Paula soltó el cazo en el fregadero de la cocina de su padre con vehemencia poco usual, enfadada consigo misma, con Pedro y con la vida en general. A través del cristal agrietado, contempló los árboles mecidos por el viento.
Y desde luego le había mostrado a su padre bajo otra luz. En un examen retrospectivo, sabía que él siempre la había animado a terminar la universidad. ¿Cuántas veces había gruñido que Gonza necesitaba dejar la tienda de repuestos para automóviles? Había empujado a Delfi a que se especializara en algo. Suponía que, a su manera, su padre los había alentado a mejorar.
En ese momento disfrutaba con Pedro del sol del mediodía en el porche desvencijado. Había percibido la estima sincera con que Pedro lo había saludado. Sin atisbo alguno de condescendencia. A diferencia de la visita de Fede. Con este, se había sentido avergonzada de la destartalada casa, consciente de la marcada diferencia que había entre la mansión de River Oaks y la casa de los Chaves. Tal vez porque había podido leer la crítica muda de Fede.
Se afanó por aumentar su animosidad hacia Pedro. La antipatía conseguía que se sintiera segura. No quería admirarlo ni respetarlo... que le importara.
Miró por encima del hombro al oír pisadas por el pasillo. Delfina. Paula no estaba segura de poder tratar con su hermana en ese momento. Aunque no le quedaba otra alternativa.
Delfi entró con un top que le dejaba el vientre al aire, con una camisa vaquera encima, unos vaqueros de cintura baja que parecían incómodamente ceñidos, un piercing en el ombligo, zapatos con plataforma, cinco centímetros de raíces oscuras bajo un pelo rubio platino y una expresión reservada y hosca.
—Eh, Paula.
—Hola Delfi —quería a su hermana, pero jamás habían podido conectar. Estar con Delfina era como estar con una desconocida con quien habías compartido habitación durante la infancia y la adolescencia.
—¿Desde cuándo estás saliendo con un tipo tan guapo como Pedro Alfonso? ¿No sales con su hermano? —la observó como si no pudiera creer que su aburrida hermana pudiera salir con Pedro.
—No estamos... no salgo con él. Quería visitar a papá y se ofreció a traerme —con un sobresalto, se dio cuenta de que Pedro le había exigido tanto de su atención, que apenas había pensado en ede.
—¿Has subido a su moto? —se mostró atónita, como si a Paula le hubiera salido un tercer ojo en la frente.
—No ha sido para tanto —de hecho, era como casi todo lo asociado con Fede: intenso, excitante, abrumador. Pero no pensaba hablar de ello con Delfi—. ¿Cómo va el negocio de las uñas? —su hermana se había graduado en la Academia de Cosmetología y Belleza en Marzo y alquilado un espacio en Harriet's Hair.
La expresión hosca se intensificó.
—Será mejor que te lo cuente. Earl y yo nos hemos separado. Ahora Harriet me va a quitar el espacio en The Hut. Adelante. Di: «ya te lo dije».
Ahí se iba el marido número tres. Harriet era la hermana de Earl y a Paula no le sorprendía que no se hubiera tomado bien la separación. Le había dicho a Delfina que trabajar con un familiar político podía resultar delicado. ¿Habría dejado a Earl por Tim? Tim no solo era el mejor amigo de Earl, sino también el cuñado de este, el marido de Harriet. O lo había sido.
—¿Tim? —preguntó.
Delfi agitó una mano con uñas postizas de color púrpura y oro y asintió.
—Tim.
—Oh, Delfi —movió la cabeza, incapaz de contener la desaprobación—. No ha sido tu mejor elección.
—Lo sé. No soy estúpida. A veces realizo elecciones estúpidas. Hay una diferencia — jugó con el piercing del ombligo—. Por una vez, ¿podrías tratar de no mostrarte tan malditamente crítica? Cuando estoy con Tim, no puedo pensar con claridad... no me importa nada más. Es casi mágico. No espero que lo entiendas.
Era exactamente lo mismo que sentía con Pedro. Durante un momento inquietante, Delfi y ella compartieron frecuencia de onda.
—Lo entiendo —manifestó antes de pensar en las consecuencias.
—Pues bienvenida a la tierra de los seres imperfectos. ¿Seguro que no estás encandiladacon Pedro? —señaló con el dedo pulgar por encima del hombro.
