viernes, 21 de noviembre de 2014

Capitulo 6 -Entre Dos Amores-

—Agárrate a la cintura —gritó Pedro por encima del rugido de la moto. Cuando Paula se había descosido la falda para revelar esas piernas exuberantes, creyó que no conseguiría controlarse. Y en ese momento sus manos no dejaban de bajar hacia abajo. Entre los contactos fugaces en la entrepierna y el palpitar del motor, tenía una erección sólida. Se recordó que lo que ella necesitaba era un vaso con agua, una aspirina y dormir... sola.
Distaba mucho de ser un buen samaritano, pero ni siquiera él podía dejarla dando tumbos borracha en la fiesta de su abuela. Tal como era, sin duda luego le habría echado la culpa.
Rio mientras atravesaba la calle de Päula. Para ser una buena chica, no paraba de meterse en problemas. Redujo la velocidad y subió por la entrada de la casa de ella. Apagó el motor. Por desgracia, no era tan fácil apagar su excitación. Paula no se movió, con los brazos aún alrededor de su cintura y los muslos abiertos acunándolo desde atrás. Se quitó el casco y habló por encima del hombro.
—¿Paula? Ya puedes bajarte.
—Ha sido tan divertido... Deberíamos repetirlo en algún momento. Toda esa potencia y el modo en que el motor vibra debajo de ti... También ella había sentido la energía sexual que fluía entre ellos, intensificada por la moto. Los nudillos le rozaban la gruesa protuberancia de la erección. Lo dominó el deseo. Cerró los ojos, contuvo una maldición y recurrió a la última dosis que le quedaba de autocontrol y decencia.
Le quitó las manos de su vientre y se bajó por la parte frontal de la moto, entorpecido por la erección y por Paula a su espalda.
—Me alegro de que te gustara el paseo — pasó las manos por su cintura, la alzó de la ¿moto y la dejó de pie sobre el cemento—. pero es hora de ir dentro.
Mientras hablaba, le soltó y quitó el casco y sus dedos quedaron inmersos en una red deSeda. Ella frotó la mejilla contra su mano. El crepúsculo los envolvía e intensificaba las sensaciones. Paula se humedeció los labios.
Pedro apenas podía respirar. Pau tenía una boca para el amor.-Anhelaba explorarle los labios y la cálida humedad con la lengua. La parte salvaje de su interior alcanzó un grado febril.
—¿Quieres pasar? —la voz, ronca y baja, vibró a través de él, acariciándolo.
—Sí.
—No tengo las llaves nuevas. Tendremos que ir por atrás —con la cabeza indicó la puerta de entrada—. Compré una nueva. Tú contaminaste la antigua.
¿Contaminar? Podría comprar cien puertas y eso no cambiaría el curso de la pasión que fluía entre ellos.
Le tomó la mano y lo condujo a la puerta de la valla alta que ocultaba el patio trasero de la calle. Pedro la cerró a su espalda. En algún lugar ladró un perro. Todo parecía remoto. Un patio de baldosas recorría tres cuartas partes de la extensión de la parte de atrás de la casa. Había un jardín frondoso, de un verde intenso e inmaculado, a excepción de un punto irregular y grande quemado en el centro, de aproximadamente el tamaño de una puerta.
—La quemé —Paula asintió con exageración.
Él esbozó una sonrisa. Un momento lo tenía tan excitado que apenas podía respirar y al siguiente lo hacía reír.
—¿Qué? —ella cuestionó qué le provocaba esa diversión.
Espero que no quemaras el colchón.
No. Lo regalé, junto con el sofá, al centro de acogida. Habría sido un desperdicio.
Se había tomado muchas molestias para erradicar su presencia.
Ella abrió la puerta de atrás y entraron en una cocina pequeña, donde un atrevido suelo rojo y negro hacía juego con unas paredes rojas. Pedro la acomodó en uno de los taburetes que daban a una isla, y las rajas abiertas de la falda proporcionaron la vista de una pierna suave y bonita.
Cometió el error de mirar en sus ojos gris humo. El deseo que vio en ellos era equiparable al propio. No hacía falta que lo invitara dos veces. Se introdujo en la de sus piernas.
Paula lo acercó todavía más. De sus ojos emanaba un calor extraño.
