martes, 2 de diciembre de 2014

Capitulo 12 -Entre Dos Amores-

Paula contempló su disfraz colgado de la puerta del armario. ¿Podría seguir el plan original? ¿Podría ocultarse detrás de la máscara para facilitarse la tarea de romper con Federico? Sí, pero no tendría mucho respeto por esa mujer. Se tumbó en la cama. Todo era culpa de Pedro. Había dedicado años a negar la pasión salvaje que había en ella. Siempre había considerado que su pasión significaba que era como su madre y su hermana. ¿Durante cuántos años había utilizado las normas de otras personas para calibrar su propia valía? Desde que tenía uso de memoria. ¿Durante cuánto tiempo seguiría nombrando a los demás los guardianes de su autoestima?
Pedro la amaba.
—Pepe me ama —pronunció en voz alta en la habitación vacía. Las palabras sonaron raras en su lengua.
La idea casi la llenó de pánico. ¿Y si se atreviera a creerle? ¿Y si abría su corazón y mente a ese amor? ¿Podría abrir el corazón a un gozo tan intenso? ¿A esa clase de dolor? No se había permitido ese nivel de vulnerabilidad desde que su madre se había marchado.
Como si tuviera elección. Pero quería un amor que fuera seguro, cálido y fiable, como ponerse una bata cómoda al final del día. Y así como se sentía segura y cobijada con él, en casi todo momento era como estar ante un precipicio vertiginoso.
Se levantó de la cama y se acercó al disfraz. Pasó el dedo por la tela. No podía ni quería ponérselo. Solo le quedaba una elección. Miró el reloj. Quedaba media hora para que llegara Federico.
Alzó el teléfono, sacó la tarjeta que Pedro le había dado al iniciar el proyecto y marcó el número de su teléfono móvil. Experimentó una calma extraña. Contestó a la segunda llamada.
—¿Si?
—Pedro, soy Paula.
—¿Sí?
Su tono era reservado. ¿Habría cambiado de parecer? ¿Lamentaría la conversación que habían mantenido? Solo había una manera de saberlo.
—Acepto.
—Necesito algo más de información.
¿Captaba algo de optimismo?
Respiró hondo e hizo acopio de coraje.
——Nuestra cita. Ya sabes, esa en la que pasas a recogerme. Salimos a cenar. Hablamos de libros, películas, tu trabajo, el mío. Me traes de vuelta a casa. Quizá puedas acompañarme hasta la puerta. Tengo una nueva, ¿sabes?
—La gente hablará.
—Supongo que sí —la idea la ponía nerviosa—Voy a decírselo a Fede.
—¿Qué?
—Lo nuestro —se lanzó por el precipicio emocional que había evitado desde que lo conoció.
—Repítelo.
Un hormigueo le recorrió la espalda.
—Lo nuestro. Tú y yo.
—Nuestra cita.
—Sí. ¿Puedes estar en mi casa en veinte minutos?
—Dame quince. Te amo, Pau.
—Yo... me gustas un montón —no era capaz de decir nada más.
La risa de él reverberó en la habitación antes de colgar. O quizá era su propio corazón que sé burlaba de ella.
«Me gustas un montón». Pedro sonrió al sacar el coche del aparcamiento de la librería. Eso era mucho mejor que «No te odio». Lady Paula empezaba a cambiar.
Se preparó para la batalla mientras conducía. Federico, enfrentado a la perspectiva de perder a Paula y la tierra de su padre, no sería un contrincante feliz. Sin embargo, él estaba preparado. Esa tarde había hecho algunas llamadas y reclamado algunos favores. El nombre de los Alfoso tenía cierto poder.
Federico y el coronel habían cruzado la línea entre los negocios turbios y quebrantar la ley. Disponía de munición suficiente para ganar la batalla y la guerra.
Aparcó junto al coche de su hermano. Federico bajó del BMW enfundado en su traje de pirata.
—Buenas noches, capitán Garfio.
—Vete a casa, Pedro. Aquí no se te ha perdido nada. Paula y yo tenemos una cita.
—Yo le pedí que viniera, Fede —anunció Paula desde la puerta de entrada—. Pasad, por favor.
La tensión marcaba su sonrisa y ponía rígidos sus hombros. La miró y le transmitió un ánimo silencioso. «Puedes hacerlo».
Federico subió por el sendero con el ceño fruncido.
—¿Dónde está tu disfraz? ¿Por qué no te has vestido? —miró a Pedro por encima del hombro—. ¿Qué está pasando?
