiga. Le supo a serrín.
—Sigo sin poder creerlo. Federico y Paula. En una ocasión pensé... no importa.
—¿Qué?
—Pensé que quizá Paula y tú...
—¿Cómo se te pudo ocurrir algo así?
—Una locura, supongo.
—Paula merece alguien mejor que yo. Alguien que pueda darle las cosas que necesita—su fortuna era equiparable a la de Federco, pero él jamás tendría el rango y la aceptación sociales de su hermano.
-Fede nunca será el hombre que tú eres. En mi libro, ni se acerca a merecer a alguien como Paula —blandió la espátula como un arma—. Siéntate y escucha —él obedeció—. No permitas que vuelva a oírte decir eso. Eres uno de los mejores hombres que conozco. Es cierto que siempre has tenido una veta salvaje y que le has causado más de una cana a tu madre, pero eres un hombre íntegro. No lo olvides jamás.
—Pero Fede...
—¡Federico! Paula necesita a alguien que le enseñe a divertirse. Esa chica tiene que animarse.
—Federico es perfecto para Paula. Respetable. Recto. Justo lo que necesita.
—Tonterías y tú lo sabes. Necesita lo que todo el mundo... alguien a quien amar y que la respete por lo que es, no por quien finja ser. Ahora bien, si a ti te da miedo la tarea, esperemos que a Fede no le ocurra lo mismo.
—¿Miedo? —no podía haber oído bien.
—Es lo que he dicho. Si te da miedo decepcionarla, entonces aléjate de ella. Ninguna necesidad de preocuparte por ser un marido y un padre, cuando puedes sentarte y ser cuñado y tío.
—¿Tío? ¿Has dicho tío? —apenas podía respirar.
—Sabes que no me presto a los cotilleos. Pero... Lois Shrimpton ayer estaba en la farmacia. Justo detrás de Paula para pagar. Dijo que la vio comprar dos pruebas de embarazo.
—Quizá se equivocó. Ya sabes que anda mal de la vista.
—Sí. Pero está segura, porque la dependienta pidió una comprobación de precio porque la etiqueta estaba mal.
A pesar de la agitación que lo embargaba, tuvo que reír.
—Apuesto a que habrá querido que la tragara la tierra.
—De hecho, comentó que la veía más animada. Y bien, ¿cómo te sientes ante la perspectiva de ser tío?
Si había un bebé, solo podía haber un padre. La semana anterior Fede había gimoteado que Paula no quería acostarse con él.
—-No veo que...
—Es evidente que Paula ha tenido relaciones. Que yo sepa, la abstinencia es el único método seguro para no tener hijos, así que no me cuentes que no sabes cómo pasó. Repito, ¿cómo te sienta llegar a ser tío?
De algún modo, ante la posibilidad de ser padre, su sacrificio no parecía tan noble, sino... bueno, estúpido.
—No tengo ni idea —sopesó sus opciones. Solo veía una—. Pero me entusiasma la idea de ser padre.

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Lean el siguienteee! 

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