martes, 2 de diciembre de 2014

Capitulo 14 -Entre Dos Amores-

Paula se situó junto a su coche y contempló River Oaks. Columnas, ventanas con arcos, jardines inmaculados... todo hablaba de generaciones de privilegio.
Al acercarse a la casa por el sendero frontal, contempló el anillo que llevaba en el dedo. Era mucho más que un anillo. Era un billete, el pasaporte a un estilo de vida diferente.
Subió los escalones. Era hora de devolverlo. Durante semanas había dicho que no, pero sin soltarlo. Desde el principio había sabido que no podría casarse con Federico, pero se había aferrado a ese billete. Lo que representaba ya no tenía ningún atractivo.
Llamó y casi de inmediato Ralphie, con su uniforme de mayordomo, le abrió. Más allá del vestíbulo, una docena de personas entraba y salía de habitaciones, llevando mesas, flores y todos los adornos para una fiesta elegante.
—¡Pula! Justo a quien quería ver. Me he enterado de que iba a haber un compromiso —le guiñó un ojo—. Asciendes en el mundo, pequeña.
—Ralphie, eres un tonto, pero no es culpa tuya. Tu familia puede ser así —él sonrió de buen humor—. ¿Sabes dónde está ¿Fede?
—Creo que en la biblioteca. Aguarda. Lo buscaré.
Al rato vio reaparecer a Ralphie seguido de Federico.
—Paula, cariño, espero que vengas con buenas noticias —de repente calló y la observó—. En nombre del cielo, ¿qué has hecho con tu pelo?
La reacción de Fede le pareció reveladora.
—Decidí que ya era hora de cambiar. ¿Te gusta esta tonalidad de rojo?
—Es... —Fede tragó saliva—... es preciosa.
—¿Podríamos hablar en la terraza? —la casa estaba llena de gente y necesitaban intimidad.
—Mmm, claro. Por aquí —la guió con la mano en la espalda—. Desde luego hoy se te ve feliz. Lo que me lleva a pensar que también vas a hacerme muy feliz.
—Estoy muy feliz, Fede. Más feliz que nunca.
Pedro abandonó los establos después de cumplir con su deber de admirar el último purasangre árabe que había comprado su madre. Se preguntó dónde diablos estaría Paula. Después de hablar con Ruth, había probado a llamarla a su casa, a la biblioteca, a la casa de Beth, a la de su padre. Sin éxito.
Se detuvo bajo el roble antiguo para encender un puro. La puerta que daba al salón se abrió y Pedro no lo encendió. Salieron Paula y Federico.
—Tengo algo que decirte —indicó ella.
Al menos creía que era Paula. Caminaba como Paula, hablaba como Paula, pero esa mujer tenía un pelo rojo glorioso y resplandeciente.
Ella se sentó en la balaustrada baja y de piedra. Si era posible, la veía aún más hermosa. Se quedó inmóvil.
—No hay una manera fácil de decir esto, Fede. Así que permite que sea directa —sacó el anillo del bolsillo y lo alargó hacia él—. No tiene sentido que me aferré a esto. No voy a casarme contigo.
El alivio invadió a Pedro. Eran las palabras más dulces que había oído jamás. El nivel de consternación en el rostro de su hermano bordeaba lo cómico. Pero nadie reía.
—Pero tienes que casarte conmigo.
No —Dulce movió la cabeza—. No tengo que hacerlo y no lo haré —depositó el anillo en el borde de piedra.