—No —sintió pánico—. Lo que pasa es que fuiste tan elocuente en tu descripción —fregó la salsa de queso pegada en el cazo—. ¿Es lo mismo que sentiste con Earl, Allen y Jerry? Y no lo pregunto en un sentido crítico. Realmente estoy interesada.
Delfina sacó un trapo de un cajón y se puso a secar los platos.
—Más o menos. Al principio era así —se encogió de hombros con fatalismo—. Creo que esta vez es Tim.
—Es posible—se contuvo de manifestar sus dudas. Era evidente que esas atracciones en las que una se sentía aturdida y hechizada no se prestaban a relaciones sólidas y largas.
Se preguntó si habría sido así entre sus padres. Era una pena que su madre no lo hubiera descubierto antes de abandonar a tres niños.
Delfi ladeó la cabeza.
—¿Has pensado alguna vez en teñirte el pelo de rojo? Apuesto a que te quedaría bien.
¿Qué pasaba con el color del pelo? Primero Beth y en ese momento Delfi. Todo el mundo estaba decidido a convertirla en alguien o algo que no era.
—No me lo pienso teñir.
—De acuerdo. No hace falta que saltes así. Solo era una sugerencia —agitó el pelo dorado con raíces oscuras—. Imaginaba que rojo parecería más el tipo de mujer que montaría con Pedro en una Harley.
Desde luego, una pelirroja salvaje era el tipo de mujer para Pedro, y no una bibliotecaria conservadora con gafas. No supo por qué se sintió decepcionada de que se lo indicara. Sabía que no era la mujer para él.
—Mmm —Delfi la sacó de su ensimismamiento—. Bueno, si las cosas no salen bien con Tim, podría recurrir a Pedro. ¿No empieza mañana en la biblioteca? —le guiñó un ojo muy pintado—. Quizá pase a ver a mi querida hermana. Tal vez podríamos salir los cuatro, Pedro y yo y Fede y tú. Siempre y cuando las cosas salgan mal con Tim.
Paula experimentó el aguijón de los celos. Se sintió aturdida por su vehemente reacción. Era como si su encuentro con Pedro hubiera abierto una caja de Pandora de pasión en su interior. Luchó por contener las emociones. No tenía ningún derecho sobre Pedro. Ninguno en absoluto. Ni lo quería. Pero en el vocabulario de su hermana, salir significaba sexo.
—Ve a verme, pero Pedro queda prohibido. Es mío, lo sepa él o no.
Delfi, que cambiaba de afectos como el viento de dirección, ni parpadeó. Alzó las manos y se rindió.
—Perfecto.
—Es la mejor noticia que he oído en todo el día —comentó Pedro con voz sexy y perezosa.
Consternada, giró. Se hallaba en el umbral con expresión divertida. Pero el fuego que ardía en sus ojos, esa familiaridad carnal, le aflojó las rodillas.
¿En qué se había metido? Había caído en arenas movedizas, y cuanto más luchaba por salir, más se hundía.
Pedro cruzó el linóleo irregular. Paula permaneció paralizada junto al fregadero. Se plantó entre su hermana y ella,
—Lo más caballeroso sería que te marcharas y fingieras no haberlo oído —rio con frivolidad al tiempo que miraba a su hermana.
Delfi se apoyó en la encimera como si se acomodara para ver su comedia favorita.
—Tienes razón en eso, cariño. Pero jamás he sido un caballero —le pasó el brazo por la cintura. Aunque se puso rígida, tuvo cuidado de no apartarse. Por lo que fuera, interpretaba un papel para su hermana. Pedro la acercó aún más—. Es una de las cosas que te gustan de mí, ¿verdad, cariño?
—Una de tantas.
—¿Por qué no dejas que Delfi termine aquí y me enseñas el granero? —si los había declarado pareja, quería participar. No existía un momento aburrido con Paula.
—Me encantaría, pero tengo que terminar de fregar los cacharros.
—Ve, Paula, vive un poco. Creedme, la mejor vista es desde el pajar —Delfi sonrió y los empujó hacia la puerta.
—¿Y papá? —daba la impresión de que la obligaran a saltar a un río turbulento. Pedro la sacó por la puerta.
