sábado, 15 de noviembre de 2014

Capitulo 4 -Entre Dos Amores-

—Puedo explicártelo —no hacía falta presentarse, ya que veía el reconocimiento en los ojos de ella.
—¿Cómo has podido? Te hiciste pasar por tu hermano y luego tú... nosotros... —clavó la vista en la cama. Se cubrió mejor con la sábana.
—Sí, lo hicimos —la fragancia de haber hecho el amor los envolvía a ambos—. Y fue muy, muy bueno —tuvo que forzar su atención fuera de la curva de los pechos perfilados por la sábana.
Paula lo miró, y la percepción de lo que habían hecho se mezcló con la sensación de ira y traición. Pero tuvo que reconocer que había sido mejor que bueno. Los pezones se le marcaron bajo la sábana.
Sintiéndose en desventaja ahí desnudo con una erección, edro se incorporó y recogió los calzoncillos.
—Será mejor que me los ponga.
—Yo soy perfectamente capaz de contenerme —soltó ella con el cuerpo rígido.
—Me alegro por ti —se levantó y se puso los calzoncillos y los pantalones mientras adrede miraba los pezones erectos a través de la sábana—. Yo no estoy tan seguro de lograrlo.
Tapándose con la sábana, Paula atravesó la habitación y abrió una puerta. De pie en el umbral del cuarto de baño, se volvió para mirarlo otra vez.
—Voy a vestirme. Luego vas a contarme por qué lo has hecho, antes de largarte —cerró en silencio, de forma más reveladora que si hubiera dado un portazo.
Pedro se puso la camisa, que estaba sobre la cama. Las cosas se habían descontrolado e ido mucho más lejos de lo planeado. Pero como exponía el dicho, hacían falta dos para bailar.
La luz roja del contestador parpadeaba desde la mesilla de noche. Fede. Confirmaba que él, Pedro Alfonso, no era una persona decente, porque una persona decente sentiría culpabilidad por haberle robado la novia a su hermano. Y lo supiera ella o no, eso era exactamente lo que había pasado.
La puerta del otro lado de la habitación se abrió y salió Paula la Bibliotecaria, con el pelo recogido, el cuerpo cubierto con una falda larga y un jersey suelto e informe. Estaba seguro de que se vestía a propósito para no llamar la atención. Pero ya podía ponerse una tienda de campaña encima que daría igual. La imagen de ella en la cama, a rebosar de sensualidad, estaba marcada a fuego en su cerebro. Siempre reconocería a la mujer debajo de la ropa o máscara que eligiera.
—El salón está por aquí —Paula evitó mirar la cama deshecha.
Con los hombros rígidos, lo guió por un vestíbulo corto a una habitación que desde el suelo hasta el techo estaba llena de libros, con la excepción de un anaquel dedicado a un acuario con peces de colores. Dos sillones flanqueaban la chimenea. Una lámpara pequeña proyectaba un leve resplandor por encima del respaldo de una silla y un gato gordo y dormido. La acogedora intimidad de la estancia quedó rota cuando Paula encendió todas las luces.
Se sentó en el borde de la silla del gato.
—Siéntate o quédate de pie —él avanzó un paso en su dirección y ella levantó un brazo esbelto como si quisiera repelerlo—. Mientras no estés cerca de mí.
Pedro se decantó por el sofá.
—Y ahora —continuó Paula—, quizá no te importaría explicarme por qué has decidido arruinar mi vida —en su voz vibraba una ira contenida y los ojos le brillaban. A Pedro le pareció un poco duro.
—Yo no consideraría que acostarse conmigo pudiera significar arruinar tu vida.
—He estado saliendo con tu hermano. Acostarme contigo es un desastre —cerró las manos sobre los apoyabrazos de la silla y los nudillos se le pusieron blancos al tiempo que la cara roja.
—Vamos, cariño, terminar en la cama contigo tampoco era el lugar preciso donde yo quería acabar. Lo creas o no, no era mi intención corromperte, lady Paula.
—¿Y eso qué significa? —se ruborizó.