—No es justo —se quejó con un mohín mientras la cazadora, de Pedro se le caía de los hombros.
Él enterró las manos en la mata sedosa de cabello y pasó los dedos por la nuca de Paula.
—¿Qué no es justo?
—Cuánto puedo anhelar que me beses... — pasó la lengua por el contorno de los labios de Pedro—... que me toques... —posó la mano sobre el bulto en los vaqueros—... cuando esta mañana quemé mi puerta por ti.
No tenía una respuesta, y aunque la hubiera tenido, solo podía pensar en el calor de la mano sobre él, en la fragancia que lo envolvía. De lo único de lo que estaba seguro era de que parecía desearlo tanto como él a ella.
Reclamó sus labios. La boca de Paula se abrió ansiosa y la lengua salió a encontrarlo. Sabía a cerezas y a ron, una combinación poderosa.
Ella gimió y enganchó un pie detrás de su pierna para acercarlo más, al tiempo que le sacaba la camisa de los vaqueros. Pedro la aplastó contra su cuerpo y sus pezones lo marcaron como al rojo vivo a pesar de la tela que los separaba. Con los dedos rozó el borde de las braguitas y Paula se arqueó contra él, mientras el tejido húmedo le revelaba todo lo necesario. Estaba preparada.
Apartó la boca, desesperado por respirar. Los ojos de ella ardían con el fuego que él había avivado en su interior. Los labios, plenos por el beso, brillaban. La deseaba tanto, que no creía poder controlarse. La isla ofrecía un lugar conveniente. En simples segundos, podría estar enterrado en los pliegues ardientes y lubricados de Paula.
Ella vio la dirección de su mirada y al instante leyó su intención.
—Sí —aprobó con un jadeo.
Cuando iba a tomarla, algo en su interior se quebró.
—No —movió la cabeza y se obligó a retroceder un paso. No supo muy bien quién de los dos quedó más sorprendido por su decisión.
—Son las gafas, ¿verdad? —el labio inferior le tembló por el rechazo.
Maldición, iba a llorar porque creía que no la deseaba.
Con un juramento apagado, le tomó la mano y la colocó sobre el bulto de los vaqueros tensos. No era sutil. De hecho, el gesto bordeaba lo grosero, pero estaba desesperado por dejar algo claro y retener la cordura.
—No son las gafas.
La mano de ella se movió sobre la loneta desgastada.
—No parece que haya ningún problema.
Invocó toda la contención que no sabía que tenía y se apartó del contacto. Ella dio la impresión de estar confusa.
—Nada me gustaría más que ponerte sobre esa encimera y hacerte el amor —Paula respiró de forma entrecortada. Era mejor acabar cuanto antes—. Pero no voy a hacerlo. Hoy. Algún día, te querré otra vez ahí —añadió con voz tensa—. Sin otra cosa encima que las perlas :—tuvo que darle la espalda o no lograría desterrar esa imagen de la cabeza. Abrió un armario pero solo encontró especias—. ¿Las aspirinas?
—El que está junto al fregadero —señaló a la derecha.
Encontró el frasco y sacó dos antes de continuar.
—Pero cuando llegue ese día... no será porque el ron haya embotado tus inhibiciones — llenó un vaso con agua y lo dejó en la encimera con las aspirinas—. Tómatelas —en silencio, obedeció—. La próxima vez no habrá ninguna máscara, ninguna confusión de identidades ni alcohol detrás del cual esconderse.
—No me oculto detrás del alcohol. Haces que suene como si hubiera pretendido beber demasiado.
—No. Fue un error. Pero no pienso otorgarte un motivo más para que me odies. Y mañana lo harías —la puso de pie y la hizo girar en la dirección del pasillo y el dormitorio—. Vamos a llevarte a la cama.
Elle emitió una risa suave y seductora.
—Sabía que verías las cosas a mi manera.
—Sola. Te vas a la cama sola. Se apoyó contra su brazo y los pezones duros lo abrasaron.
—Me siento frustrada.
—Bienvenida al club —no pudo ofrecerle mucha simpatía.
—Entonces, remediémoslo.