Pedro calló. Paula era la protagonista.
—Necesitamos hablar —cerró la puerta detrás de ellos—. ¿Por qué no nos sentamos todos?
—Si no te importa, prefiero quedarme de pie.
Fede adoptó la postura de un filibustero.
Pedro se sentó en el sofá. Paula en el borde de uno de los sillones que flanqueaban la chimenea. El Gato Gordo observó a Fede y siseó. Pepe sabía que el animal le gustaba por algo. La tensión flotó en el aire.
—¿Qué significa todo esto? —insistió Federico.
Paula juntó las manos y las apoyó en el regazo.
—Fede, ya no podemos seguir viéndonos. El otro olvidó la imitación de Errol Flynn y se quedó boquiabierto por la sorpresa.
—Pero... Paula... cariño... formamos una pareja.
—Hay algo que debes saber.
—Sea lo que fuere, no se interpondrá entre nosotros.

—Yo no contaría con ello —intervino Pedro.
-Cuando Pedro me trajo a casa desde la fiesta de disfraces –bajo la vista unos momentos-.Pedro y yo…fuimos intimos –la voz no revelo lo espectacular que habia sido esa intimidad.
—¿íntimos? —Fede volvía a verse dominado por la sorpresa—. ¿Cómo de íntimos?
Ella se ruborizó, pero mantuvo la cabeza en un ángulo orgulloso.
—Muy íntimos.
Pedro apenas pudo contener la carcajada al ver la expresión de aturdida incredulidad de su hermano. Su «princesa de hielo» se había derretido para otro.
—¿Sabías que se trataba de Pedro? —se subió el parche a la frente.
No —se movió en el sillón—. Pero... él... me importa.
—Canalla —Federico se volvió hacia Pedro—. Sabías lo que sentía por ella. ¿Cómo te atreviste?
Pedro contuvo el impulso de revelar la verdad. Pero eso le haría daño a Paula.
—La deseaba —y eso ni empezaba a describir lo que ella le inspiraba.
Federico lo miró con desdén teñido de ira.
—Así ha sido siempre, ¿verdad, Pedro? Siempre estás tú y lo que tú deseas, y al infierno si afecta a los demás.
Un elemento de verdad en esa afirmación lo incomodó.
—Creo que te apartas del tema.
No, hermano, es el tema que tú preferirías no encarar. Todos estos años has estado perdiendo el tiempo. Fallando en la universidad. Destrozando propiedad pública. Llegando a casa borracho. ¿Pensaste alguna vez en el modo en que eso afectaba a mamá? ¿Se te ocurrió considerar que podía ser humillante para toda la familia? ¿Cómo lo expusiste una vez? —fingio meditarlo—. Oh, sí, ser leal contigo mismo. Yo lo llamo ser un canalla.
La cara de Paula, tan expresiva y fácil de leer para Pedro, reflejó empatía. Como si lo identificara con la imagen que planteaba Fede. Este había logrado sembrar dudas poderosas en su corazón.
Pedro se enfrentó a la fea verdad. Su padre lo había repudiado, su madre había seguido queriéndolo y él no había analizado la situación más allá de eso.
—Fue hace mucho tiempo.
—Quizá el espíritu pendenciero, pero sigues siendo un hombre egoísta. Pedro Alfonso no responde a nadie que no sea él mismo, y al infierno las consecuencias.
Pedro permaneció sentado con calma deliberada.
—Soy independiente, Federico. No pregunto si hay mucha altura cuando se me pide que salte.
Federico se ruborizó ante la provocación, pero se recuperó con rapidez. Movió la cabeza disgustado y centró su atención en Paula.
—Entiendo que te engañara, cariño. Pensaste que estabas conmigo. Es desagradable, pero lo superaremos. Fue solo esa vez, cuando creíste que era yo, ¿verdad? ¿Tuvisteis intimidad después de descubrir la verdadera identidad de Pedro?
Habría sido muy fácil para Paula quedar bien. Técnicamente, no habían consumado su relación salvo por aquellas dos primeras veces. Se ruborizó y eso fue como una puñalada para Pedro.
Intervino antes de que ella pudiera hablar.
—No —mentiría siempre para desterrar su vergüenza. Con la vista, la instó a continuar por esa senda.
La expresión de ella lo condenó por mentir. En un esfuerzo por salvarla, le había dado credibilidad a todas las acusaciones de Fede.
Ella miró a Pepe.
—Sí, la tuvimos —bajó la vista—. Ahora entiendes por qué no puedo verte más.