Que estaba condenado de cualquiera de las maneras. Si le contaba que el «hermano bueno» con el que había estado saliendo, el hombre respetable, solo la estaba utilizando, jamás le creería. Eligió la otra perdición.
—Que fui a la fiesta con el disfraz de Fede, pero que jamás fue mi intención que las cosas llegaran tan lejos.
—Me engañaste adrede. Sabes que jamás me acercaría a ti.
—Gracias por aclarármelo, por si hubiera podido engañarme y pensar lo contrario —eso le había dolido.
Ella se puso de pie y comenzó a caminar delante de la chimenea vacía. Los separaba una mesa de centro llena con piezas de un rompecabezas a medio terminar. Estaba descalza. Tenía unos pies delicados, con las uñas pintadas de rojo y los tobillos finos. Se frotó las sienes con las yemas de los dedos.
—Oh, Dios, cuando pienso que... me pongo enferma.
¿Enferma? No se molestaba en contener los golpes. Sí, había fingido ser Fede, pero no merecía ese castigo.
—Intenté decírtelo,Pau. Más de una vez.
—¿En serio? —bajó las manos de las sienes y se acomodó las gafas—. ¿Era muy difícil introducir la verdad en algún momento intermedio desde que abandonamos la fiesta hasta te pusiste el preservativo? —lo miró con expresión desafiante.
Él adelantó el torso y apoyó los codos en las rodillas.
—Mucho más difícil de lo que tú haces que parezca ahora. Intenté decírtelo en el jardín y luego aquí.
—Pero no lo hiciste —la acusación flotó entre los dos—. ¿Por qué dejaste que llegara tan lejos? —se reclinó sin fuerzas.
—Desconocía lo mucho que iba a desearte después de ese simple beso. No me di cuenta de que te anhelaría, que sería como un dolor físico.
Ella se humedeció los labios.
—Eso no es suficiente.
—¿Y qué me dices de ti, lady Paula? —ella ladeó la cabeza con curiosidad—. ¿De verdad creíste que era Fede? ¿No lo sabías de verdad o no querías saberlo?
—Claro que creía que eras Fede. Sin las gafas no veo —le tembló la voz y se acomodó las gafas—. Quisieras o no que las cosas llegaran tan lejos, tú tomaste una decisión. Pero a mí me arrebataste la mía, ¿no?
Pedro se enfadó.Paula había respondido a él. Lo había deseado a él. Al menos podía reconocer eso.
—¿Me quieres decir que el contacto de un hombre te afecta siempre de la misma manera? ¿No eras capaz de diferenciar mi beso del de Fede? Encanto, yo jamás confundiría a otra mujer contigo... por el modo en que sabes, por tu tacto. ¿Gimes de la misma manera para él? —la vio apartar la vista—. ¿Su sabor es igual que el mío? ¿Huele como yo? —la necesidad implacable de conseguir que reconociera que la afectaba de forma diferente que Fede lo impulsó a proseguir—. ¿Hace que te pongas húmeda como lo logro yo?
Entonces Paula lo miró con ojos torturados.
—Para —el susurro tuvo la sonoridad de un grito.
—Entonces respóndeme, maldita sea.
No —se puso de pie—. ¿Estás satisfecho? No, no y no —el estallido llenó la habitación. Odió haberle provocado ese abatimiento.
—No pongas esa expresión, como si te avergonzara el modo en que te hago sentir.
—¿Qué puedes saber sobre cómo siento? — alzó el mentón con desdén—. ¿Conoce Fede lo que ha pasado? —señaló el disfraz de él.
—No. Lo oí cuando le decía a mi padre que no iba a poder asistir a la fiesta.
—¿Tendrás al menos la decencia de no contarle lo que sucedió esta noche?
—Hasta yo tengo esa decencia —respondió con un poco de sarcasmo—. Le diré que te seguí a casa para asegurarme de que llegabas bien —tenía que hacerle la siguiente pregunta—: ¿Vas a seguir saliendo con él?
Ella cruzó la habitación.
—Creo que tú te has encargado de destruir esa relación. Sal de mi casa. Espero tardar mucho tiempo en volver a verte.
