Cerró el agua y alargó la mano hacia una toalla y las gafas. A través de la puerta cerrada del cuarto de baño, oyó el sonido del timbre. Se envolvió el pelo en una toalla y se puso el albornoz. Corrió por el pasillo. Alguien llamaba con fuerza a la puerta.
—Un momento. Voy —gritó.
—¿Paula?
Abrió un poco la puerta y se asomó por la rendija en un gesto combinado de pudor y vanidad... llevar una toalla en la cabeza no resultaba exactamente sexy, aunque fuera Pedro y lo odiara... Con la barba de un día, el pelo oscuro recogido en una coleta, parecía un lobo grande y malo. No tenía intención de convertirse en un sándwich de ternera.
—¿Qué...? —graznó. Carraspeó y volvió a intentarlo—. ¿Qué quieres?
—¿No vas a dejarme pasar?
Eso adquirió un significado nuevo cuando su cuerpo recién saciado respondió a él. ¿No acababa de jurar que estaba fuera de su vida?
—No. He salido ahora mismo de la ducha —el agua se acumulaba a sus pies—. Aún no me he secado.
—Cariño, no me importa en absoluto si estás mojada —la voz bajó a un matiz seductor. El simple pensamiento...
—No estoy vestida.
—¿Y el lado negativo de eso? —apoyó un brazo en la jamba de la puerta y se acercó—. Húmeda y sin vestir. No me quejaré.
—No confío en ti —de hecho, no confiaba en sí misma.
—Tu lengua afilada me hiere, lady Paula. En especial después de mi comportamiento galante de ayer.
—Gracias —el bochorno dominó su voz.
—El placer fue todo mío. Y ahora, ¿puedo pasar?
Abrió un poco más la puerta, pero se cerró con fuerza el albornoz.
—No creo que sea una buena idea. Ya te he dado las gracias por lo de ayer, así que puedes marcharte —sabía que estaba mostrándose grosera, pero estaba en juego su propia supervivencia.
—No he pasado para que me dieras las gracias.
¿Cómo una afirmación tan simple podía dejarla temblorosa? Las perlas se movieron bajo el albornoz.
Pedro metió el dedo en la V del albornoz y tocó las perlas. El dorso de su mano le rozó la piel. A pesar del reciente orgasmo, el contacto evocó una respuesta inmediata.
—¿Sabías que cuanto más cerca llevas las perlas de la piel más luminosas se vuelven?
Su contacto, su fragancia, su voz... la dejaron al borde de la frontera de la irracionalidad. Los pezones se le endurecieron. Los muslos le temblaron con el recuerdo de su mano.
—Sí, hay una reacción química entre el cuerpo y las perlas —añadió Paula.
—Las reacciones químicas pueden ser intensas —deslizó las perlas sobre la pendiente de un pecho expuesto por la V del albornoz. El contacto produjo una corriente de deseo—. ¿Siempre te pones las perlas en la ducha?
—No —respondió con lengua pastosa. Él sabía lo que acababa de hacer en la ducha... como si la hubiera estado observando. El conocimiento resplandecía en las profundidades azules de sus ojos.
La tensión crepitó entre ambos.
—¿Crees que lo volverás a hacer? Sin quererlo, se imaginó a ambos. Desnudos. Húmedos. Excitados. Nunca más podría ponerse las perlas en el cuarto de baño sin que él formara parte de la escena.
—No, no volveré a hacerlo.
Él se metió las manos en los bolsillos.
—Ayer me dejé la cazadora.
—Sigue en la cocina —solo había ido a buscar la cazadora—. Te la traigo en seguida —se volvió.
A su espalda, Pedro cruzó el umbral. Giró en redondo y lo frenó con la mano. Tocarlo fue un error. Retiró la mano con un movimiento brusco.
—No entres en la cocina. Quédate ahí. Y no cierres la puerta —se hallaba demasiado cerca de estar desnuda sobre la encimera o de arrastrarlo a la ducha como para mostrarse sutil o educada.
Se marchó a toda velocidad. La cazadora estaba sobre la encimera. Dedicó unos segundos a respirar hondo. Era ridículo que su simple presencia evocara emociones a las que ella no podía poner nombre. La recogió y notó una mancha de pintalabios rosa cerca del cuello. La frotó con el dedo, pero no salió.
Al salir por la puerta de la cocina, dijo en voz alta:
—Me temo que te manché el cuello de pintalabios...
Calló en mitad de la frase, horrorizada de ver a Marión Turner, miembro del comité de alfabetización y muy chismosa, en medio del umbral. El corazón le dio un vuelco al ver la expresión desdeñosa en la cara de Marión.
—Hola, Paula. Habría llamado, pero la puerta estaba abierta de par en par. Pasaba para dejarte el informe de la semana próxima. No se me pasó por la cabeza que todavía no estuvieras vestida. Pero veo... —los observó a ambos—... que estás ocupada.
La calma indiferente que vio en el rostro de Pedro consiguió serenarla.