—¿Por qué no? Ha de haber un motivo.
Pedro clavó la mano en la corteza áspera del árbol. Solo había una causa que pudiera inducir a Paula a devolverle el anillo a su hermano. Jamás se casaría con Federico si esperaba un hijo suyo.
—En realidad, es sencillo. No te amo.
—No tienes que amarme —el sudor brillaba en la frente de Federico. Se había tomado muy en serio la amenaza de Pedro de delatarlo—. Eso llegará. Tenemos unos sentimientos buenos y sólidos —con el brazo abarcó lo que los rodeaba—. Todo esto puede ser tuyo. Ponte otra vez el anillo y será tuyo.
—No espero que llegues a entenderlo, pero no lo quiero.
—No hablas en serio. No sabes lo que estás diciendo. Te compraré un coche nuevo para sellar nuestro compromiso. El que tú quieras. ¿Un Mercedes? ¿Un Cadillac? ¿Un Lexus? ¿Un BMW? Mañana iremos a elegirlo.
—¿Qué te parece un Harley? ¿Montarás conmigo?
—¿Un Jaguar? ¿Un Porsche? —Paula negó con la cabeza. Federico tragó saliva—. De acuerdo, mmm, supongo que es el Harley. Pero, ¿tengo que montar en ella también?
—No tienes que montar ni yo espero que la compres —rio—. Solo te provoco, Fede.
—No es un asunto que deba tomarse a la ligera —anunció con rigidez.
—No, tienes razón —se puso seria.
—¿Por qué lo haces, Paula?
—Hace un par de semanas fui una tonta. De hecho, lo he sido durante mucho tiempo. Pedro jamás quiso las tierras de mi padre.
Federico tuvo un tic en el ojo derecho.
—¿Como sabes que no las quiere?
—Porque yo conozco a Pedro. Al final dejé de tener miedo y le hice caso a mi corazón. Me avergüenza haberte prestado atención aquella noche en mi casa. No sé si Pedro me aceptará. Ni siquiera sé si me desea. Lo que sí sé es que merezco algo mejor que conformarme con el segundo. Y no te equivoques Fede, eres el segundo.
—No hace falta ser ofensiva —Fede fingió indignación.
—No noté que aquel día tú te contuvieras... y además es la verdad.
—Perfecto. Pero debes decírselo tú, Paula. Tiene que oírlo de ti. A mí jamás me creería. Pedro salió de las sombras del árbol.
—Tienes razón, probablemente a ti jamás te habría creído, Fede.
—¿Pedro?
—¡Pedr! —Paula dio un paso hacia él, luego se detuvo sorprendida—. Te has cortado el pelo.
—Sí —se pasó la mano por la nuca desnuda—. Pensé que era hora de parecer un poco más respetable. Tú te has teñido el tuyo.
—Creo que me va bien —lo miró con ojos llenos de promesa detrás de las gafas de carey—. Un caballero no habría escuchado a escondidas.
—Menos mal que no lo soy —le tomó el mentón con la mano y experimentó un temblor.
—Dejadlo por un momento. La has oído, ¿verdad, Pedro? No es por mi culpa por lo que no es feliz.
—¿Hay algo que quieras contarme, Pau? —le preguntó a ella, ignorando a su hermano.
—Te amo.
Una felicidad intensa le cortó la respiración.
—Lo sé.
Si no se lo preguntaba pronto, olvidaría lo que quería decirle.
—¿Hay algo más? ¿Estás... estamos... vendrá un...?
—¿Me preguntas si estoy embarazada? — entrelazó los dedos con los suyos.
—Sí —susurró—. Es lo que te pregunto. ¿Vamos a tener un bebé?
—No. No estoy embarazada. Dos pruebas. Ambas negativas.
—Pero, ¿y los helados?
—¿Embarazada? ¿Por qué no me dijiste que era por eso por lo que no te podías casar conmigo en vez de soltarme esas tonterías de ser segundo?
—Porque me quedé tan tensa desde que te fuiste, que Beth me contagió sus síntomas — se, volvió hacia Fede—. Tienes razón. No eres el segundo. Estás más abajo en la línea.
El otro recogió el anillo.
—Es evidente que los dos os merecéis — con aire indignado, se marchó por la terraza.
—Tiene razón, nos merecemos —le acarició la nuca—. ¿Te has presentado solo porque creías que estaba embarazada?
—No. Tarde o temprano, Dave o Ruth me habrían obligado a recuperar el sentido común.
—¿Por qué dejaste que creyera que me habías utilizado? ¿Por qué te hiciste a un lado para observar cómo elegía a Fede?
—Creía que Fede podía ofrecerte lo único que yo no podía. Y que sigo sin poder... respetabilidad. Hace falta algo más que un corte de pelo.
Ella sonrió con expresión de triunfo.
—Lo sabía. Estás loco y equivocado, pero te amo. ¿Qué te impulsó a cambiar de parecer?
—Me gusta establecer mis propias reglas. No puedo prometerte que las cosas siempre serán buenas, pero sí puedo decirte que te amo y que quiero construir una vida contigo —metió la mano en el bolsillo y sacó el estuche que había comprado en la joyería hacía menos de dos horas.
—Estabas seguro de mí.
—No estaba seguro de nada. Salvo de que no iba a apartarme de ti sin pelear. Toma, ábrelo.
Paula le soltó la mano y alzó la tapa del estuche. En el interior había una máscara en miniatura de madera tallada sobre un fondo de terciopelo y con una cadena de oro.
—Es preciosa —la sacó con gesto de reverencia del estuche—. Exquisita. ¿Dónde encontraste algo tan perfecto?
—La tallé yo. Hice que los joyeros le pusieran una cadena. ¿Te gusta?
No la odio —se la ofreció para que se la pusiera.
Él sonrió como un niño en una tienda de golosinas.
—Eso está bien —se la pasó alrededor del cuello y la enganchó.
—Me encanta —se puso de puntillas y le dio un beso suave.
Pedro miró por encima del hombro de Paula. Varios pares de ojos los observaban a través de las ventanas. Él le indicó el público que tenían.
la gente va a hablar.
—Supongo que sí —saludó a la multitud y se volvió hacia él—. ¿Qué te parece una búsqueda del tesoro privada?
—Podría interesarme.
—Podría llevarte a una isla que conozco — le sonrió.
Pedro tragó saliva al imaginar la cocina.
—Suena prometedor.
—Las únicas joyas que hay son perlas. Si te interesa, me encantaría mostrártelas —los ojos le brillaron detrás de las gafas.
Él rio en voz baja y atrajo a Paula hacia sí.
—Casi no hay nada que me pueda interesar más que una búsqueda del tesoro.
—No olvides llevar la espada —se arqueó contra él de manera íntima.
Y entonces lady Paula procedió a hacerle olvidar la realidad con sus besos.

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Final de la nove!! Espero que les haya gustadooo! Voy a ver si adapto otra! Comente y gracias! 

1 comentario:

  1. Me encantoooooo!! Gracias por compartirla con nosotros! Espero la prox si te decidis a adaptar otra..no te olvides de pasarmela...mimiroxb

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