Pdro se sintió aliviado. Y también perverso al saber que, en el mismo instante en que ella lo echaba, planeaba el momento en que volvería a verla. Rodeó el sofá y se detuvo para dejarla pasar por delante de él.
—¿Qué me dices de la celebración del cumpleaños de la abuela Pearl mañana? Fede se extrañará si no te presentas.
No me ha invitado —manifestó con tono triunfal.
—Oh, sí que lo ha hecho. Está en el contestador.
—Oh, no —se detuvo en seco—. ¿Y tú vas a estar?
La idea parecía repugnarle. A Pedro jamás le había importado que el mundo entero lo considerara un rebelde, pero el poco aprecio que le mostraba Paula lo irritaba.
—También es mi abuela.
—Supongo que tienes razón —volvió a encaminarse a la puerta—. Pues entonces, a partir de pasado mañana, no quiero volver a verte.
—Es una pena, pero empiezo a construir el anexo de tu biblioteca el próximo lunes.
—Pero tu socio... —giró para mirarlo.
—Cambio de planes. Yo estaré allí.
—Haz que se encargue él otra vez.
¿Había un toque de súplica y desesperación en su voz? Tanta ansiedad por evitarlo solo podía indicar que no le era indiferente.
No —alargó la mano y le acarició la mejilla con el dorso. La vio temblar y contener el aliento—. No puedes soslayar esto que hay entre nosotros.
—Entre nosotros no hay nada.
—Eso es una mentira y tú lo sabes. Desearlo no lo convierte en realidad —a pesar de todo lo que había pasado, Paula volvía a estar excitada. Lo podía leer en el brillo de sus ojos, en el sutil cambio de su cuerpo contra la puerta—. Fue estupendo. Estabas tan excitada, tan húmeda —con cada palabra se acercaba, hasta que casi nada los separó. Le tomó la nuca con la mano—. Lo sientes ahora, ¿verdad?
Con un sonido estrangulado de furia, ella metió los dedos en su pelo y le atrajo los labios. Ira y pasión se mezclaron con el sabor salado de las lágrimas mientras le asaltaba la boca. Él le aferró el trasero y la pegó contra su cuerpo. La emoción, descarnada y poderosa, surgió entre ambos. Paula quebró el beso y lo apartó con respiración entrecortada. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Vete —abrió la puerta.
Pedro salió a la noche con la promesa del invierno inminente. Ella hizo una pausa antes de cerrar la puerta.
—Solo quiero cerciorarme de que lo sabes —añadió—. Te odio.
De hecho, sus palabras lo animaron.
—Entre el amor y el odio hay una línea fina, lady Paula.
—Fina, ancha, invisible... no importa. ¡Te aseguro que es una línea que no cruzaré mientras viva!
¡Crash!
Pedro se quedó con la vista clavada en la puerta cerrada. Por desgracia para ella, lo consideraba un desafío. Y nunca había rechazado uno.
Paula tomaba una taza de té mientras observaba el jardín de la parte de atrás, bañado por la temprana luz del sol. El resto de su vida se había ido al infierno, pero al menos el jardín seguía como siempre. Se sobresaltó al alzar la vista y ver la cara de Beth en la ventana de la puerta trasera. Vivir a dos puertas de tu mejor amiga no siempre era bueno. Beth entró agitada.
—Y bien, ¿cómo fue la noche? ¿Deslumbraste a Fede? ¿La velada terminó con un gran revolcón? ¿Acerté o me equivoqué? —se sentó en un taburete ante la isla de la cocina—. Vamos. Cuenta.
La histeria, contenida durante la noche, estalló. Paula se puso a reír hasta que las lágrimas le atenazaron la garganta; el sabor de la culpa y la vergüenza era amargo.
—Vamos —Beth bajó de su asiento—. No me tengas esperando. ¿Qué pasó que fue tan divertido?
Paula había jurado que lo sucedido la noche anterior moriría con solo Pedro y ella al tanto de la verdad, pero sentía como si el cerebro pudiera estallarle si no hablaba con alguien, y la elección idónea era su mejor amiga.