—Duerme la siesta en el porche delantero. Paula esperó hasta que dejaron de estar al alcance auditivo de Delfi.
—No sabía que estuvieras escuchando.
—Siempre he sabido que la mejor vista desde un granero está en el pajar.
—Eso no. Ya sabes... —se subió las gafas por el puente de la nariz.
Él ya había descubierto que ese gesto indicaba su grado de nerviosismo.
—¿Qué? —era divertido provocarla.
—Sabes muy bien qué. No tendrías que haber oído cuando le decía a Delfina que eras mío —soltó a toda velocidad. Pedro redujo el paso y le rodeó los hombros con un brazo—. El contacto físico no es necesario.
—Vamos, cariño. No querrás que tu hermana piense que te muestras reacia a que te abrace, ¿verdad? —jugó con la trenza gruesa de pelo—. No después de decirle que era tuyo. Eso suena bien.
—Me dejé llevar.
El granero, descascarillada su pintura otrora roja, se alzaba ante ellos. Una de las enormes puertas dobles colgaba solo de una bisagra.
Entraron.
—Me gusta cuando te dejas llevar. Creo que nunca había conocido a una mujer tan posesiva conmigo.
Desde un rincón oscuro, un pollo protestó con un chillido.
Paula se escabulló de su brazo y permaneció junto a la puerta, iluminada por un haz de luz que entraba a través de un tablero que faltaba.
—Pedro Alfonso, sabes muy bien que no hablaba en serio —cruzó los brazos.
—Diablos, eres terrible para mi ego.
—Posees suficiente para ti y un par de hombres más —entrecerró los ojos.
—Me hieres.
—Oh, oh.
—Si no hablabas en serio, ¿por qué lo dijiste? ¿Por qué es tan importante que tu hermana nos considere pareja? ¿Qué podría inducirte a emparejarte con alguien tan reprobable como yo?
—No entiendes a mi hermana. Cambia de hombres con tanta asiduidad como de laca de uñas. Estaba interesada en ti —se llevó una mano a la frente y movió la cabeza—. Incluso sugirió una cita doble. Tú y ella y Fede y yo.
—Podríamos pasarlo bien —la provocó. Ella alzó la cabeza con brusquedad y plantó las manos en las caderas.
—-Jamás.
—¿Por qué no? —no le interesaba Delfi en absoluto, pero tenía la clara impresión de que Paula estaba celosa. Y le gustó la idea.
—Para Delfi, salir significa sexo.
—Ah.
—Me pareció más bien sórdido que se acostara contigo después de que nosotros... — hizo una mueca de bochorno—. Bueno, ya sabes, después de lo que sucedió —una ráfaga de viento agitó motas de polvo en torno a su cabeza.
—¿Se te ocurrió pensar que yo nunca me metería en la cama con tu hermana después de... ya sabes? —no pudo resistir burlarse.
La expresión perpleja de ella dejó a las claras que no.
—La mayoría de los hombres encuentra atractiva a mi hermana.
—Quizá has confundido atractiva con disponible. Y yo no soy la mayoría de los hombres —avanzó hacia ella, molesto por el bajo concepto que tenía de él—. ¿Sabes lo que pienso, lady Paula?
Ella retrocedió a las sombras.
—No. Y no quiero saberlo. Era hora de que se enfrentara a unas cuantas verdades.
—Primero, aclaremos una cosa. Tu hermana podría bailar desnuda delante de mí, y no estaría interesado. ¿Entendido? —ella asintió en silencio. El alivio que vio en sus ojos no era imaginado—. Bien. Y esta es la parte más importante —estaba cansado de las negaciones de ella. Se acercó lo suficiente como para ver su reflejo en las pupilas dilatadas—. No es por sordidez. No soportas la idea de que la toque como te he tocado a ti.
—No seas ridículo.
Pedro reconocía bravuconadas cuando las oía.
—En absoluto —enroscó la trenza en torno a la mano y en respuesta la sangre le atronó en las venas—. No te escondas detrás de tu conveniente convencionalismo. Al menos ten las agallas de reconocer que no soportas la idea de estar sentada frente a mí durante la cena y que la toque de esta manera —pasó el dedo pulgar por su cuello, más allá de la línea obstinada del mentón —no supo si fueron sus palabras o su contacto lo que lo provocó, pero vio la verdad en los ojos de ella.