Esbozó una sonrisa, decidida a no mostrarse sorprendida o culpable. No había hecho nada. Al menos no ese día.
—No, no estaba ocupada. ¿Conoces a Pedro Alfonso? Mañana comienza las obras del anexo de la biblioteca —le alargó la cazadora—. Y se marchaba.
—Acabo de llegar —indicó Pedro al mismo tiempo.
—Lo recuerdo. Suspendió mi asignatura de Literatura. Dos veces —comentó con desaprobación—. ¿Y acaba de llegar o se marcha? No importa. Llámame, Pula, cuando no estés ocupada —añadió con desdén.
La vieja y conocida sensación de inferioridad amenazó con engullirla.
Pedro asintió con una arrogancia que igualó la desaprobación de Marión.
—Y ha sido un placer volver a verla, señorita Turner.
——Paula —dijo Marión con indignación—, recuerda que quien se acuesta con perros amanece con pulgas.
Vio la expresión de Pedro y la sintió como propia. Una indignación protectora desterró las inseguridades. Quizá no le cayera bien Pedro, pero no iba a quedarse de brazos cruzados mientras Marión lo atacaba.
—Y las personas con malas pulgas son detestables.
—Confío en que estarás vestida la próxima vez que te vea, Paula.
¿Cómo se atrevía esa mujer a insultarlos a Pedro y a ella en su casa?
—Y yo confío en que hayas encontrado tus modales, Marión.
Esta giró bruscamente y se marchó por la acera.
Paula permaneció indecisa entre la carcajada y la exasperación.
—Lo siento, Pedro. No tenía derecho a decir eso —él se encogió de hombros, pero ella sintió que la defensa que le había ofrecido le había agradado.
—Olvídalo.
Con franqueza, estaba un poco aturdido por el lado desagradable de Marión que acababa de presenciar.
—¿Por qué te suspendió?
—Hice un análisis del libro Zen and the Art of Motorcycle Maintenance. Ella dijo que Robert Persig era un pervertido y me suspendió.
—No soy aficionada a su obra, pero no es un pervertido. Sea como fuere, dijo que suspendiste dos veces.
—Decidió que podía volver a intentarlo con otro análisis.
—¿Y?
—Miedo y Asco en América. Hunter S. Thompson. Intentó que me expulsaran del colegio.
—Podrías haber elegido algo de la lista aprobada —así como la actitud y las acciones de Marión eran reprobables, esa era la faceta de la personalidad de Pedro que no entendía.
—No. No podía —movió la cabeza despacio, con una sonrisa peculiar en la cara.
Intentó entenderlo, pero, para una chica que había dedicado toda la vida a tratar de encajar, era difícil.
—¿Por qué te esfuerzas tanto en llevar la contraria?
—¿Por qué te esfuerzas tanto en satisfacer las expectativas de todo el mundo?
—Ser privilegiado ofrece la oportunidad de enfrentarse a los convencionalismos. En última instancia, te queda el refugio del nombre de tu familia.
—Y a ti, Paula.
—Tienes razón. Un mal paso, un movimiento equivocado y le demuestro a todo el mundo que soy la basura blanca que siempre creyeron que era. Una sorpresa—. Aquel verano terminé en una cuadrilla de construcción que supervisaba tu padre —esbozó una sonrisa pesarosa—. Yo tenía una actitud muy negativa.
—Algunas cosas nunca cambian —bromeó ella.
—Hablo de actitud negativa seria. El coronel me machacaba por haber fracasado en los estudios y mancillar el nombre de la familia. No quería estar en esa cuadrilla de construcción. Y desde luego no quería volver a la universidad. Tu padre me soportó a mí y a mi actitud más o menos medio día—rio y movió la cabeza—. En cuando ajustó mi actitud, Bennett me enseñó mucho. Por primera vez en la vida, descubrí que era bueno en algo aparte de causar problemas.
¿Su padre un mentor? ¿El hombre con quien había crecido? Estaba aturdida.
—-Jamás te mencionó. Aunque es cierto que pasaba casi todo su tiempo libre en el bar o en la comisaría —no pudo ocultar el rencor—. Las raras ocasiones en que estaba en casa, nuestra familia no disfrutaba de momentos inolvidables en torno a una mesa.
Pedro se encogió de hombros.
—Nosotros tampoco. Mientras mi padre me machacaba con cómo lo había decepcionado, tu padre no dejaba de empujarme... para que volviera a la universidad y sacara el título de ingeniero.
—No sabía que tuvieras un título. Pensaba que simplemente eras el dueño de tu empresa.
—¿Importa? Sí. Estudié ingeniería civil en Virginia Tech.
—Desconocía...
—¿Y por qué ibas a saberlo? —movió los hombros anchos—. De todos modos, me gustaría pasar a saludar a Bennett —bajó la voz—. Di que vendrás conmigo, Paula. No permitas que te influyan las opiniones de los demás.
Era un reto. Él esperaba que lo rechazara. La consideraba predecible.
—Dame diez minutos para vestirme.
Una sonrisa lenta apareció en la cara de Pedro tras su sorpresa inicial.