La curva de su trasero le rozaba la cadera. El aroma de su excitación casi desterraba todo pensamiento racional. Al infierno con todo. Ella tenía razón. Lo deseaba. Él la deseaba. El día siguiente sería otro día.
Pedro abrió la puerta del dormitorio. El olor a plástico del nuevo colchón lo asaltó como un cubo de agua fría.
—No puedes seguir comprando colchones nuevos —la empujó sobre el borde de la cama.
Se arrodilló a sus pies, le tomó el tobillo esbelto en una mano y le quitó el zapato. Un empeine alto y esa laca de uñas sexy como el infierno lo tentaron. Con el dedo pulgar siguió el rastro de una delicada vena azul mientras con la otra mano le masajeaba el suave músculo de la pantorrilla.
—Mmm —murmuró mientras retorcía los dedos en la mano de Pedro. Él le puso el pie en el suelo y le quitó el otro zapato. Suspiró satisfecha—. Ooohhh, es tan agradable.
Tenía unos pies muy sensibles. En alguna parte había leído que los pies eran zonas erógenas. Al menos eso parecía ocurrirle a Paula.
Se incorporó y se inclinó sobre ella; respiró hondo. La pondría cómoda y se marcharía. Apoyó una rodilla en el colchón y alargó la mano para quitarle las gafas. Paula abrió los ojos y le tomó una mano entre las dos suyas. Incluso adormilada, un brillo perverso anidó en las profundidades de sus ojos al llevarse el dedo pulgar a la boca para succionarlo.
Pedro tragó saliva y liberó la mano; depositó las gafas en la mesilla.
—Compórtate, lady Paula —la acumulación de sangre debajo de la cintura amenazaba con prevalecer.
Ella volvió a cerrar los ojos y esbozó una leve sonrisa, como si de verdad disfrutara con su papel recién descubierto de seductora. «Resérvalo para cuando estés sobria, cariño», animó en silencio.
Bajó la mano y encontró la cremallera de la falda. Paula se arqueó hacia arriba. Deslizó la tela más allá del vientre liso. El contacto de la piel con sus nudillos resultaba increíblemente excitante. Bajó la falda más allá de las braguitas de encaje y satén. Sintió un nudo en la garganta al pasar por encima del montículo cubierto. Con los ojos aún cerrados, las caderas de Paula ondularon en llamada muda.
La tela entre los muslos estaba más oscura que el resto, prueba húmeda de su deseo. Lo asaltó su fragancia femenina. Los dedos le temblaron con la necesidad de apartar la braguita y recoger la miel de su deseo. Le sería tan fácil ofrecerle la liberación....
Hasta que recobrara la sobriedad.
Le terminó de quitar la falda y la dejó en el suelo. Iba a tener que dormir con el jersey y las perlas. Jamás lo conseguiría si pretendiera quitárselos. Los pezones enhiestos exigiendo su atención... Desesperado, la cubrió con el edredón y a punto estuvo de tropezar con el gato gordo en su precipitación por irse.
Ser noble era duro.
 Paula tocó de forma tentativa el suelo con el pie y alargó la mano hacia sus gafas. Lasdiez y ocho minutos. La luz se filtraba a través de las cortinas. Había dormido unas quince horas, o algo así, ya que no recordaba la hora cuando perdió el conocimiento.
Con sumo cuidado, se sentó, esperando que la cabeza le martilleara. Esperó. Y esperó. Y esperó. Se puso de pie, convencida de que la resaca la iba a dominar.
Nada. Salvo la boca seca, que sabía como si le hubieran metido un calcetín sucio. Pensó en llorar, pero las lágrimas no iban a modificar la verdad brutal. Todos esos años había pensado que era distinta a su familia. La ropa. La casa. Las sábanas de algodón egipcio. Su trabajo. Su trabajo de voluntariado. Había dedicado una vida entera a demostrar que no era la basura blanca de las afueras de la ciudad.
Volvió a hundirse en el colchón, el rostro colorado por el recuerdo de que Pedro la había llevado a casa. Por desgracia, recordaba cada perturbador detalle. Prácticamente le había suplicado que le hiciera el amor. No, había suplicado. Con desesperación, había tratado de seducirlo. A regañadientes reconoció que pocos hombres habrían rechazado una invitación tan directa.