—El momento álgido de la noche fue terminar en la cama con Pedro Alfonso. No una, sino dos veces —soltó con una mezcla de sarcasmo e histeria.
Beth volvió a sentarse boquiabierta. Tardó un rato en poder hablar.
—No. Santo cielo. ¿Bromeas? Dios, éso es estupendo —estudió el rostro de Paula—. No.
¿No es estupendo? Desde luego que no. Pero, ¿fue estupendo? ¿Qué paso? Espera... —buscó en el bolsillo de la sudadera y sacó un paquete de cigarrillos—. Necesito un pitillo.
—Creía que lo habías dejado —se sintió más culpable. Hacía que su amiga regresara al vicio de la nicotina.
—Sí. Pero se trata de una emergencia —la condujo a la puerta de atrás—. Vamos. Sé que no puedo fumar aquí.
Paula la siguió hasta el patio y le dio la bienvenida a la sensación fría de la silla de hierro a través de la falda. Subió las rodillas y apoyó la cabeza en ellas. Estaba tan cansada. Todo era un caos. Se oyó el sonido de un encendedor y el olor del cigarrillo llenó el intenso aire otoñal. Alzó la cabeza.
—Dame uno, por favor.
—¿Un cigarrillo? —la miró como si hubiera solicitado una lobotomía.
—Claro —si había tomado el camino de la autodestrucción, bien podía llegar hasta el final.
—¿Qué pasó? —Beth le entregó la cajetilla.
Paula, que apenas toleraba el olor a humo, dio una calada profunda. Tenía el sabor del olor de un cenicero sucio, y se le subió a la cabeza; la dejó mareada y con unas leves náuseas. Le devolvió el cigarrillo a Beth.
—No quiero vomitar.
—Yo tampoco quiero que vomites. Quiero que hables —apagó el pitillo—. Empieza a marearme a mí también.
Quería hablar, lo necesitaba, pero no creía poder mirar a su amiga a la cara.
—Fede tuvo una súbita reunión de negocios. Pedro se puso el disfraz de su hermano, condujo el coche de Fede y se presentó en la fiesta. Una cosa llevó a la otra y terminamos aquí. No he sido capaz de dormir en toda la noche porque mi cama huele a él incluso después de cambiar las sábanas. Luego traté de dormir en el sofá, pero estuvo sentado allí, de modo que ahora ya está contaminado. Y cada vez que paso por la puerta delantera o veo...
—¿La puerta de entrada? —interrumpió Beth con tono atónito—. ¿La maldita puerta de entrada? Dios mío.
Paula se pasó una mano con gesto cansino por la frente.
—Sí, la puerta de entrada. Contrólate. Una de nosotras ha de mantener el ingenio despierto, y da la impresión de que yo he perdido el mío. ¿Qué voy a hacer? Pedro ha arruinado mi casa. Yo he arruinado mi vida —buscó en el rostro pecoso y en los ojos castaños de Beth una solución.
Beth movió la cabeza.
—Un momento. Antes de que podamos pasar a la fase de «¿qué voy a hacer?», hemos de concluir con lo que pasó.
—Ya te lo dije.
—No, me dijiste que una cosa llevó a otra. De modo que él dijo: «Hola, esta noche ocupo el lugar de Fede, ¿quieres venir conmigo a la cabana y desnudarnos?» Momento en el que decides arrastrarlo a tu casa y procedéis a bautizar la puerta de entrada.
—Por favor, recuérdame por qué somos amigas —se quitó las gafas y las limpió con el jersey—. Creía que se trataba de Fede.
—¿Cómo es posible que confundas a Pedro con Fede?
—Estaba oscuro. No llevaba puestas las gafas.
—Odio sacar este tema, pero, ¿y qué me dices de cuando te besó? ¿No fue diferente?
La misma defensa que había empleado Pedro. ¿Cómo podía hacerles entender algo que ella misma apenas lograba reconciliar?