Algo murió en Pedro con esa reveladora distinción. No podía seguir viendo a Federico porque lo había traicionado. No porque lo amara a él.
—Nada de eso importa, cariño. Duele que sucediera, pero no fue culpa tuya. Sé cómo puede ser Pedro. Te engañó y estoy seguro de que fue implacable en su persecución —miró a Pedro con ojos malévolos—. Sin importar el daño que él haya causado en el proceso, te perdono. Dejaremos todo eso atrás.
—Pero, Federico, no puedo...
—Claro que sí. Juntos podemos. Había pensado hacer esto en circunstancias diferentes, pero...
Un presagio se apoderó de Pedro al ver a su hermano ponerse de rodillas. Federico metió la mano en el bolsillo y sacó un estuche de terciopelo.
—Paula, ¿querrías hacerme el honor de casarte conmigo?
Paula retrocedió como si Federico la hubiera abofeteado. Había anticipado ira despectiva, se había preparado para ser denigrada. Si la hubiera llamado prostituta, no le habría sorprendido. Pero eso, tener a Federico Alfonso de rodillas ante ella proponiéndole matrimonio, la dejó muda y más que horrorizada.
—Di que sí. Podemos construir una buena vida juntos. Tenemos los mismos intereses, queremos las mismas cosas. Nos esforzaremos para hacer del Condado de Colther un lugar del que nuestros hijos puedan sentirse orgullosos.
Un diamante montado en un engaste de platino la deslumbró. Pero Federico le ofrecía mucho más que un hermoso anillo. Le planteaba la vida familiar con la que había soñado. La sangre se le subió a la cabeza.
—No sé qué decir.
—Prueba con no. Un simple no bastará — comentó Pedro desde el sofá.
Pedro. Durante un momento, se había olvidado de Pedro. Aturdida, lo miró, y en sus ojos vio acusación.
—¿No has hecho suficiente daño ya? —espetó Federico. Se puso de pie y miró a Paula—. Había esperado no tener que llegar a esto. Quería ahorrarte la fea verdad, pero no tenía ni idea de que él fuera a llegar tan lejos. Pedro te ha utilizado, querida.
Paula volvió a sentarse. El sonido de eso no le gustó nada.
—Miente, Pau. Es él quien quiere utilizarte. Miró a uno y a otro. Con el corazón desbocado, cerró las manos para evitar que temblaran.
—Que uno de vosotros lo explique —pidió con una serenidad que la sorprendió.
—Cuéntale la verdad, Federico —instó Pepe en voz baja, con la gravedad que surge antes de la tormenta.
—Hace una semana, más o menos, Pedro vino a verme con una proposición. Uno de sus contactos de profesión le había dado la pista disque se estaba preparando la construcción de un centro comercial. Al parecer tu padre tiene una propiedad muy codiciada. Quería que usara la influencia que tengo contigo mientras él se ocupaba de convencer a tu padre. Desde luego, le dije que bajo ningún concepto.
El tiempo pareció quedar suspendido. Explicaba el motivo que podía tener un hombre como Pedro para interesarse en ella. Mucho más que una conexión mística del alma.
—¿Por qué no me lo mencionaste?
—Porque jamás pensé que él caería tan bajo. Nunca pensé que lo llevaría tan lejos. Supongo que quiso duplicar sus posibilidades al acercarse a ti.
—Miente, Pau. Fue él quien se acercó a mí —manifestó la voz firme y serena de Pedro. Quería creerle. Anhelaba creerle.
—¿Podías seducirme, acostarte conmigo, pero no decirme que Federico me estaba utilizando? ¿No creíste que necesitara saberlo?
—No pensé que me creyeras —se encogió de hombros, el rostro airado por el desafío de ella—. Como ahora mismo.
Como una escena de una mala película, recordó que Pedro la había instado a ir a ver a su padre. Los recordó sentados en el porche. La duda envolvió su corazón.
—Llámalo, Paula. Pregúntaselo a tu padre. Pregúntale si alguno de los dos mencionó alguna vez la venta de sus tierras.
-Pau, si lo escuchas, tu corazón ya conoce la verdad.
—¿Qué daño puede hacer llamar a tu padre? —arguyó Fede.
En el caos que reinaba en su mente, pareció una solución razonable.
Alzó el auricular y marcó el número. «Por favor, dime que Pedro jamás te mencionó vender la tierra», imploró mentalmente.
¿Papá? Soy Pau.
—Hola, Pau. ¿Cómo va el anexo de la biblioteca?