La molestaba que la conociera tan bien. No quería respetarlo por haberse marchado, porque de esa manera solo se tenía a sí misma para vilipendiarse.
No volvería a probar jamás el ponche. En la siguiente fiesta a la que asistiera, se limitaría a beber agua.
La próxima vez no habrá ninguna máscara, ninguna confusión de identidades ni alcohol detrás del cual esconderse. Las palabras de Pedro le llenaron la cabeza. Como si la próxima vez fuera un hecho. También recordaba con claridad la promesa en la voz tensa al decirle que la quería en la encimera. Solo con las perlas. Que el cielo la ayudara, pero incluso en ese momento, la idea la excitaba. El cuerpo, aún estimulado por la noche anterior, se le aceleró al pensar en Pedro, encendido y duro, llenándola mientras ella sentía la superficie dura y fresca de la encimera. Antes de poder desterrar la imagen, se le humedeció la entrepierna.
No habría una próxima vez. Tenía razón, la siguiente vez no habría máscara, ni identidad confundida ni la bruma de un ponche... simplemente porque no habría ninguna próxima vez. No iban a hacer el amor en la cocina, solo con perlas encima.
Se quitó el jersey y el sujetador, con la piel sensible al contacto más ligero. Se desprendió de las braguitas y, en un gesto de desafío, se dejó las perlas. La quería desnuda sin otra cosa que el collar. No iba a huir como una cobarde. Convertiría la fantasía de Pedro en suya.
Se agachó para recoger la falda del suelo. El movimiento estuvo cargado con su propia ydesbordante sexualidad y la necesidad de liberación... el peso de los pechos al adelantarse, la oscilación del collar de perlas, el cambio de ángulo del trasero desnudo.
Echó la ropa en la cesta del armario y fue al cuarto de baño. Sentía los pechos pesados y llenos, los muslos le hormigueaban y palpitaban con cada paso.
Abrió la ducha y ajustó la temperatura del agua. Al volverse, la cautivó su reflejo en el espejo. La mujer que la miraba era una desconocida. Con los pechos llenos y los pezones erectos. Los muslos suaves. Ansiosos.
Se observó hasta que el vapor nubló la imagen. Se metió bajo el chorro de agua caliente y disfrutó con la sensación del líquido al correr por sus pechos mientras se lavaba el pelo y se masajeaba el cuero cabelludo. Los músculos vaginales se cerraron en anticipación cuando terminó de enjuagarse y activó la ducha con fuerza de masaje.
Quizá Pedro hubiera iniciado ese anhelo, pero podía ocuparse de él por su propia cuenta. No había mucho que una ducha de masaje no pudiera aliviar. Se inclinó hacia la pared y le dio la bienvenida al alivio que prometía ese chorro fuerte. Sostuvo el peso de sus pechos en las manos y frotó las perlas contra los pezones.
El impacto erótico la inclinó hacia el agua. Cerró los ojos y disfrutó de la sensación. En su mente apareció Pedro, que la observaba a través del vapor mientras jugaba con las perlas y las frotaba contra sus pechos. Sin su consentimiento, le arrebató la fantasía y la convirtió en algo mutuo. El fervor sexual en su interior se incrementó mientras realizaba ese acto solitario para él.
A los pocos segundos, tembló con el clímax. Fue el nombre de Le terminó de quitar la falda y la dejó en el suelo. Iba a tener que dormir con el jersey y las perlas. Jamás lo conseguiría si pretendiera quitárselos. Los pezones enhiestos exigiendo su atención... Desesperado, la cubrió con el edredón y a punto estuvo de tropezar con el gato gordo en su precipitación por irse.
Ser noble era duro.

Paula tocó de forma tentativa el suelo con el pie y alargó la mano hacia sus gafas. Lasdiez y ocho minutos. La luz se filtraba a través de las cortinas. Había dormido unas quince horas, o algo así, ya que no recordaba la hora cuando perdió el conocimiento.
Con sumo cuidado, se sentó, esperando que la cabeza le martilleara. Esperó. Y esperó. Y esperó. Se puso de pie, convencida de que la resaca la iba a dominar.