—Sí.
—Dímelo.
Paula giró la cabeza.
—No puedo soportar la idea de que la toques de esta manera —volvió a mirarlo, con la cabeza en un ángulo altivo a pesar del reconocimiento—. ¿Estás satisfecho?
—En absoluto, pero de momento bastará —la acercó aún más—. Me gustó cuando dijiste que era tuyo —Paula apoyó las manos en su pecho para detenerlo—. Me excitó.
—Probablemente a ti todo te excite —sonó más esperanzada que desdeñosa.
—Mostrarte insultante adrede no va a funcionar, ¿sabes? —le tomó una de las manos y se la llevó a los labios. ¿Sentiría los latidos fuertes de su corazón bajo la otra mano?—. Y para aclarar las cosas, todo en ti me excita.
—¿Esta táctica funciona con todas tus mujeres?
—No lo sé, ya que nunca la había empleado —le frotó la piel aterciopelada de la muñeca.
—Pepe... —la leve protesta perdió su significado cuando la otra mano lo agarró de la camisa en vez de apartarlo.
Por fuera podía ser una bibliotecaria remilgada y conservadora, pero por dentro era fuego y pasión.
—Confundes este momento con la otra noche... el disfraz... la máscara.
—Cariño, no tiene nada que ver con máscaras y disfraces. Todo el mundo lleva una máscara. Lo que cuenta es saber qué es real debajo. Quizá tuviste que ponerte una máscara para encontrar tu verdadero tu. Porque esto es real.
—Para —la mano cerrada sobre la camisa le tembló.
—El olor de tu pelo, el contacto de tu piel, tu sabor... —con la punta de la lengua tanteó el valle entre dos dedos—... todo me enciende.
—No hables así —a pesar de su protesta, no se alejó—. No quiero oírlo.
—¿Por qué no? ¿Porque aparte de molestarte también te excita? ¿Porque te gusta demasiado? —leyó la respuesta en los labios entreabiertos -. Siempre podrías besarme para callarme.
—O podría irme —los dos sabían que era una amenaza sin valor alguno.
—Sí. Eso también. Pero creo que preferirías besarme. A mí me parece un plan mucho mejor.
—Es una proposición que asusta —los ojos te brillaron en la luz tenue.
—¿Proposición? ¿Coqueteas conmigo, lady Paula?
—Bajo ningún concepto —negó con la cabeza—. Tú y tu ego. Intento callarte.
—Ya te he dicho cómo conseguirlo.
Deslizó las manos por su torso y las subió hasta los hombros. La boca flotó a milímetros de la de Pedro. Él sintió un nudo en el estómago. Ahí no había ron, ni ira ni identidad confundida. Paula iba a besarlo por propia elección.
—Paulaaaaaaaaaaaa. Paula, ¿estás ahí? —la voz de Federico quebró el momento.
En un instante, ella se transformó, y pasó de ser una mujer provocativa a punto de convertirlo en un hombre muy feliz a un caparazón cerrado y retraído.
¿Qué diablos hacía Federico allí?
—Me pareció que era tu moto. ¿Qué haces aquí? —le espetó a Pedro. Se volvió hacia ella antes de que su hermano pudiera responder—. ¿Y qué haces tú en el granero con él?
—Le mostraba nuestro tractor antiguo — Delfi apareció por detrás de Fede, con un tono que lo desafiaba a inferir otra cosa—. Lo guardamos aquí para protegerlo de los elementos.
Le lanzó a su hermana una mirada de agradecimiento.
—A mí nunca me has mostrado tu tractor antiguo.
La petulancia no era una visión agradable en el rostro de un hombre adulto. Y por desgracia para la paz mental de Paula, le había mostrado a Pedro muchas cosas que ederico no había visto.
—No pensé que el tractor te interesara. Pedro se ofreció a traerme para luego ir a recoger mi coche. ¿Qué haces tú aquí? —en alguna parte, había leído que la mejor defensa era el ataque.
—Intenté hablar contigo en tu casa, pero al no encontrarte, supe que debías estar aquí — le pasó un brazo por lo hombros, en un gesto entre casual y posesivo—. Quería comprobar cómo estaba mi chica. ¿Te sientes mejor? — miró con desdén a su hermano mayor—. Gracias por cuidarla en mi lugar.