—Bien —fue directa al grano—. Papa, ¿Fede te mencionó alguna vez vender la granja?
—¿Fede qué?
—Alfonso. En una ocasión fue conmigo a casa.
No que yo recuerde. Debería haberse sentido aliviada, pero no fue así.
—Cuando fuimos el otro día, ¿Pedro te mencionó algo sobre la granja?
No. Creo que no.
La invadió el alivio, a pesar de que no había avanzado nada en dilucidar el tema en cuestión.
—Ese día no. No lo mencionó hasta que vino anoche. Algo acerca de un plan de vender la granja e invertir el dinero. No estoy seguro. Tenía un poco de whisky encima... por motivos medicinales. La artritis me dolía otra vez. Le respondí que no me interesaba ninguna inversión...
Siguió hablando, pero Paula no oyó nada debido al rugido en sus oídos.
—Gracias, papá —interrumpió—. Te llamaré más tarde —colgó.
—Es una trampa, Pau. Fui a advertir a tu padre. Miguel estaba bebiendo, pero esperaba que hubiera entendido algo de lo que le dije —hizo una mueca—. Al parecer fue la parte equivocada. Sé que parece otra cosa, pero tienes que escucharme, cariño.
—Por eso te sedujo —intervino Fede—. No quiere que pienses con claridad. Reflexiona en ello, cariño. Pedro carece de escrúpulos. Es él quien te engañó y sedujo. Solo respeta sus reglas.
Las palabras de Fede tenían una lógica dolorosa.
—Lamento no haber pasado antes —continuó Fede—. ¿Te prometió amor eterno? Ah, veo por tu expresión que así fue. ¿Qué crees que habría ocurrido cuando hubiera conseguido lo que quería de ti? Te lo diré. Te habría dejado sin nada, salvo una reputación por los suelos y una buena dosis de humillación. Te arrebataría la respetabilidad sin inmutarse, Paula.
Todas las dudas a las que se había enfrentado y que había superado hicieron presa de ella. ¿Todo había sido una mentira?
Fede le tomó la mano.
—Deja que te ponga este anillo. Deja que comparta mi nombre contigo.
Incapaz de moverse, miró a Pedro en súplica muda. «Convénceme otra vez», rogó en silencio.
Lo ojos de Pedro le devolvieron la mirada con la expresión de un hombre muerto. Se encogió de hombros.
—El juego ha terminado. Es cierto. Me marcharé ahora —se puso de pie con una sonrisa fría en las duras líneas de su boca—. No te molestes en acompañarme. Conozco el camino.
Aunque su mente gritaba en protesta, Paula permaneció sentada sin moverse.
El se detuvo en el umbral.
—Bienvenida a la familia, Pau.
La puerta de entrada se cerró con el impacto de un disparo. Federico comenzó a introducirle el anillo en el dedo. Con sumo cuidado, Paula apartó la mano. Se sentía vacía.
—No puedo...
No digas nada —le puso el anillo en la palma de la mano y le cerró los dedos sobre él—. Guárdalo y piénsalo.
—No necesito...
—Sshhh. Todo esto ha sido una conmoción para ti. No quiero que tomes ninguna decisión precipitada. Tómate una semana para meditarlo. Piensa en la vida que podríamos construir juntos. Los métodos de Pedro me parecen deplorables, pero mientras reflexionas, considera que podría tirar de algunos hilos y quizá encontrar un comprador para la tierra de tu padre. Si yo invirtiera y manejara sus beneficios, nunca más debería preocuparse por el dinero. No es más que una idea. Y ahora, ¿por qué no te cambias y nos vamos a cenar?
—Necesito estar sola. Quizá mañana por la noche —con un toque de histeria, pensó que Pedro y ella ya no mantendrían la cita. Se dirigió hacia la puerta de entrada, el olor de la colonia y la gomina de Fede le potenciaban la náusea.
—Desde luego, cariño —aceptó con cierta irritación—. Te llamaré mañana —la apoyó en la puerta y le dio un beso en los labios. Ella tuvo un escalofrío—. Buenas noches, Pau.
Solo Pedro la llamaba de esa manera. No podía soportar oírlo de labios de Fede. Lo apartó.
—No me llames así —la orden salió más contundente de lo que había planeado. Intentó sonreír—. Lo siento. Prefiero Paula. Buenas noches, Fede.
La puerta apenas se había cerrado cuando corrió por el pasillo. No se molestó en encender la luz al caer sobre el frío suelo. Con la cabeza sobre el inodoro, vomitó.

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