Nada. Salvo la boca seca, que sabía como si le hubieran metido un calcetín sucio. Pensó en llorar, pero las lágrimas no iban a modificar la verdad brutal. Todos esos años había pensado que era distinta a su familia. La ropa. La casa. Las sábanas de algodón egipcio. Su trabajo. Su trabajo de voluntariado. Había dedicado una vida entera a demostrar que no era la basura blanca de las afueras de la ciudad.
Volvió a hundirse en el colchón, el rostro colorado por el recuerdo de que Pedro la había llevado a casa. Por desgracia, recordaba cada perturbador detalle. Prácticamente le había suplicado que le hiciera el amor. No, había suplicado. Con desesperación, había tratado de seducirlo. A regañadientes reconoció que pocos hombres habrían rechazado una invitación tan directa.
La molestaba que la conociera tan bien. No quería respetarlo por haberse marchado, porque de esa manera solo se tenía a sí misma para vilipendiarse.
No volvería a probar jamás el ponche. En la siguiente fiesta a la que asistiera, se limitaría a beber agua.
La próxima vez no habrá ninguna máscara, ninguna confusión de identidades ni alcohol detrás del cual esconderse. Las palabras de Pedro le llenaron la cabeza. Como si la próxima vez fuera un hecho. También recordaba con claridad la promesa en la voz tensa al decirle que la quería en la encimera. Solo con las perlas. Que el cielo la ayudara, pero incluso en ese momento, la idea la excitaba. El cuerpo, aún estimulado por la noche anterior, se le aceleró al pensar en Pedro, encendido y duro, llenándola mientras ella sentía la superficie dura y fresca de la encimera. Antes de poder desterrar la imagen, se le humedeció la entrepierna.
No habría una próxima vez. Tenía razón, la siguiente vez no habría máscara, ni identidad confundida ni la bruma de un ponche... simplemente porque no habría ninguna próxima vez. No iban a hacer el amor en la cocina, solo con perlas encima.
Se quitó el jersey y el sujetador, con la piel sensible al contacto más ligero. Se desprendió de las braguitas y, en un gesto de desafío, se dejó las perlas. La quería desnuda sin otra cosa que el collar. No iba a huir como una cobarde. Convertiría la fantasía de Pedro en suya.
Se agachó para recoger la falda del suelo. El movimiento estuvo cargado con su propia ydesbordante sexualidad y la necesidad de liberación... el peso de los pechos al adelantarse, la oscilación del collar de perlas, el cambio de ángulo del trasero desnudo.
Echó la ropa en la cesta del armario y fue al cuarto de baño. Sentía los pechos pesados y llenos, los muslos le hormigueaban y palpitaban con cada paso.
Abrió la ducha y ajustó la temperatura del agua. Al volverse, la cautivó su reflejo en el espejo. La mujer que la miraba era una desconocida. Con los pechos llenos y los pezones erectos. Los muslos suaves. Ansiosos.
Se observó hasta que el vapor nubló la imagen. Se metió bajo el chorro de agua caliente y disfrutó con la sensación del líquido al correr por sus pechos mientras se lavaba el pelo y se masajeaba el cuero cabelludo. Los músculos vaginales se cerraron en anticipación cuando terminó de enjuagarse y activó la ducha con fuerza de masaje.
Quizá Pedro hubiera iniciado ese anhelo, pero podía ocuparse de él por su propia cuenta. No había mucho que una ducha de masaje no pudiera aliviar. Se inclinó hacia la pared y le dio la bienvenida al alivio que prometía ese chorro fuerte. Sostuvo el peso de sus pechos en las manos y frotó las perlas contra los pezones.
El impacto erótico la inclinó hacia el agua. Cerró los ojos y disfrutó de la sensación. En su mente apareció Pedro, que la observaba a través del vapor mientras jugaba con las perlas y las frotaba contra sus pechos. Sin su consentimiento, le arrebató la fantasía y la convirtió en algo mutuo. El fervor sexual en su interior se incrementó mientras realizaba ese acto solitario para él.
A los pocos segundos, tembló con el clímax. Fue el nombre de Pedro el que reverberó entre las paredes de la ducha mientras sus músculos se contraían Pedro el que reverberó entre las paredes de la ducha mientras sus músculos se contraían.

--------------------------------
Lean el siguiente!! 

No hay comentarios:

Publicar un comentario