Dos días atrás, a Paula le habría encantado la atención de Federico. Se habría quedado extasiada pensando que los dos se pertenecían el uno al otro. No sabía si atribuirlo a un cambio de circunstancias o a un cambio en su interior, pero en ese momento la posesión arrogante que Federico mostraba hacia ella la exasperaba. Y no era la única. Pedro irradiaba tensión.
—El placer fue mío —musitó Pedro.
—Sin duda —replicó Federico.
Paula sacrificó el tacto por la celeridad y se quitó el brazo de Federico de encima. Se sintió extrañamente impulsada a defender a Pedro ante el desdén de Federico.
—Ha sido un caballero. Pero tú pareces inclinado a creer que necesito un guardián. Nadie tiene que cuidar de mí... y menos en tu nombre.
Federico se retractó en el acto.
—Tienes toda la razón. Desde luego que eres capaz de cuidar de ti misma. Aunque cuesta imaginar a mi hermano como un caballero.
En otros tiempos, habría coincidido con él. Ese día había tenido que defender el honor de Pedro no solo una vez, sino dos, para poder estar en paz consigo misma.
—Pues lo ha sido en todo momento.
—Quizá pudiera darte lecciones —Pedro soltó el desafío con tono impasible.
—Imagino que hay muy poco que puedas enseñarme —respondió Federico.
«A besar», fue lo primero que pasó por la mente de Paula. Pero se contuvo de decirlo.
—No estés tan seguro —Pedro mostró los dientes en una sonrisa burlona.
A ella le martilleó el corazón parecía tan sexy y peligroso.
Federico soslayó el comentario de su hermano y tomó a Paula por el codo. Su contacto no le provocó el caos interior que le producía el de Pedro.
—Si has terminado aquí, deja que te lleve a recoger tu coche y luego nos vamos a cenar — no le cupo duda alguna de que le encantaría el plan.
Pedro la tomó por el otro brazo.
—Pienso llevarla yo hasta donde tiene el coche.
—Caballeros —captó la mirada de Delfi—, gracias a los dos por tan amable ofrecimiento, pero será mi hermana quien me lleve a recoger mi coche —fue al frente de la casa flanqueada por ambos, seguidos de Delfina. Su padre seguía dormitando en el porche. Se detuvo entre el BMW y la Harley—. Y en cuanto a esta noche, tengo planes.
—¿Planes? Nunca antes habías tenido planes.
Tampoco había tenido orgasmos tan intensos.
—Supongo que no es tu día de suerte, hermano —Pedro arrojó leña al fuego.
En vez de mirar a Paula, Federico miró en torno a la granja con desesperación.
—Quizá mañana. Te llamaré —miró a su hermano con ojos centelleantes—. Cuando dispongamos de algo de privacidad.
—Muy bien —también entonces estaría ocupada.
—Y yo te veré por la mañana.
La voz de Pedro descendió por su espalda, cargada, de matices. Hacía que la visita al terreno de la construcción sonara como un encuentro amoroso a primera hora. O quizá era su mente la obsesionada con el sexo.
—La ceremonia de inauguración es a las nueve —explicó con lo que creyó que era un tono recatado y apropiado.
—Estaré a las ocho.
—Estaré allí a las ocho y media —apuntó Federico.
Pedro la atrapó con la mirada.
—Tienes que estar preparada para algunos cambios —bajó la voz—. Será ruidoso, quizá polvoriento. Desde luego caótico. Pero te garantizo que cuando termine quedarás satisfecha.
Ella tragó saliva. Estaba a punto de la satisfacción y Pedro solo había hablado.
—Lo sabrás si no es así.
Federico no se movió hasta que lo hizo Pedro.
Federico no se movió hasta que lo hizo Pedro.
—¿Seguro que no puedo llevarte hasta el coche? —Fede volvió a intentarlo.
—Seguro.
—Bueno, te llamaré.
—Adiós, Fede. Pepe.
La mirada de él la recorrió despacio.
—Bonita camisa. Es del mismo color que tus... mejillas. Suaves y rosadas. Nos vemos mañana.
No tuvo ninguna duda de que era un hombre horrible. La provocaba y la excitaba...
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Lean el siguiente!
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