—Claro que fue diferente. Pero también lo fue todo lo demás. Los dos llevábamos disfraz. En la atmósfera flotaba algo casi mágico —nadie parecía entenderlo. Ella misma ya no estaba segura de hacerlo. Debería haber reconocido la diferencia.
—Mmm —Beth frunció los labios—. Mágico. Eso es interesante. Sabía que Pedro besaría mejor. Y si estás así, espero que como mínimo fuera bueno —suspiró—. Dos veces. Y una contra la puerta. Tiene que haber sido muy bueno.
—Esa es una de las partes más tristes. ¿Qué clase de mujer tiene un sexo estupendo, mejor que estupendo, con un hombre al que desprecia? Quizá Amy Murdoch tuviera razón años atrás. Incluso después de saber quién era, lo deseaba.
—¿Y qué hay de malo en eso?
—¿Empiezo por el principio? No me cae bien.
—¿Y quién dice que tiene que caerte bien? ¿Lo quieres para mantener una conversación profunda? Los hombres lo hacen siempre... se acuestan con mujeres a las que no presentarían a su madre por el simple motivo de que el sexo es bueno.
Paula frunció la nariz con desagrado.
—No me interesa el sexo recreativo. Y aunque lo buscara, está la pequeña cuestión de que he salido con su hermano.
—Has sido afortunada, si quieres conocer mi opinión...
—No empieces otra vez con Fede
—¿Qué vas a hacer con él?
—No lo sé —sus emociones eran una maraña de confusión—. Me importa. Creía que teníamos un futuro juntos. Pero, ¿cómo voy a poder mantener alguna vez una intimidad con él después de lo de Pedro? Cada vez que me tocara, la culpa me consumiría —y no sabía si era porque Pedro la había tocado primero o porque desearía que fuera él en vez de Fede
—Apuesto a que no sería tan bueno en la cama como Pedro.
Paula enterró ese pensamiento horrendo.
No es posible que siga viendo a Fede. Pero si rompo la relación de golpe, sospechará —tembló al pensar que pudiera averiguar que se había acostado con Pedro—. Se supone que hoy tengo que ir a la fiesta de su abuela. Los dos estarán. Pero no puedo dejar de ir. Su abuela donó bastante dinero al anexo de la biblioteca. ¿Podría mi vida tomar un giro más rocambolesco?
—Claro, podría haber sido peor. ¿Y si Fede se hubiera presentado en tu casa en vez de llamar? —su amiga enterró la cara entre las manos—. De acuerdo, olvídalo.
—¿En qué pensaba? —alzó el rostro—. Por una noche, perdí la cabeza y todo se ha ido por la borda. Ya sabes cómo es el condado de Colther. Si se supiera, podría perder mi trabajo. A las ciudades pequeñas no les gusta que sus bibliotecarias sean las descocadas de la zona en sus ratos de ocio. ¿Qué pasaría con los programas literarios, el programa de lecturas para los chicos después del colegio...? —el respeto por sí misma—. Y me niego a alimentar el cotilleo.
—Cariño, te has metido en un lío.
—Exacto. Me he metido en un lío, y ahora he de salir —se sentó erguida y apoyó los pies descalzos en el suelo frío del patio.
—Esa es mi chica —Beth se adelantó al borde de la silla—. ¿Cómo vas a hacerlo?
—En realidad, es sencillo. Voy a fingir que nunca sucedió. Y poco a poco iré alejándome de Fede. Evitaré a Pedro y todo saldrá bien.
—Ah, la teoría de la evasión. Buena suerte.
—¿Y eso qué significa?
—Que hay cosas demasiado grandes como para poder soslayarlas. Y que lo que has tenido con Pedro es una de esas cosas.
No hay ninguna cosa con Pedro, salvo el error que cometí anoche —no podía haber nada. Un encuentro... o dos, si contaba el de trece años atrás, no iba a destruir la percepción que tenía de sí misma. No iba a permitirlo. Pensaba erradicarlo de su vida. Podía quedarse sentada gimoteando o entrar en acción—. Y sé por dónde empezar.
—¿De verdad? ¿Por dónde? Eliminaría todo rastro de Pedro. Dispuesta a entrar en acción, se puso de pie.