Se dirigió hacia el dormitorio, sintiendo el calor de su mirada en la espalda. Cerró la puerta y se apoyó contra el duro panel, sin saber muy bien si había cometido un error tremendo al aceptar ir con él.
Quizá hubiera cometido un error. Pedro, un hombre poco dado a cuestionar sus motivos, se los cuestionó. Los dedos le hormigueaban con la necesidad de acariciarle la piel y deslizarse por debajo del albornoz. Luego bajaría la cabeza y pasaría la lengua...
—Hola —una voz vivaz lo sacó de sus fantasías—. Soy Beth, amiga de Paula. No sé si me recuerdas. Entonces me llamaba Beth Harbison, pero ahora soy Beth Lamont. Fuimos juntos al instituto, pero tú eras unos años mayor que yo. Tu hermano Fede estaba en mi clase. Entonces llevaba el pelo castaño —se señaló el cabello de un rojo llameante—. Lo más probable es que no me recuerdes.
—Claro que te recuerdo.
—Oh. Bueno. ¿Cómo estás? —se apoyó en un pie y otro.
Pedro pensó que esa mañana Beth ya había bebido demasiadas tazas de café.
—Bien. ¿Y tú?
—Bien. Bien. Vivo unas casas más allá — indicó por encima del hombro izquierdo—. Y bien —miró hacia el pasillo vacío—, ¿por dónde anda Dulce?
—Pau se está vistiendo. A Beth los ojos estuvieron a punto de salírsele de las órbitas.
—¿De verdad? ¿No estaba vestida? Iré a ver si necesita ayuda —avanzó por el pasillo como si fuera un cohete.
Entró en el dormitorio. Una vez más, Pedro se quedó solo. Cerró la puerta nueva y sin pintar con la punta de la bota. Debería haberla cerrado antes de que Marión Turner hubiera entrado como un viento maloliente.
¿Hacía cuánto que alguien no lo defendía ante la censura? Quizá desde los tiempos en que lo hacía su madre, cuando era pequeño. Paula no se parecía a ninguna otra mujer que hubiera conocido. A pesar del hecho de no caerle bien y de que la opinión de Marión le importaba, había saltado para protegerlo.
Unas voces apagadas viajaron por el pasillo. El gato gordo apareció de alguna parte y se irguió sobre las patas traseras para frotar la cabeza contra su rodilla. Pedro se inclinó y lo acarició detrás de las orejas. Captó su nombre una o dos veces detrás de la puerta cerrada. Pensó que Beth la estaría sometiendo a un tercer grado.
En ese momento, la puerta se abrió y Paula marchó por el pasillo, seguida de su amiga.
Él se incorporó y la miró. Sobre un hombro le colgaba una trenza. Llevaba puesta una holgada camiseta de manga larga y escote en V enfundada en unos vaqueros gastados. Era una mujer elegante y con clase a la que no debería desear de esa manera. Pero cada vez que la veía sentía que se le contraían las entrañas.
—Estás preciosa.
No había sido su intención hablar en voz alta. De hecho, no fue consciente de haberlo hecho hasta que el rubor inundó la cara de Paula.
—Mmm... gracias.
—Bueno, es hora de irme —intervino Beth. Pedro había olvidado la presencia de su amiga. Paula surtía ese efecto en él.
—Deja que recoja una chaqueta y saldremos todos —indicó ella con una leve dosis de pánico.
Era una mujer inteligente al no confiar en él para quedarse solos. Porque en ese momento le encantaría llenarse las manos con ese trasero cubierto por los vaqueros mientras le hacía perder el sentido con sus besos. Si Beth los dejaba solos, iba a tener que comprar otra puerta.
—Toma —dio un paso al frente y le puso su cazadora.
—Me voy —repitió Beth. Paula se apartó de él y prácticamente corrió hacia la puerta.
—Salimos contigo.
La siguió, algo aplacado al ver que ella parecía tan aturdida como él.
Beth cruzó el jardín delantero.
—Me ha alegrado volver a verte.
—Estoy seguro de que te veré otra vez pronto —dijo él a su espalda.
—Lo dudo —fue el comentario susurrado de Paula que él oyó. Se puso el casco adicional y se subió detrás de Pedro. Él arrancó el motor. Luego giró la cabeza hasta que apenas los separaron unos centímetros y los cascos—. ¿Tienes alguna instrucción de última hora? — su aliento era cálido en el aire fresco.
—No. Solo quería decirte que te sienta bien —bajó la vista a la camiseta que llevaba debajo de su cazadora—. Tiene la tonalidad exacta de tus pezones.
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Continuaraaaaaaa!!!
Bueno! Les dejo dos caps!! Gracias por leer! Comentennn! Porfiss! @Floor_PauChaves
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Continuaraaaaaaa!!!
Bueno! Les dejo dos caps!! Gracias por leer! Comentennn! Porfiss! @Floor_PauChaves
Me encanta esta pareja!!! Genial la dicotomia de esa relación!! mimiroxb
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