—Un poco de exorcismo ayudará.
Beth enarcó las cejas y se incorporó despacio.
—¿Estás segura de que te encuentras bien?
—Voy a estarlo —sonrió con expresión triste por encima del hombro.
Beth movió la cabeza, pero la siguió.
Dulce atravesó la cocina y se metió en el pequeño cuarto de la lavadora. Beth observó con los ojos muy abiertos desde la puerta mientras su amiga recogía metro y taladro. Así equipada, fue a la puerta de entrada, y de camino agarró el teléfono inalámbrico.
Llamó a la ferretería local.
—¿Harold? Hola, soy Paula Chaves. ¿Puedes enviarme esta mañana una... —apoyó el teléfono contra el hombro y tomó unas medidas—... déjame ver, una puerta de noventa? Madera. Seis paneles. ¿En media hora? Estupendo. Aquí estaré.
Cortó.
—¿Para qué necesitas otra puerta? —quiso saber Beth.
—Esta se encuentra mancillada —razonó, y luego procedió a desinstalarla. Se sentía encantada por haber recuperado el control y avanzar. Alzó el taladro—. Menos mal que tengo herramientas. Nunca se sabe cuándo vas a tener que cambiar una puerta.
—Has perdido un tornillo —opinó Beth mientras la ayudaba a sacarla de la casa y llevarla al patio de atrás.
La dejaron en el suelo y Paula volvió a buscar el teléfono.
No. Solo pongo orden en mi vida. Dentro de poco, lo sucedido anoche no será más que un blip en la pantalla del radar de mi vida — encontró el teléfono en el suelo delante del hueco donde antes había estado la puerta de su casa—. Uno eliminado, quedan dos.
Sacó la guía telefónica de un cajón de un mueble de la cocina y encontró el número de la única tienda de muebles de la ciudad.
—¿Mike? Paula Chaves. ¿Puedes enviarme un colchón y un sofá esta mañana? ¿Y puedes llevarte los viejos para dejarlos en el albergue? —le dio los detalles y al final colgó.
Beth la miró boquiabierta y moviendo la cabeza.
—¿No acabas de comprarte un sofá?
—Sí. De color camello con un tapizado precioso y suave...
—Estupendo. Pareces un anuncio —interrumpió Beth—. Pero acabas de soltar dinero para un colchón y sofá nuevos.
—¿Qué? ¿Es que una mujer no puede realizar unos cambios interiores? Para eso tengo la cuenta de ahorro... para las emergencias.
—Lo que tú digas —se encogió de hombros—. Jamás te había visto así. Aunque es verdad que nunca habías practicado el sexo contra tu puerta de entrada con Pedro, ¿verdad?
—Ya lamento habértelo contado —salió por la puerta de atrás y atravesó la hierba con rocío en dirección al cobertizo. Sabía dónde estaba la lata roja con gasolina.
—¿Qué haces? No te pondrás a cortar el césped, ¿verdad? —Beth dio un paso atrás—. Tienes una expresión...
—No, no voy a cortar el césped. ¿Y a qué expresión te refieres? —abrió la lata de gasolina.
—La misma que cuando te apuntaste a saltar de aquel avión.
Se puso a rociar su antigua puerta con gasolina. Se volvió hacia su amiga y extendió la mano.
—¿Me prestas el mechero?
—¿Tengo alternativa?
Dulce movió los dedos. Beth se lo entregó a regañadientes.
Un toque y el reguero que dejó desde el borde de la hierba hasta la puerta empezó a arder; al instante la madera quedó envuelta en llamas de color naranja que realizaron su macabra danza sobre la superficie de la puerta. El fuego crepitó sobre la pintura.
—¡Vaya! —musitó Beth a su lado—. No puedo creer que lo hayas hecho.
Paula juntó las manos con expresión satisfecha. Atribuiría la noche anterior y a Pedro Alfonso a un error enorme y seguiría adelante. Su vida podía retornar a su curso tranquilo.
En cuanto dejara atrás a Fede, a Chris y la fiesta de esa tarde.

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Lean el siguientee! 

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